Científicos advierten de lo que no vemos cuando el océano bate récords de temperatura: el riesgo va mucho más allá de los peces

CIENCIAS DE LA TIERRA / CIENCIAS ATMOSFÉRICAS.-

Un estudio publicado en Nature Sustainability advierte de que el calentamiento extremo del océano puede afectar a los alimentos, intensificar fenómenos meteorológicos y perjudicar el bienestar físico y mental de las comunidades costeras.

Científicos descubren cómo las olas de calor marinas pueden llegar hasta nuestra comida y afectar a la salud. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.

Durante años, las olas de calor marinas han sido noticia por dejar tras de sí arrecifes de coral blanqueados, mortandades de peces o pérdidas millonarias para la pesca. Pero el problema puede estar mucho más cerca de nosotros de lo que parecía. Una investigación publicada en Nature Sustainability plantea que estos episodios de temperaturas oceánicas excepcionalmente altas deben empezar a contemplarse también como una cuestión de salud humana.

El trabajo, liderado por Laura J. Falkenberg y con participación de investigadores de Adelaide University y la Universidad de Hong Kong, pone el foco precisamente en una conexión que ha recibido mucha menos atención que los daños ecológicos. Un océano demasiado caliente puede desencadenar una cadena que comienza bajo el agua y termina afectando a la comida que llega a nuestra mesa, a la intensidad de determinados fenómenos meteorológicos, a las economías costeras e incluso al bienestar psicológico de quienes viven estrechamente vinculados al mar.

No se trata de un escenario puramente hipotético. Las olas de calor marinas son periodos durante los cuales la temperatura del océano permanece anormalmente elevada durante un tiempo prolongado. A medida que el clima se calienta, estos episodios están aumentando en frecuencia, duración e intensidad. Sus consecuencias sobre los ecosistemas son conocidas: blanqueamiento de corales, mortalidad masiva de organismos, proliferaciones de algas nocivas y alteraciones importantes de la pesca y la acuicultura.

Lo novedoso es mirar más allá del agua. Los investigadores sostienen que esos mismos cambios pueden regresar hasta nosotros por diferentes caminos. Y algunos son bastante menos evidentes que encontrarse con un mar extraordinariamente cálido durante un día de playa.

Del océano al plato: el problema que puede llegar hasta nuestra comida.

Una de las conexiones más claras aparece en la alimentación. Millones de personas dependen directamente de pescados y mariscos, mientras que numerosas comunidades costeras obtienen del mar buena parte de sus ingresos. Si una ola de calor altera las poblaciones de peces o perjudica la producción acuícola, el problema deja rápidamente de ser exclusivamente ecológico.

Existe además otra amenaza. Las condiciones asociadas a estos episodios pueden favorecer proliferaciones de algas nocivas capaces de contaminar productos del mar y generar riesgos para la salud. El resultado es una combinación especialmente incómoda: puede disminuir la disponibilidad de alimentos marinos al mismo tiempo que aparecen dudas sobre la seguridad de determinados productos.

El estudio advierte también de las consecuencias a largo plazo para la seguridad alimentaria. Una reducción persistente de las poblaciones de peces o de la producción pesquera y acuícola tendría una dimensión muy diferente en regiones donde el océano constituye una fuente esencial de proteínas y nutrientes. Lo que comienza como una anomalía térmica puede terminar afectando a toda una cadena de suministro.

Australia ofrece un ejemplo reciente de hasta dónde pueden extenderse estos efectos. Una importante proliferación de algas tóxicas registrada en Australia Meridional en 2025 fue relacionada por los investigadores con problemas físicos en comunidades costeras, entre ellos irritación respiratoria y asma. Pero allí apareció además otra consecuencia mucho más difícil de observar.-

Una ola de calor marina no termina en el océano: sus efectos pueden recorrer toda la cadena que conecta los ecosistemas, los alimentos, la economía y la salud humana. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.

"Las olas de calor marinas plantean una paradoja inquietante: ocurren bajo la superficie y pueden pasar inadvertidas para millones de personas, aunque sus efectos terminen alcanzándolas".

Cuando perder un ecosistema también afecta a quienes viven junto a él.

