Sitios donde descansan los difuntos: del camposanto al panteón

HISTORIA.-

Una transformación histórica de los cementerios mexicanos.

En el México de hoy, cuando una persona muere suele ser enterrada en un panteón o sus cenizas son resguardadas dentro de una urna; pero hace siglos, era diferente.

Ubiquémonos en la época prehispánica. Los pueblos nativos practicaban rituales funerarios que incluían ofrendas y objetos personales que acompañaban al difunto en su viaje al inframundo. Los entierros solían hacerse en las viviendas, otras veces en cuevas sagradas o templos, según reportes de investigadores del INAH.

Con la llegada de los españoles a la Nueva España comenzó un periodo de evangelización de los indígenas. Esto trajo cambios en su forma de ver la muerte, en la adopción de nuevas creencias; los rituales funerarios se impregnaron de símbolos católicos. 

En el México colonial se construyeron iglesias –tanto en las ciudades como en las comunidades rurales– que contaban con camposantos en donde eran enterrados los difuntos. Esos espacios, considerados santificados, eran sitios muy jerarquizados, y las personas más notables y ricas pagaban para ser enterradas dentro de la iglesia, cerca del atrio o de la pila bautismal, con lo que buscaban estar cerca de Dios en el momento del juicio final.

Las personas con menos recursos podían ser enterradas en el atrio de la iglesia, el cual también era parte del camposanto y seguía siendo un espacio santificado.

“Esto nos deja ver una convivencia con la muerte muy distinta a la que tenemos hoy, porque como los cuerpos estaban enterrados en la iglesia, y ahí se celebraban las misas , al final había una convivencia muy estrecha entre los vivos y los muertos, que era parte de la vivencia que cada persona tenía con su barrio y su iglesia”, relata el doctor Daniel Serrano Juárez, del Instituto de Geografía de la UNAM.

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Surgimiento de los panteones civiles.

En el siglo XVIII, mientras se vive el auge de la Ilustración, en México se propone una reforma urbana y una reestructuración e higienización de la vida pública de las ciudades. Los cambios se plantean por la aparición de distintas epidemias que provocaron que la convivencia con los cuerpos de los fallecidos se convirtiera en algo insostenible.

 “Al declinar el siglo XVIII, lo que parecía santo y habitual pasó a convertirse en una amenaza para la salud. Los cadáveres humanos, sobre todo los de los fallecidos por enfermedades epidémicas, empezaron a verse como productores de miasmas mefíticos causantes de contagios y muertes. Las conjeturas sobre los miasmas dieron sustento a un proyecto ilustrado que se enfocó, entre otras cosas, a la segregación de los cementerios”, se lee en el artículo Tumbas y cementerios en el siglo XIX mexicano.

Además, surgieron problemas, porque aunque se pagara por ser enterrado al interior de la iglesia, los espacios cada vez eran menos y se optó por transportar las osamentas a los osarios, que son recintos donde se resguardan los huesos de quienes previamente habían sido sepultados ahí.

Hacia 1802 hubo una intención de trasladar los restos albergados dentro de la Catedral a un camposanto habilitado para dicho fin en San Lázaro, zona que en ese momento se encontraba en uno de los extremos de la ciudad.

La disposición generó un problema, no por extraer los restos sino porque se creía que al remover la tierra se podían producir miasmas capaces de provocar contagios y olores nauseabundos, por lo que se trató de limitar dicho traslado, agrega el especialista en geografía histórica.

Entonces se plantea la creación de espacios para la disposición de los difuntos, desvinculados de las parroquias y ubicados geográficamente en otras zonas, prioritariamente, fuera de la ciudad. Incluso el virrey José de Iturrigaray solicitó al arquitecto Manuel Tolsá que desarrollara una propuesta sobre el diseño que debía tener un cementerio.

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El primer proyecto data de 1779, en ese año se vivía una epidemia de viruela en la Nueva España y el Colegio de San Andrés, que era de jesuitas y había quedado vacío cuando éstos fueron expulsados en 1767, fue transformado en Hospital General para atender a los enfermos de viruela.

