Un encierro asfixiante en Calcuta en 1756 inspiró el nombre del fenómeno más extremo del universo: así nació el término “agujero negro” que puso en jaque a la física del siglo XX
ASTROFÍSICA.
La expresión que hoy describe regiones del espacio donde ni la luz puede escapar no nació en un observatorio, sino en una tragedia colonial que dejó una huella profunda en la memoria británica durante casi dos siglos.
El episodio del fuerte William en 1756 trascendió su dimensión colonial para convertirse en un símbolo de tragedia, propaganda y memoria colectiva en la Europa del siglo XVIII. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Los agujeros negros no irrumpieron en nuestra cultura únicamente como un descubrimiento científico, sino como una idea capaz de alterar nuestra manera de imaginar el universo. Antes incluso de que las primeras pruebas observacionales terminaran por convencer a los más escépticos, ya se habían convertido en un símbolo: de lo desconocido, de lo irreversible, del límite último. En Agujeros negros: ciencia, historia y mito, publicado por la editorial Pinolia, el físico teórico David Blanco Laserna se adentra precisamente en ese territorio fronterizo donde la física se cruza con la historia, y donde las ecuaciones dialogan —a veces sin quererlo— con la literatura, el cine o la música.
Lo que hace singular esta obra es su enfoque. No se limita a explicar qué es un agujero negro, sino que reconstruye el largo y tortuoso camino que permitió aceptar su existencia. Muestra cómo la comunidad científica tuvo que enfrentarse a sus propios prejuicios, cómo determinadas hipótesis parecían demasiado radicales para ser tomadas en serio y cómo, poco a poco, la acumulación de argumentos teóricos y evidencias observacionales fue desplazando la incredulidad inicial. En ese recorrido aparecen figuras decisivas, debates intensos y momentos en los que la física estuvo a punto de mirar hacia otro lado.
Pero el libro también presta atención a algo menos habitual en los ensayos científicos: el peso del lenguaje y de las imágenes. Porque las ideas no viven solo en los laboratorios; necesitan palabras que las sostengan y metáforas que las hagan habitables. Blanco Laserna explora cómo la denominación “agujero negro” terminó por imponerse y cómo esa elección influyó en la forma en que el público entendió —y sigue entendiendo— estos objetos extremos. El resultado es un relato que combina precisión científica con una mirada amplia sobre el impacto cultural de uno de los conceptos más poderosos de la física moderna.
No es una lectura que trate de deslumbrar con tecnicismos, sino de acompañar al lector en un proceso de descubrimiento. De mostrar que detrás de cada teoría hay personas, dudas, resistencias y, en ocasiones, historias inesperadas que ayudan a explicar por qué una idea acaba transformándose en un icono.
Te dejamos en exclusiva con un extracto del primer capítulo del libro.
Estrellas invisibles, estrellas oscuras. Escrito por David Blanco Laserna.
Como casi todas las ideas que seducen la imaginación humana, los agujeros negros ofrecen una singular combinación de mito y prosaica realidad. Aunque en su caso hay que reconocer que, hasta lo más prosaico que se pueda decir de ellos, desprende cierto sentido de la maravilla. En definitiva, lo más sorprendente de los agujeros negros acaba siendo que realmente existan. Son soberanos de las regiones más enigmáticas del universo, en las que cualquiera está invitado a entrar, pero de las que nadie puede salir. Qué sucede en la trastienda de un agujero negro será siempre objeto de especulaciones, porque el viajero que alcance a descubrir el misterio nunca regresará para contarlo. La única sonda segura para explorar sus profundidades son unas matemáticas particularmente crípticas, en cuya oscura complejidad se han perdido las mentes más brillantes. Además de guardar secretos inexpugnables, los agujeros negros ofrecen gratis los servicios de una máquina del tiempo. Una máquina, eso sí, capaz de atraparte y destruirte. Si quieres viajar al futuro, solo tienes que acercarte hasta la frontera invisible que protege un agujero negro. Eso sí, pon todo tu cuidado en no traspasarla.
