Las "cataratas de sangre" de la Antártida escondían microorganismos ancestrales en uno de los lugares más inhóspitos del planeta
CIENCIAS DE LA TIERRA / CIENCIAS DE LA VIDA.
Un nuevo estudio identifica microorganismos activos de origen marino en Blood Falls y refuerza la idea de que este rincón helado conserva el recuerdo vivo de una antigua Antártida.
Descubren microorganismos ancestrales en las Cataratas de Sangre, uno de los lugares más inhóspitos de la Antártida. Foto: Bryan Minnear.
Durante más de un siglo, Blood Falls (conocidas popularmente como "cataratas de sangre"), ha sido uno de los mayores enigmas de la Antártida. Desde la distancia parece una enorme herida abierta en el frente del glaciar Taylor: un flujo de agua de un intenso color rojo desciende sobre el hielo blanco antes de desembocar en el lago Bonney. Durante décadas, este extraño fenómeno ha despertado todo tipo de teorías y preguntas. Ahora, una investigación publicada en Nature Geoscience añade un nuevo capítulo a su historia y lo hace con una conclusión tan inesperada como fascinante.
Un equipo internacional de investigadores ha encontrado evidencias moleculares de que el sistema de salmuera oculto bajo el glaciar conserva una comunidad de microorganismos con un claro origen marino. No se trata simplemente de restos transportados por el viento desde la costa ni de ADN antiguo atrapado en el hielo. Los científicos han detectado organismos que siguen mostrando actividad biológica, una pista que convierte este lugar en una auténtica cápsula del tiempo de la Antártida.
El hallazgo tiene implicaciones que van mucho más allá de explicar el origen de Blood Falls. También aporta nuevas pistas sobre cómo era el continente cuando el nivel del mar era diferente, cómo evolucionaron sus glaciares y hasta qué punto algunos ecosistemas pueden sobrevivir durante periodos extraordinariamente largos mientras el planeta cambia por completo a su alrededor.
Los autores consideran que este sistema subglacial representa uno de los mejores ejemplos conocidos de un refugio biológico extremadamente antiguo. Allí, bajo cientos de metros de hielo y rodeados por una salmuera rica en hierro, algunos microorganismos habrían permanecido aislados desde que antiguas aguas marinas quedaron atrapadas por el avance del glaciar.
El extraño río rojo que sigue desafiando a los científicos.
Blood Falls fue descubierto en 1911 por el geólogo Thomas Griffith Taylor durante una expedición británica a la Antártida. En aquella época se creyó que el llamativo color rojo podía deberse a algas, una explicación lógica teniendo en cuenta que existen microorganismos capaces de teñir la nieve y el hielo en regiones polares.
Con el paso de los años, esa hipótesis quedó descartada. Hoy se sabe que el responsable del color es el hierro disuelto en una salmuera extremadamente salina que permanece líquida bajo el glaciar gracias precisamente a su elevada concentración de sales. Cuando esa agua alcanza el exterior y entra en contacto con el oxígeno de la atmósfera, el hierro se oxida rápidamente y adquiere el característico tono rojizo que da nombre al fenómeno.
Aunque el origen del color ya estaba resuelto, seguía existiendo una pregunta mucho más difícil: ¿de dónde procedía realmente esa salmuera?
Diversos estudios geoquímicos habían propuesto que el agua tenía un origen marino. Según esa hipótesis, hace mucho tiempo el mar penetró en el valle de Taylor durante una etapa climática más cálida. Posteriormente, el avance del glaciar aisló aquella masa de agua salada bajo el hielo, donde permaneció encerrada durante un periodo extremadamente prolongado.
Barro y sedimentos de color rojizo en la base de las Cataratas de Sangre. Foto: Zoumplis et al., Nat. Geosci., (2026)
"Este es un entorno que hoy parece completamente aislado del océano. Pero las firmas moleculares de los organismos presentes en el barro y los sedimentos de las Cataratas de Sangre muestran una conexión marina sorprendentemente intensa".
El ADN confirma una antigua conexión con el océano.
Para comprobar si esa teoría también quedaba reflejada en la biología del lugar, los investigadores analizaron 167 muestras obtenidas en distintos puntos de los Valles Secos de McMurdo, incluyendo hielo, barro rojizo, sedimentos, agua y material transportado por el viento, además de comparar los resultados con muestras marinas procedentes del estrecho de McMurdo.
El estudio utilizó técnicas de secuenciación genética para identificar miles de microorganismos diferentes y reconstruir las comunidades presentes en cada ambiente. Los resultados fueron sorprendentes.
