Hantavirus y memoria pandémica: por qué el miedo llega antes que los datos

CIENCIAS DE LA SALUD / EPIDEMIOLOGÍA.-

Hay un viejo dicho popular que dice: “Si me mientes una vez, es tu culpa.

Si me mientes dos, es la mía”. A primera vista parece un proverbio sobre la confianza interpersonal, pero encierra algo mucho más profundo sobre cómo funciona nuestra mente cuando ha sido golpeada por una experiencia límite.

Agentes de la Guardia Civil y de la Policía Portuaria junto al puesto de mando instalado este viernes en el puerto de Granadilla, en Tenerife, con motivo de la llegada del crucero MV Hondius. / EFE/ Miguel Barreto.

Entender la reacción de mucha gente ante las noticias del hantavirus pasa, necesariamente, por entender ese mecanismo. Empecemos por un hecho bien establecido en psicología cognitiva: nuestro cerebro no trata lo bueno y lo malo de forma simétrica. 

En un artículo que lleva más de 10 000 citas en la literatura científica, Roy Baumeister y sus colaboradores demostraron que los eventos negativos se procesan con más profundidad, se recuerdan con mayor detalle y durante más tiempo, y dejan huellas más resistentes al cambio que los eventos positivos. Lo llamaron, sin ambages, Bad is Stronger than Good, “lo malo es más fuerte que lo bueno”.

"Los eventos negativos se procesan con más profundidad, se recuerdan con mayor detalle y durante más tiempo".

Esto no es un defecto, sino una solución evolutiva: un organismo que aprende más rápido de las amenazas sobrevive mejor. El problema es que ese mismo sistema, tan útil en la sabana, opera con exactamente la misma lógica en el siglo XXI cuando vemos en el móvil el titular “Brote de hantavirus en crucero procedente de Argentina”.

A nivel neurobiológico, la amígdala (estructura central del sistema límbico) actúa como un detector de amenazas que procesa la señal de peligro antes de que el córtex prefrontal pueda evaluarla de forma racional. 

El neurocientífico estadounidense Joseph LeDoux describió este mecanismo como la “vía corta”: un atajo neuronal que sacrifica precisión a cambio de velocidad. El resultado es que reaccionamos emocionalmente antes de pensar. Y cuando ese sistema ha sido entrenado por una experiencia tan intensa como el covid, la reactividad se dispara con mucha más facilidad.

La covid como experiencia condicionante.

Para entender la intensidad de la respuesta actual, hay que ir un paso más atrás. Desde la psicología del aprendizaje, la covid funcionó como una experiencia de altísima intensidad emocional: muerte cercana, confinamiento, incertidumbre radical, pérdida de rutinas, de trabajo, de personas queridas.

Desde la psicología del aprendizaje, la covid funcionó como una experiencia de altísima intensidad emocional

Toda esa carga quedó asociada a un conjunto de señales muy concretas: noticias de virus, curvas de contagio, palabras como “pandemia”, “transmisión”, “sin vacuna”…

Ahora esas señales están cargadas de significado emocional aprendido. Basta con que aparezca una de ellas (aunque sea un virus completamente diferente, aunque los datos sean tranquilizadores) para que el sistema emocional dispare la respuesta aprendida: ansiedad, alerta, necesidad de hacer algo o, en el polo opuesto, desconexión total. Fuente: The Conversation.

Por: Mónica Pachón-Basallo. Doctora en educación y psicología, Universidad de Navarra.

Sitio Fuente: SINC