Ante la desvergonzada inverosimilitud que exhiben los agujeros negros, el escepticismo científico ha seguido la máxima de Carl Sagan: «Afirmaciones extraordinarias demandan una evidencia extraordinaria ». Los físicos y los astrónomos han exigido un sinfín de pruebas y han tenido que recorrer un largo camino antes de convencerse de su existencia. Como veremos, parte de esas reticencias procedían del sentido común y, por tanto, de los prejuicios. Los agujeros negros ofrecen un ejemplo notable de lo difícil que resulta concebir fenómenos ajenos por completo a nuestra experiencia cotidiana. En el esfuerzo, no ya de comprenderlos sino de imaginarlos, de aproximarse tentativamente a ellos a través de una imagen o incluso de asignarles un nombre, los científicos han echado mano de la cultura. En la literatura, el arte o la filosofía han buscado referencias, antecedentes, analogías, correspondencias, metáforas, sentido. De esta manera, los agujeros negros han propiciado un peculiar cortejo entre ciencia y cultura, casi tan elaborado como el de las aves del paraíso, en el que tan pronto una y otra se buscan como se esquivan, tan pronto se miran de frente como se dan la espalda con un quiebro y se evitan.
Esta es una historia de historias, de nociones culturales que han interferido o ayudado a definir un concepto científico elusivo, pero también de la sombra proyectada por una nueva idea física en la cultura. Este libro se sitúa así en un cruce de caminos, donde florecen los frutos de imaginaciones muy diversas, científicas y matemáticas, pero también literarias y artísticas.

El llamado “Agujero Negro de Calcuta” se convirtió en uno de los episodios más controvertidos del siglo XVIII. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
¿Y por dónde empezar? En el fondo, un momento resulta casi tan bueno como cualquier otro, así que pongamos que nuestra historia arranca una sofocante noche de verano, el 20 de junio de 1756, en la ciudad de Calcuta. En esta escena de presentación no encontraremos a ningún científico en su despacho, con la mirada perdida en una pizarra cubierta de ecuaciones, ensimismado, mientras trata de alumbrar una revolucionaria teoría de la gravedad. Tampoco aparecen en ella astrónomos ni telescopios. No la protagonizan galaxias, cielos ni estrellas. La escena tiene lugar en un ámbito muy alejado de la abstracción de la física. Se desarrolla casi a ras de suelo, pegada a lo más mundano, a la guerra, a la venganza, a la codicia, a la muerte. Estos ingredientes dieron forma a un relato sobrecogedor, con un punto macabro, que se transmitiría de boca en boca, de una generación a la siguiente, en una carrera de relevos que iniciarían los ingleses del siglo xviii y que terminaría por propagarse a toda la esfera de la cultura anglosajona. En particular, se instaló en la memoria de un físico estadounidense, que se inspiraría en ella en la década de 1960 para bautizar con el nombre de «agujero negro» una idea enigmática y polémica, rechazada por Albert Einstein y vindicada por Robert Oppenheimer, una idea que llevaba décadas vagando como un paria por las páginas de las revistas especializadas, a la búsqueda de su nombre definitivo.
El agujero negro de Calcuta.
Allí donde concurren los intereses políticos y comerciales se levantan grandes metrópolis. Desde tiempo inmemorial, la desembocadura del río Hugli, al norte de la bahía de Bengala, ofreció a los mercaderes una ubicación ideal para el comercio, y a los militares, una plaza fácil de defender. Ventajas que fueron dando forma a Calcuta, la ciudad de los palacios, motejada por algunos como ciudad de la alegría y, por otros, como ciudad de la tristeza, suma de contradicciones, fuente de riqueza y sima sin fondo de miseria, centro cultural de la India, sede de la capital del futuro Raj y uno de sus principales puertos comerciales. Tras desplegar sobre la mesa el mapa de Asia meridional, la Compañía Británica de las Indias Orientales albergó pocas dudas a la hora de elegir Calcuta para cerrar su línea de asentamientos, que arrancaba en Bombay y recorría de manera intermitente toda la costa india. Si el propósito inicial de los ingleses había sido ganar dinero a espuertas con el comercio del algodón, de la seda, el té, las especias o el tinte de índigo, sin entrometerse demasiado en la política local, esa declaración de buenas intenciones, como tantas otras, se fue malogrando con el paso del tiempo. La creciente inestabilidad de la dinastía mogol ofrecía demasiadas tentaciones al afán de lucro, no solo de la Corona inglesa, sino también de otras potencias europeas, como Holanda, Portugal, Francia y Dinamarca.