Las zonas directamente relacionadas con Blood Falls —especialmente el barro y los sedimentos teñidos de rojo— presentaban una elevada presencia de organismos típicos del medio marino, mientras que el resto de los Valles Secos estaba dominado por especies propias de ambientes continentales y de agua dulce.
Entre los organismos identificados aparecieron diatomeas, dinoflagelados, haptofitas y ciliados, grupos de microorganismos eucariotas que normalmente viven en el océano y que constituyen excelentes indicadores ambientales.
Los investigadores comprobaron además que la afinidad marina era mucho mayor en Blood Falls que en el resto de las zonas analizadas. Aproximadamente un 9,3 % de los microorganismos eucariotas compartían características con las comunidades marinas de referencia, frente a apenas un 1,15 % en otros lugares de los Valles Secos.
No son fósiles moleculares: siguen mostrando actividad biológica.
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que los científicos no solo analizaron ADN. También estudiaron ARN mediante técnicas metatranscriptómicas, lo que permite saber qué genes están activos en un determinado momento.
Ese análisis reveló que muchos de estos microorganismos continúan desarrollando funciones biológicas esenciales. Detectaron actividad relacionada con la fotosíntesis, mecanismos para soportar altas concentraciones de sal, reparación del ADN y respuestas frente al estrés ambiental.
Integrantes del equipo de investigación durante la recogida de muestras en las Cataratas de Sangre. Foto: Bryan Minnear.
En otras palabras, los investigadores no encontraron únicamente restos genéticos conservados durante millones de años. Encontraron señales de organismos que siguen funcionando y respondiendo activamente a un entorno extremadamente hostil.
Las propias diferencias genéticas observadas respecto a microorganismos marinos actuales también apuntan a una larga historia de aislamiento. Algunas poblaciones muestran variantes propias que encajan con una separación prolongada del océano y con una evolución independiente bajo el glaciar.
Los autores consideran además poco probable que estos microorganismos hayan llegado recientemente transportados por el viento. Si ese fuera el caso, deberían aparecer distribuidos por otras zonas cercanas de los Valles Secos, algo que el estudio no observa.
Estos resultados apuntan a la persistencia de un ecosistema, no simplemente al transporte ocasional de microorganismos.
Una ventana al pasado de la Antártida.
Más allá del interés microbiológico, el trabajo ofrece una nueva herramienta para reconstruir la evolución geológica de la Antártida.
Las comunidades biológicas conservan información sobre los ambientes donde evolucionaron. En este caso, la presencia de organismos claramente asociados al mar respalda la idea de que el valle de Taylor estuvo conectado con el océano antes de quedar sellado por el crecimiento del glaciar.
Los investigadores describen Blood Falls como un posible refugio de linajes antiguos que habría sobrevivido a enormes transformaciones climáticas. Mientras el continente se convertía progresivamente en el desierto helado actual, esta bolsa de salmuera habría permanecido líquida bajo el hielo gracias a su elevada salinidad.
Ese aislamiento convierte al sistema en un laboratorio natural excepcional para estudiar cómo responden los ecosistemas extremos a cambios ambientales de muy larga duración y cómo algunas formas de vida logran persistir en condiciones límite.
Oculta bajo el glaciar Taylor, una salmuera rica en hierro aflora en las Cataratas de Sangre y fluye hacia el lago Bonney. Foto: Zoumplis et al., Nat. Geosci., (2026)
Un descubrimiento con implicaciones mucho más amplias.
Los resultados también interesan a disciplinas muy distintas de la microbiología. Comprender cómo sobreviven comunidades aisladas bajo el hielo puede ayudar a interpretar antiguos cambios climáticos, mejorar los modelos sobre la evolución de los glaciares e incluso orientar futuras investigaciones sobre ambientes extremos fuera de la Tierra.
Los autores del estudio señalan que todavía quedan muchas preguntas abiertas. Aún no se conoce con precisión cuándo quedó completamente aislada esta salmuera ni cuál ha sido exactamente la historia evolutiva de todas las especies detectadas.
Lo que sí parece cada vez más claro es que Blood Falls no es únicamente una curiosidad geológica. Bajo ese llamativo río rojo se esconde un ecosistema que conserva la memoria biológica de una Antártida muy diferente, cuando el océano alcanzaba lugares donde hoy solo existe hielo.
Cada nueva muestra obtenida en este remoto rincón del planeta ayuda a reconstruir un pasado desaparecido hace muchísimo tiempo. Y demuestra que, incluso en uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra, la vida puede conservar pistas extraordinarias sobre la historia de nuestro planeta.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante