Un fotógrafo casi desconocido captó el primer eclipse total hace 175 años y cambió la astronomía

HISTORIA. ASTRONOMÍA / EVENTOS ASTRONOMICOS.-

Hace 175 años, una imagen borrosa obtenida sobre metal logró algo que ningún dibujo podía garantizar: que se conservase para siempre un eclipse total de Sol y transformar unos segundos de oscuridad en material de estudio.

Recreación artística del primer eclipse solar total fotografiado por Berkowski con un daguerrotipo acoplado a un telescopio refractor en 1851. ChatGPT, César Noragueda.

Los eclipses totales habían fascinado a generaciones enteras mucho antes de que existiera una cámara capaz de fijar su estampa para la posteridad. Durante una totalidad como la del 12 de agosto de 2026, el día se apaga, emergen formas normalmente invisibles alrededor del Sol y quienes contemplan el fenómeno disponen apenas de unos minutos para reparar en detalles que se esfuman enseguida. A lo largo de siglos, eso significó confiar en bocetos, anotaciones y memoria.

El 28 de julio de 1851, una expedición astronómica se dispuso a seguir uno de esos acontecimientos desde Königsberg, parte de Prusia por entonces y hoy, Kaliningrado, en Rusia. Entre los participantes estaba Julius Berkowski, un daguerrotipista local del que sabemos sorprendentemente poco. Su cometido era técnico: servirse de una técnica todavía joven para intentar preservar lo que el cielo mostraría durante un instante.

La historia, recuperada ahora por Smithsonian Magazine cuando se cumplen 175 años de aquel eclipse, abre una pregunta más interesante que la mera efeméride: ¿qué sucede cuando una disciplina acostumbrada a mirar consigue, por primera vez, guardar una prueba visual susceptible de examinarse después? La respuesta exige entender primero por qué aquella tarea resultaba mucho más exigente de lo que hoy suponemos.

Un fenómeno tan espectacular como difícil de registrar.

Un eclipse total ocurre cuando la Luna pasa entre la Tierra y el Sol y cubre por completo el disco brillante de nuestra estrella. En la estrecha franja donde alcanza la umbra, la zona central de la sombra lunar, desaparece la fotosfera y surge la corona: la atmósfera exterior del Sol, mucho más tenue que su superficie visible. La totalidad puede prolongarse desde unos segundos hasta alrededor de siete minutos.

Ahí aparece un problema formidable para cualquier observador del siglo XIX: antes de que la Luna tape el Sol, el brillo es demasiado intenso; al empezar la fase completa, hay que reaccionar deprisa; y apenas concluye, la escena se desvanece. Imaginarlo resulta sencillo si pensamos en alguien obligado a dibujar un relámpago mientras cruza el cielo. Puede recordar su aspecto general, pero seguramente perderá matices.

Astrónomos entrenados realizaban magníficos bocetos y, en 1851, varios plasmaron las prominencias rosadas y la corona con notable precisión. Sin embargo, dos testigos podían representar rasgos distintos porque el ojo, la atención y la memoria seleccionan información. Una cámara ofrecía algo radicalmente nuevo: no una interpretación posterior, sino una huella física de la radiación recibida en aquellos segundos.

Cuando el cielo quedó fijado en metal.

El procedimiento disponible era el daguerrotipo, presentado públicamente en 1839 por Louis Daguerre. En lugar de película o sensor digital, empleaba una lámina de cobre recubierta de plata y sensibilizada químicamente. Tras la exposición y el revelado aparecía una imagen única, sin negativo del que obtener copias idénticas. Retratar personas ya exigía paciencia, y dirigir aquel sistema al firmamento planteaba obstáculos aún mayores. Preparar el soporte, exponerlo y tratarlo sin equivocaciones era esencial: un fallo en esos minutos arruinaba una ocasión irrepetible.

Berkowski trabajó desde el Real Observatorio de Königsberg y acopló un pequeño telescopio refractor de unos seis centímetros de abertura al gran heliómetro Fraunhofer. Un refractor usa lentes para reunir y enfocar la luz; la abertura indica el diámetro útil del instrumento y condiciona, entre otros factores, cuánta radiación capta. Todo debía quedar listo antes de iniciarse la totalidad.

Al comenzar la fase completa, Berkowski mantuvo la exposición durante 84 segundos. Hubo una segunda tentativa, más breve, frustrada cuando la Luna empezó a apartarse y el resplandor solar inundó el soporte. El daguerrotipo exitoso, en cambio, mostró con claridad el disco lunar oscuro, parte de la corona y varias prominencias. Era la primera fotografía correctamente expuesta de un eclipse solar total.

"El daguerrotipo mostró con claridad el disco lunar oscuro, parte de la corona y varias prominencias: era la primera fotografía correctamente expuesta de un eclipse solar total".

No era la primera ocasión en que alguien intentaba fotografiar el Sol, ni siquiera un eclipse. En 1845, Hippolyte Fizeau y Léon Foucault ya habían obtenido un daguerrotipo de nuestra estrella donde podían distinguirse manchas solares. También hubo ensayos previos con ocultaciones que no produjeron resultados suficientemente útiles.

Lo excepcional de Berkowski consistió en lograr que la totalidad quedara fijada con detalle reconocible. Así, aquel daguerrotipo no solo inmortalizó un eclipse: convirtió un instante irrepetible en una prueba que otros podían volver a examinar.

