Los adolescentes agresivos pueden envejecer más rápido, según un estudio

CIENCIA Y SOCIEDAD.-

La agresión en la adolescencia, más conflicto con el padre y más castigo hacia los amigos implica un desgaste fisiológico a lo largo de los años.

Las actitudes violentas en la adolescencia impactan en el organismo a largo plazo. / Pexels.

Cuando los jóvenes se comportan agresivamente con los demás, no solo perjudican a quienes los rodean, sino también a sí mismos. Los científicos han descubierto una relación entre el comportamiento agresivo y un envejecimiento más rápido.

Cuando pensamos en adolescencia solemos imaginar un periodo ruidoso pero pasajero: enfados, portazos, amistades intensas que hoy están y mañana desaparecen. Un estudio longitudinal publicado en la revista Health Psychology concluye: la manera en que un chico o una chica se relaciona con los demás a los 13 o 14 años puede notarse en su cuerpo a los 30 en forma de un envejecimiento biológico más rápido.

El trabajo siguió durante 17 años a un grupo diverso de adolescentes de Estados Unidos, desde los 13 hasta los 30 años, junto con sus padres y sus amigos más cercanos. Les preguntaron por su agresividad con otras personas (“me meto en muchas peleas”, “destrozo cosas de otros”), midieron hasta qué punto hubo choques con el padre y la madre, y pidieron a los amigos que describieran cómo resuelven los conflictos y si tendían a castigar o hacer daño al otro cuando hay problemas.

Chequeo a los 30.

Alrededor de los 30 años, a esos mismos jóvenes se les hizo un chequeo de salud completo: análisis de sangre y pruebas que permiten calcular una “edad biológica”, una especie de edad interna del organismo que no siempre coincide con la edad contada desde el nacimiento.

Esa edad biológica se obtiene combinando muchos indicadores del sistema cardiovascular, inmune y metabólico en algoritmos que han demostrado predecir bastante bien el riesgo de enfermar o morir antes de tiempo. Así se puede detectar si alguien de 30 años, por ejemplo, tiene un perfil corporal más parecido al de alguien de 27 o al de alguien de 35. Y aquí llega el resultado clave del nuevo estudio: quienes fueron más agresivos con otras personas en la adolescencia tendían a mostrar, a los 30, señales de un cuerpo “más viejo” de lo que correspondería por su edad cronológica. Esto se mantuvo incluso cuando el análisis descuenta diferencias de género, nivel económico familiar, problemas graves de salud en la infancia y la complexión física durante la adolescencia.

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Claves para entender la violencia adolescente y su impacto biológico futuro. / AI Designer

Trama de relaciones.

La agresividad no aparece aislada, sino insertada en una trama de relaciones. Los autores observaron que estos adolescentes agresivos vivieron más conflictos con su padre a lo largo de la adolescencia y, más adelante, mostraron un comportamiento más punitivo con sus amigos íntimos en la veintena. Cuando se tienen en cuenta esos dos factores, el vínculo directo entre agresividad temprana y envejecimiento biológico se manifiesta claramente, como si el camino real fuese: agresión en la adolescencia, más conflicto con el padre y más castigo hacia los amigos, y desde ahí un desgaste fisiológico que se acumula con el tiempo.

Es llamativo que el conflicto con el padre, y no con la madre, sea el que se asocia al envejecimiento acelerado. El estudio plantea varias hipótesis: el peso específico de la figura paterna en ciertas trayectorias de socialización, la mayor carga de estrés que puede implicar un conflicto con quien se percibe como físicamente más amenazante, o el papel del padre como modelo de la forma de tratar a los demás fuera del hogar. Algo similar ocurre con los amigos: no es tanto discutir como tal, sino el estilo punitivo —hacer daño, castigar— lo que parece vincularse a un cuerpo que envejece antes.

Exceso de peso.

Otro hallazgo que interesa a familias y docentes es que ese mismo patrón relacional se relaciona con un mayor índice de masa corporal (IMC) en la adultez, incluso descontando la forma corporal en la adolescencia. Sabemos que el exceso de peso sostenido en el tiempo se asocia a numerosos problemas de salud, y el trabajo sugiere una vía poco considerada: el estrés crónico derivado de relaciones hostiles podría empujar a cambios hormonales, peor calidad del sueño y conductas de alimentación ligadas al malestar. De nuevo, las riñas constantes con el padre y la dureza con los amigos no se quedan en el plano psicológico, sino que se vinculan a un cuerpo más vulnerable.

El estudio tiene sus límites, que los propios autores reconocen: las medidas de edad biológica son nuevas, la cantidad de variación explicada por las relaciones es modesta y no se puede asegurar, solo con estos datos, que la agresión sea la causa directa del envejecimiento acelerado. Es probable que influyan factores previos —por ejemplo, rasgos de personalidad o contextos de estrés social— que alimentan a la vez la agresividad y el deterioro fisiológico. Aun así, los resultados encajan con muchas investigaciones que han ido encontrando el mismo mensaje de fondo: vivir rodeado de conflicto hostil y violencia relacional pasa factura a largo plazo.

Cosas a tener en cuenta.

Para madres, padres, profesorado y quienes trabajan con adolescentes, la implicación es clara. Las dificultades de regulación de la agresividad, los patrones de castigo en las relaciones y los conflictos reiterados con figuras cuidadoras son señales tempranas de riesgo que pueden anticipar un peor estado de salud física décadas después.

Intervenir pronto —no solo educando en normas, sino enseñando a negociar, a reparar y a cuidar el vínculo incluso en el desacuerdo— no es únicamente una apuesta por el bienestar emocional inmediato; puede ser también una inversión silenciosa en el cuerpo adulto que ese adolescente va a habitar.

Por: Redacción T21.

Sitio Fuente: Levante / Tendencias21