La pesca weenhayek y el ají chuquisaqueño, dos saberes bolivianos que se suman al Atlas Internacional de los Alimentos
UNESCO.
En Villamontes y Sucre, comunidades indígenas y cocineras tradicionales se reunieron para reflexionar sobre dos prácticas alimentarias muy distintas entre sí, pero unidas por el mismo desafío: seguir transmitiéndose de generación en generación.
Maria Lupita Meneses Peña.
Bolivia suma dos nuevas prácticas alimentarias al Atlas Internacional de los Alimentos y Plataforma Digital para Salvaguardar, Promover y Transmitir las Prácticas Alimentarias a las Generaciones Futuras, el proyecto que la UNESCO impulsa junto con comunidades de distintas partes del mundo para documentar y proteger los saberes que sostienen la alimentación tradicional.
Dos talleres —uno en Villamontes, Tarija, y otro en Sucre, Chuquisaca— reunieron a portadores y portadoras de estos saberes para pensar juntos cómo cuidarlos hacia el futuro.
La pesca del pueblo weenhayek, un vínculo con el río que se hereda.
En Villamontes, sobre el río Pilcomayo, el pueblo weenhayek sostiene desde hace generaciones una práctica de pesca tradicional que es mucho más que una técnica de subsistencia: es una forma de relacionarse con el territorio, con el ciclo del río y con el paso del tiempo entre generaciones.
Los conocimientos sobre cuándo y cómo pescar, qué herramientas usar y qué hacer con lo pescado se transmiten de padres a hijos, y están profundamente ligados a la identidad de la comunidad.
El 14 y 15 de noviembre, hombres y mujeres del pueblo weenhayek se reunieron para poner en común esos saberes: de dónde vienen, qué amenazas enfrentan hoy y qué se puede hacer, de manera colectiva, para que sigan vivos.
Participaron 41 personas del encuentro y de las entrevistas realizadas en el marco del proyecto, entre ellas varias mujeres que compartieron su mirada sobre una práctica que suele asociarse a los varones, pero que en la vida cotidiana de la comunidad involucra también el trabajo, el conocimiento y las decisiones de las mujeres.
Maria Lupita Meneses Peña.
El ají y el maní, sabores que cuentan la historia de Chuquisaca.
Unos días después, el 17 y 18 de noviembre, la ciudad de Sucre fue sede de un encuentro dedicado a otra tradición igual de arraigada: la cocina del ají y el maní, ingredientes que atraviesan buena parte de la gastronomía chuquisaqueña y que están cargados de historia familiar y regional.
Detrás de cada preparación hay recetas que se conservan en la memoria de las cocineras, formas particulares de combinar sabores y una identidad culinaria que Sucre reconoce como propia.
En este caso, fueron especialmente las mujeres quienes sostuvieron el encuentro con su experiencia: de las personas entrevistadas individualmente sobre esta práctica, la gran mayoría fueron cocineras que llevan años —y en muchos casos toda una vida— preparando estos platos y transmitiendo sus recetas a hijas, nietas y otras mujeres de la familia.
El taller fue también una oportunidad para que ese saber, muchas veces invisibilizado por ser trabajo doméstico y cotidiano, fuera nombrado como lo que es: patrimonio cultural vivo.
Maria Lupita Meneses Peña.
Dos prácticas, un mismo compromiso con la memoria.
Más allá de sus diferencias —una ligada al río y a la pesca, la otra a la cocina y a la mesa familiar—, ambas prácticas comparten algo esencial: dependen de que alguien, en cada generación, decida seguir aprendiéndolas y sosteniéndolas.
Los encuentros de Villamontes y Sucre fueron, ante todo, espacios para que las propias comunidades pusieran en palabras los riesgos que ven sobre la continuidad de sus saberes y pensaran, entre todos, qué acciones concretas podrían ayudar a protegerlos.
En conjunto, ambos talleres convocaron a 88 personas, con una participación destacada de mujeres, especialmente en las conversaciones más personales sobre cada práctica. Esa presencia femenina —tanto en la pesca weenhayek como, sobre todo, en la cocina del ají— es en sí misma parte de la historia que este proceso busca contar: la de saberes que muchas veces se sostienen silenciosamente en manos de mujeres, y que ahora encuentran un espacio para ser reconocidos y documentados.
Con estos dos nuevos casos, Bolivia se suma a otros países de la región que ya vienen documentando sus propias prácticas alimentarias en el marco de este proyecto, aportando a un mapa cada vez más amplio de las formas en que, en distintos rincones del mundo, la comida sigue siendo memoria, identidad y comunidad.
Sitio Fuente: UNESCO