Al norte de este sitio (en lo que hoy es la calle Degollado en la colonia Guerrero) se destinó un espacio para enterrar los cuerpos de las personas fallecidas por la epidemia. Esta medida –colocar un camposanto junto a un hospital– fue encabezada por el obispo y finalmente un decreto de Carlos III ordenó la creación de cementerios fuera de la ciudad.

“Van confluyendo las ideas de la administración religiosa y de la civil para ir separando los camposantos de la ciudad. Al parecer no se acata la disposición hasta 1820, durante la guerra de Independencia, e inicia la propuesta de que San Andrés funcione como un panteón civil”, destaca el doctor Serrano.

En algunos documentos históricos se menciona que es hacia 1821 y otros que hacia 1831, cuando el camposanto de San Andrés deja de serlo y se convierte en el primer cementerio civil de la Ciudad de México, y se le cambia el nombre a Panteón de Santa Paula.

En el siglo XIX, se funda el cementerio de Nuestra Señora de Los Ángeles, muy cerca de Tlatelolco. Aunque dependía del obispo católico, también intervenían autoridades civiles.

Expansión de la ciudad y sus panteones.

En 1824 se instala el primer cementerio fuera de la ciudad, el Británico, en lo que hoy es San Cosme. Se consideró el primer extramuros porque en ese entonces la ciudad llegaba únicamente hasta lo que hoy es la Alameda Central.

Se funda posterior a la Independencia de México como parte de los actos de reconocimiento de la corona inglesa a este movimiento. Además, es un panteón en donde se permite el entierro de protestantes. “Si pensamos que México se independiza como un país católico, donde no se permite la práctica de ninguna otra religión, el reconocimiento de un lugar donde puedas enterrar a los protestantes se vuelve simbólico”, puntualiza el doctor Serrano.

Para 1847 se funda el Panteón Americano para enterrar los restos de los soldados estadounidenses que fallecieron a causa de la invasión norteamericana a México.

Finalmente, en 1859, el presidente Benito Juárez promulga la Ley de Secularización de Cementerios, que terminaba con la intervención de la iglesia en el control de estos espacios.

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El geógrafo narra que esta ley es la reafirmación de un proceso más largo que no inició en 1859, sino que venía proponiéndose desde finales del siglo XVIII: no enterrar a las personas en iglesias, ni junto a los hospitales, sino que se debían destinar terrenos específicos para ello.

Entre 1864 y 1867, durante el Segundo Imperio, se funda el Panteón Francés, ubicado en la Piedad y respaldado por Maximiliano. En él podían ser enterrados franceses, belgas y suizos. Se conserva hasta la fecha en Avenida Cuauhtémoc en la CDMX.

Valdés Dávila, en el artículo Tumbas y cementerios en el siglo XIX mexicano, destaca sobre ese panteón: “compendiaba las características que –según algunos intelectuales y miembros de la alta sociedad del país– debía tener un panteón “moderno”: amplios espacios, sepulcros subterráneos adornados con artísticos monumentos, vegetación abundante, salubridad, elegancia y buen gusto. En él se habían desterrado las imágenes lúgubres que eran tan frecuentes en los antiguos cementerios de la ciudad”.

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Para 1872, el gobierno mexicano creó el Panteón General de la Piedad, en donde podía ser enterrada la población en general. En ese momento se construyó muy cerca del actual Panteón Francés y dejó de funcionar una década después de que se inauguró.

El doctor Serrano recuerda que aunque Santa Paula fue el primer panteón civil de la Ciudad de México, a lo largo del siglo XIX se fundaron otros panteones en los que se comenzó a enterrar a las personas bajo un registro estatal, sin que esto implicara necesariamente abandonar el rito católico.

Las reformas ilustradas impulsaron la transición de camposanto a cementerio. Fue durante el siglo XIX que aumentó la infraestructura destinada a sepultar a los difuntos fuera de la ciudad. Sin embargo, algunos de esos panteones fueron cayendo en el olvido, por lo que la crisis y disfuncionalidad que enfrentaban los cementerios capitalinos llevó a una transformación integral del sistema funerario de la ciudad hacia finales de ese siglo.

Por: María Luisa Santillán.

Sitio Fuente: Ciencia UNAM