Lo más llamativo es que sabemos muy poco de su autor. Durante mucho tiempo, incluso su nombre completo permaneció prácticamente desconocido. Esa desproporción entre la escasa biografía disponible y la enorme trascendencia de la captura resume bien lo ocurrido: el documento terminó importando mucho más que la fama de quien accionó el disparador.-

El daguerrotipo tomado por Berkowski del eclipse total solar ocurrido el 28 de julio de 1851.

Lo que aquel registro permitió ver.

La corona es tan débil frente a la fotosfera que normalmente queda sepultada por su resplandor. Un eclipse total funciona como un coronógrafo natural: la Luna bloquea precisamente la parte deslumbrante y deja a la vista la atmósfera exterior. Hoy fabricamos esos instrumentos, los coronógrafos, para imitar ese efecto mediante un disco que oculta artificialmente la superficie solar.

Aquella toma de 1851 demostraba que ciertos rasgos apreciados alrededor del Sol no eran simples ilusiones provocadas por la visión humana. También retuvo prominencias, enormes arcos de plasma —gas ionizado compuesto por partículas cargadas— asociados a campos magnéticos. Poder regresar a ese testimonio una vez terminado el eclipse cambió las reglas: el conocimiento dejó de depender en exclusiva de lo que alguien afirmaba haber visto.

El principio puede sonar trivial en la era del teléfono móvil, pero fue revolucionario para la ciencia. Ese testimonio mecánico no interpreta ni comprende; simplemente, almacena información luminosa. Esa cualidad permite medir, contrastar y discutir sobre una evidencia compartida. Los investigadores podían analizar más tarde un detalle, enfrentarlo con otras fuentes y advertir elementos que quizá habían pasado inadvertidos a simple vista.

"Demostró que ciertos rasgos apreciados alrededor del Sol no eran simples ilusiones provocadas por la visión humana, y retuvo prominencias, enormes arcos de plasma asociados a campos magnéticos".

La astrofotografía llevaría esa ventaja mucho más allá del Sol. Las colecciones históricas hicieron viable seguir estrellas variables, explosiones estelares y cambios celestes a lo largo de décadas. El archivo de Harvard, establecido en el siglo XIX, alberga hoy más de medio millón de placas e imágenes espectrales: una gigantesca memoria visual del firmamento.

De una placa metálica a las misiones solares.

Entre aquella exposición de 84 segundos y la astronomía contemporánea media un salto tecnológico casi absurdo. En la actualidad, instalaciones terrestres, satélites y sondas escrutan el Sol en múltiples longitudes de onda, desde la luz visible hasta el ultravioleta o los rayos X. La espectroscopia, que separa la radiación según su longitud de onda, ayuda a deducir composición, temperatura y movimiento del plasma.

Misiones como Parker Solar Probe han atravesado la corona para estudiar directamente partículas y campos magnéticos; Solar Orbiter, desarrollada por la Agencia Espacial Europea con participación estadounidense, contempla nuestra estrella desde perspectivas imposibles desde tierra firme. Cuesta pensar que los eclipses hubieran quedado reducidos a un hermoso entretenimiento. Y, de hecho, siguen brindando una geometría ardua de reproducir.

En la totalidad, la Luna cubre la fotosfera con enorme precisión y abre acceso a una franja de la corona que los coronógrafos espaciales no siempre captan con idéntica combinación de resolución y extensión. Para investigar temperaturas, velocidades y configuraciones magnéticas en esa región, los especialistas recurren a filtros sensibles a distintas longitudes de onda.

Por ello, aunque las sondas espaciales vigilan el Sol continuamente, los eclipses totales todavía proporcionan datos difíciles de obtener por otras vías.-

Ese interés no pertenece al pasado porque la corona origina fenómenos relacionados con el clima espacial. El viento solar y las eyecciones de masa coronal —gigantescas expulsiones de plasma— pueden alterar la magnetosfera terrestre, producir auroras e incluso afectar satélites, comunicaciones o redes eléctricas. Entender esa atmósfera tenue posee consecuencias muy poco románticas.

Recreación artística de la comparación entre el daguerrotipo del eclipse total de 1851 y una imagen moderna del mismo fenómeno. ChatGPT, César Noragueda.

El legado de los minutos que cambiaron la astronomía.

El eclipse total del 12 de agosto de 2026 volverá a transformar brevemente partes de Groenlandia, Islandia y España en emplazamientos privilegiados. Equipos respaldados por la NASA utilizarán aeronaves y globos para examinar tanto la corona como los cambios que provoca el oscurecimiento temporal en nuestra propia atmósfera. La tecnología habrá evolucionado, perola oportunidad geométrica seguirá siendo la misma.

Por eso, el trabajo de Berkowski importa más que como curiosidad histórica. Antes de aquel daguerrotipo, el eclipse desaparecía cuando regresaba el Sol; después, podía permanecer sobre una mesa para sucesivos análisis. La diferencia recuerda a la que separa escuchar el relato de un acontecimiento de disponer de una grabación del momento exacto.

La incógnita inicial encuentra ahí su respuesta. La captura de 1851 no hizo los eclipses más impresionantes ni resolvió por sí sola los misterios de la corona. Consiguió algo más fundamental: convirtió un acontecimiento fugaz en evidencia acumulable. Desde entonces, cada nueva cámara, detector o sonda ha ensanchado esa misma idea.

Y hay una ironía hermosa en ese legado: Berkowski permanece casi oculto por la historia, mientras su obra sigue reapareciendo 175 años después. El hombre quedó en la penumbra; la radiación que consiguió fijar sobre metal ayudó a que la astronomía aprendiera a conservar el cielo.

Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Sitio Fuente: MuyInteresante