La semilla de la discordia se había plantado antes de la llegada de los occidentales. El poder de los mogoles había ido menguando en la misma medida que aumentaba la autonomía de los nababs, príncipes o gobernantes provinciales. Autonomía que muchas veces aprovechaban los nababs para tratar directamente con los europeos, que ansiaban concesiones comerciales o territoriales cada vez más ventajosas. Con todo, la sombra creciente de la intromisión británica no era bien vista por todos los representantes del poder en la India. A finales del siglo xvii la Corona británica había concedido a la Compañía de Indias permiso para armar un ejército, acuñar moneda, adquirir y administrar territorios, concesiones que la compañía había explotado a conciencia. La construcción del fuerte William, con el propósito de proteger el asentamiento comercial de Calcuta de revueltas locales e incursiones extranjeras, había supuesto un hito más en esta progresiva y silenciosa colonización. A pesar de que las autoridades indias caían una y otra vez en la tentación de los beneficios inmediatos, eran muy conscientes de las consecuencias que traerían a largo plazo sus cesiones. Habían abierto su casa a los europeos para celebrar una fiesta de final incierto. Cada hora que pasaba, los invitados les compraban más habitaciones, que acto seguido cargaban de cerrojos y hombres armados.
A mediados del siglo XVIII, el joven nabab de Bengala, Siraj ud-Daulah, observaba con creciente inquietud cómo se intensificaban las hostilidades entre ingleses y franceses, empeñados en transformar sus puestos comerciales en la India en bastiones militares. La confrontación alcanzó su cenit tras el estallido en Europa de la guerra de los Siete Años. Los británicos se abatieron entonces sobre el asentamiento de la Compañía Francesa de las Indias Orientales en la ciudad de Chandernagor, cerca de Calcuta, que contaba con la protección del Fuerte de Orleans, del que no dejaron piedra sobre piedra. Esta escalada militar convirtió la inquietud de Siraj en alarma e hizo que exigiera a Roger Drake, gobernador británico de Calcuta, que detuviera de inmediato la construcción de nuevas fortificaciones en la futura capital de Bengala. El gobernador hizo oídos sordos a sus requerimientos y las fichas de dominó empezaron a caer una sobre otra, precipitando los acontecimientos.
El 16 de junio de 1756, Siraj ud-Daulah marchó sobre Calcuta al mando de un ejército de cincuenta mil hombres, adornado con quinientos elefantes y cincuenta cañones. Este vistoso despliegue consiguió captar por fin la atención de Roger Drake. El gobernador pasó de ignorar desdeñosamente al nabab a huir hacia los barcos ingleses fondeados en el puerto, acompañado de gran parte de su personal y de otros residentes extranjeros. En el fuerte William solo quedaron unas doscientas personas, al mando de un civil, John Zephaniah Holwell, al que encomendaron la ingrata misión de alargar la resistencia el tiempo necesario para que el gobernador pudiera ponerse a salvo.
En el momento del incidente, Holwell, cirujano de formación, trabajaba para la Compañía de las Indias como recaudador de impuestos. A diferencia de otros europeos, que transitarían por tierras extranjeras como los turistas amantes de los Starbucks, Holwell había abierto bien los ojos y los oídos, y había dejado que la cultura india le entrara por todos los poros. De origen irlandés, sus creencias católicas se impregnaron de hinduismo y llegó a convencerse de que en los Vedas o los Upanishads residía la clave para descifrar el verdadero significado de la Biblia. Seguramente fue su adhesión a la metempsicosis la que lo convirtió en un ferviente defensor de los derechos de los animales y del vegetarianismo. Holwell también ocupa un discreto lugar dentro de la historia de la medicina occidental por sus descripciones de la inoculación de viruela o variolización que había observado practicar en Bengala. Esta técnica, muy extendida en el Oriente Medio y Próximo de la época, ya había llegado a oídos de los europeos, a través, por ejemplo, de las crónicas de Mary Montagu, que tuvo oportunidad de familiarizarse con ella en Turquía. La variolización se puede describir como una variante un tanto agreste y primitiva de la vacunación. Consiste en exponer el organismo, en lugar de a variedades más débiles o amables de la viruela, a la versión sin descafeinar del virus. El procedimiento funciona porque el virus se introduce a través de un pequeño corte en la piel, de modo que la infección se extiende mucho menos que si lo hiciera a través de las vías respiratorias.
Al margen de su curiosidad médica, o de sus inquietudes espirituales o nutricionales, Holwell no disponía de los recursos ni del genio militar necesarios para hacer frente al ejército del nabab. Por mucho celo que hubieran desplegado los ingleses a la hora de fortificar Calcuta, poco podían hacer doscientos hombres frente a cincuenta mil. Los propios asediados no tuvieron dificultades para llegar a la misma conclusión y pronto se multiplicaron las deserciones. No solo de los cipayos o de los mercenarios holandeses, que a fin de cuentas se estaban jugando la vida en un conflicto que les traía al pairo, sino también de los propios británicos. Para rematar la situación, los gusanos del fuerte, sin corresponder al amor de Holwell hacia los animales, tuvieron a bien comerse gran parte de las municiones. Las que no se comieron tampoco sirvieron de mucho, ya que la humedad había arruinado casi por completo la pólvora que almacenaban. En un ejercicio de pundonor, el fuerte William resistió cuatro días al asedio y el 20 de junio los británicos izaron la bandera blanca.
Una versión de lo que sucedió después de que las tropas de Siraj ud-Daulah entraran en el fuerte puede encontrarse en un librito de apenas medio centenar de páginas. Su título interminable, spoilers incluidos, era muy del gusto de la época: «Un relato verídico de las muertes deplorables de los caballeros ingleses, y de otros, que se asfixiaron en el Agujero Negro del fuerte William, en Calcuta, en el reino de Bengala, en la noche que siguió al día 20 de junio de 1756, contado en una carta a un amigo». El agujero negro al que se refiere aquí Holwell no estaba situado en el centro de la Vía Láctea ni era un portal interdimensional abierto por algún brahmán. Era el nombre con el que se conocía una pequeña celda del fuerte en la que las autoridades británicas confinaban a los condenados por delitos menores.
Según Holwell, Siraj ud-Daulah le dio su palabra de soldado de que no se infligiría ningún castigo a los prisioneros que se habían rendido. Sin embargo, la protección del nabab se fue debilitando a medida que sus instrucciones iban pasando de eslabón en eslabón a lo largo de la cadena de mando, hasta llegar a los soldados de más bajo rango, aquellos que precisamente habían sufrido más bajas durante el asedio. Holwell los encontraría más dispuestos a la venganza que a respetar las condiciones de la capitulación. En cuanto anocheció, los soldados indios condujeron a los ingleses hasta una celda angosta, pensada para albergar solo a dos o tres prisioneros, el famoso agujero negro, y los obligaron a entrar en él a punta de mosquete o de cimitarra. Holwell llegó a contar 146 prisioneros. La mayoría desconocía las verdaderas dimensiones del espacio donde iban a ser confinados: cinco metros y medio de largo por cuatro metros y medio de ancho. La celda disponía de dos pequeñas ventanas con gruesos barrotes que no facilitaban la circulación del aire. Holwell, uno de los primeros en entrar, se apostó en una de ellas, decisión que salvó su vida. Cuando la puerta —que se abría hacia dentro—, quedó atrancada, los relojes de Bengala marcaban las ocho. En el exterior, la ciudad se rendía a una noche sofocante de junio. Para empeorar la situación, el fuego declarado durante el asedio seguía consumiendo el fuerte, aumentando considerablemente la temperatura.