La salud mental ocupa un lugar destacado en el trabajo. Para una comunidad pesquera, un arrecife, una playa o una determinada especie no representan únicamente recursos económicos. El mar puede formar parte de la identidad local, las costumbres familiares, el ocio y la propia percepción del lugar en el que se vive.

Cuando ese paisaje comienza a degradarse, el impacto puede adquirir una dimensión psicológica. Los investigadores hablan de ansiedad ecológica, dolor, frustración y depresión entre algunas de las respuestas documentadas. En Australia Meridional, la proliferación de algas de 2025 estuvo asociada precisamente a elevados niveles de “ecoansiedad”, además de sentimientos de pérdida y frustración.

“Muchas personas dependen de océanos saludables no solo para obtener alimentos e ingresos, sino también para la recreación, la identidad cultural y su sensación general de bienestar”, explica Falkenberg. Esa relación permite entender por qué la transformación acelerada de un entorno conocido puede convertirse en algo profundamente personal.

El fenómeno resulta especialmente relevante en lugares cuya economía depende de la pesca, la acuicultura o las actividades recreativas vinculadas al mar. Una sucesión de episodios extremos puede significar pérdida de ingresos, incertidumbre laboral y deterioro de un paisaje con el que varias generaciones han mantenido una relación cotidiana. La temperatura del agua, en otras palabras, puede terminar teniendo consecuencias sociales difíciles de medir con un termómetro.

Un océano excepcionalmente caliente también puede alimentar otros peligros.

Existe todavía otra vía de impacto. Un mar extraordinariamente cálido contiene una enorme cantidad de energía y puede contribuir a intensificar determinados sistemas meteorológicos. El artículo científico señala dos acontecimientos de 2023 para mostrar la dimensión que puede alcanzar esta conexión.

Uno es el huracán Otis, que experimentó una intensificación extraordinariamente rápida antes de golpear México. Sus daños fueron estimados en más de 15.000 millones de dólares. El otro es el tifón Doksuri, cuyos efectos alcanzaron a más de dos millones de personas en diferentes zonas de Asia. Ambos episodios han sido relacionados con condiciones de calor marino excepcional.

Esto amplía considerablemente la manera de entender una ola de calor marina. Sus consecuencias potenciales no terminan en los organismos que habitan el océano. Los investigadores incluyen entre los riesgos indirectos las lesiones, las muertes y los desplazamientos provocados por tormentas e inundaciones más severas, además de su posible interacción con episodios de calor atmosférico.

De ahí que los autores propongan un cambio de enfoque. Si las autoridades cuentan con protocolos y sistemas de alerta frente a las olas de calor terrestres, ¿por qué no incorporar también las previsiones de calor marino a determinadas estrategias de salud pública?-

Un océano excepcionalmente cálido puede tener consecuencias muy lejos de los arrecifes. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.

"La investigación propone ampliar nuestra idea de lo que significa un océano enfermo: sus consecuencias no afectan únicamente a los animales que viven en él".

La propuesta de los científicos: anticiparse antes de que llegue la crisis.

El trabajo publicado en Nature Sustainability reclama una mayor colaboración entre oceanógrafos, responsables sanitarios y gestores de recursos marinos. La idea es sencilla: utilizar la información disponible sobre las condiciones del océano para anticipar consecuencias que hasta ahora suelen abordarse cuando el problema ya se ha producido.

Eso podría significar integrar las previsiones de olas de calor marinas en la planificación sanitaria, tener en cuenta sus posibles efectos sobre las personas al tomar decisiones de gestión costera y reforzar la vigilancia allí donde exista riesgo para los alimentos marinos o las comunidades particularmente dependientes del océano.

El cambio fundamental está en dejar de contemplar estos episodios únicamente a través de sus imágenes más espectaculares. Un arrecife completamente blanco es una señal visible. Miles de peces muertos también lo son. Mucho menos evidente resulta la pérdida de ingresos de una familia meses después, la retirada temporal de determinados productos del mercado o la ansiedad de una comunidad que observa cómo se transforma el entorno del que siempre ha dependido.

La advertencia de los investigadores introduce así una perspectiva diferente: proteger la salud de los océanos puede ser también una forma de proteger nuestra propia salud. El agua puede calentarse lejos de una ciudad o incluso a cientos de kilómetros de la costa, pero las consecuencias no tienen por qué quedarse allí.

Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.

Sitio Fuente: MuyInteresante