Muchos prisioneros se hallaban malheridos o habían quedado exhaustos tras el combate. Si damos crédito a las cuentas que hizo Holwell, en la celda cada individuo disponía del espacio justo para permanecer de pie: un exiguo cuadrado de unos cuarenta centímetros de lado. La mayoría fue víctima de la deshidratación, el hacinamiento y la asfixia. Los carceleros se mostraron insensibles ante las peticiones de socorro y los intentos de soborno. Unos, por crueldad o animadversión hacia los ingleses. Otros, por miedo a sufrir las iras del nabab si acudían a despertarlo en mitad de la noche para consultarle un posible cambio de ubicación de los prisioneros. Algunos guardias entregaron sombreros llenos de agua a los ingleses, a los que veían atormentados por la sed, no por compasión, sino para provocar peleas entre ellos y disfrutar viendo cómo derramaban el agua. Los cautivos permanecieron encerrados en el agujero negro diez horas interminables, hasta que el nabab se levantó y fue informado de la situación. Para entonces ya habían muerto más de cien prisioneros, cuyos cadáveres se amontonaban en la celda, aplastando a los escasos supervivientes. Según la versión de Holwell, 146 personas entraron en la celda y solo salieron vivos de ella veintitrés.
Ocho meses después de entregar el fuerte William al ejército del nabab, Holwell fue liberado y enviado de vuelta a Inglaterra a bordo del balandro Syren. Durante el viaje, el recuerdo de la masa compacta de compañeros agonizantes, cuyas vidas se iban apagando a su alrededor a medida que pasaban las horas de una noche eterna, bajo un calor abrasador, sin apenas aire, lo atormentaba. Para conjurar las imágenes espantosas que rondaban su cabeza sin descanso, perdía la vista en el horizonte, sentado en la cubierta del barco, tratando de sentirse presente en un espacio que representaba todo lo opuesto al agujero negro de Calcuta. Ante sus ojos se desplegaba una extensión de agua ilimitada, sin muros ni barrotes, donde el aire circulaba sin más impedimentos que las velas del Syren. La travesía resultó de una placidez desacostumbrada y, poco a poco, Holwell fue saliendo de su estupor. Mientras cruzaban la línea del Ecuador, tomó la determinación de dar a conocer su experiencia al mundo.
Sin duda, Holwell fue un testigo nada imparcial de los acontecimientos. Su versión de lo sucedido desató un tsunami de indignación en Gran Bretaña. Algunos utilizaron la historia como arma de propaganda política para inflamar los ardores patrióticos y dar rienda suelta a todas las ambiciones de depredación territorial de la Compañía de Indias. Las represalias que se tomaron los británicos a continuación fueron el horno en el que se cocieron los primeros ladrillos que cimentarían el Raj. Un año después de que Siraj ud-Daulah entrara en Calcuta con sus elefantes, los ingleses habían recuperado el control de la ciudad. Una cenagosa sucesión de cálculos e intrigas acabaría con el nabab ejecutado y con su cuerpo arrojado al río. Quince años después, Calcuta se había convertido en la capital de la India británica, con un gobierno asentado en el mismo fuerte donde había sufrido la mayor de las humillaciones. Sea como fuere, con el paso del tiempo, los historiadores han matizado las cuentas de Holwell, rebajándolas hasta unos sesenta y cuatro prisioneros, cifras que vuelven el relato más creíble, aunque apenas suavizan sus aspectos más truculentos.
La historia del encierro inhumano de un centenar de prisioneros ingleses en una celda angosta y mal ventilada produjo un impacto extraordinario en la cultura popular anglosajona. De hecho, todavía se puede encontrar en algunos diccionarios la expresión proverbial «agujero negro de Calcuta» con el significado de «habitación calurosa, desagradablemente llena de gente». Puede aplicarse a cualquier espacio de hacinamiento, como un vagón de metro en hora punta. En cuanto a la historia en sí, alimentó la imaginación de numerosos escritores. La vemos asomar, por ejemplo, en Las minas del rey Salomón, de Henry Rider Haggard, en El entierro prematuro, de Edgar Allan Poe, o en la obra de autores tan dispares como Mark Twain, Patrick O’Brian, Thomas Pynchon o Stephen King. Sin necesidad de abrir un libro, muchos británicos y estadounidenses escucharon la expresión en infinidad de programas de televisión, desde los años cincuenta en adelante, o en películas como La familia Addams de Barry Sonnenfeld.
De esta permanencia en la memoria colectiva puede dar fe uno de los físicos más notables del siglo xx que, por los caprichos del destino, vino a convertirse en un perfecto desconocido para el gran público: el estadounidense Robert Dicke.
Por: David Blanco Laserna. Físico teórico y escritor / Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante