Hallan en un reptil de 289 millones de años el sistema que cambió la vida en la Tierra y explica cómo respiramos hoy, según un nuevo estudio
CIENCIAS DE LA VIDA / PALEONTOLOGÍA.
La historia de cómo respiramos acaba de retroceder casi 300 millones de años gracias a un pequeño reptil fosilizado en una cueva de Oklahoma.
Revelan cómo un reptil de hace 289 millones de años explica por qué hoy respiramos mejor en tierra firme. Ilustración: Dr. Michael DeBraga.
Un hallazgo, publicado en Nature, describe con un nivel de detalle sin precedentes el aparato respiratorio de Captorhinus aguti, una especie que vivió en el período Pérmico temprano. No se trata solo de huesos. Y es que los investigadores han podido observar piel, cartílago e incluso restos de proteínas, algo extremadamente raro en fósiles tan antiguos.
Este conjunto excepcional ha permitido reconstruir cómo estos primeros reptiles respiraban utilizando su caja torácica, un mecanismo que hoy comparten reptiles, aves y mamíferos, incluidos los humanos. La investigación no solo llena un vacío en la evolución de los vertebrados, sino que redefine cuándo surgió uno de los sistemas biológicos más importantes para la vida terrestre.
Durante décadas, los científicos sospechaban que la llamada respiración costal —basada en el movimiento de las costillas— había sido clave para que los animales conquistaran la tierra firme. Sin embargo, las pruebas directas eran escasas. Este fósil ofrece, por primera vez, una imagen completa de ese sistema en acción en un animal primitivo.
Un fósil excepcional congelado en el tiempo.
El protagonista de este descubrimiento es un pequeño reptil que murió en un entorno muy particular: una red de cuevas en lo que hoy es Oklahoma. Las condiciones químicas del lugar —con filtraciones de hidrocarburos, agua rica en minerales y sedimentos finos sin oxígeno— crearon el escenario perfecto para una momificación natural.
El resultado es un fósil tridimensional que conserva incluso la textura de la piel, con un patrón que recuerda al de los actuales reptiles excavadores. Este nivel de preservación es extraordinario, especialmente en restos que datan de hace casi 290 millones de años.
Gracias a técnicas avanzadas como la tomografía computarizada con neutrones, los investigadores pudieron observar el interior del fósil sin dañarlo. Lo que encontraron fue aún más sorprendente: estructuras cartilaginosas intactas, incluyendo un esternón segmentado, costillas especializadas y conexiones entre la caja torácica y los hombros.

Diagrama ilustrado del esqueleto completo en vista lateral izquierda, donde se destacan en color amarillo las estructuras cartilaginosas descritas por primera vez en este estudio. Nature (2026)
Estas piezas encajan como un mecanismo perfectamente diseñado para expandir y contraer el tórax, permitiendo la entrada y salida de aire de los pulmones. En otras palabras, el fósil conserva el equivalente más antiguo conocido de un sistema respiratorio moderno.
El salto evolutivo que permitió conquistar la tierra.
Antes de la aparición de los amniotas —el grupo que incluye reptiles, aves y mamíferos— la respiración en los vertebrados estaba estrechamente ligada al agua. Los anfibios, por ejemplo, dependen en gran medida de la piel húmeda para intercambiar gases, y utilizan movimientos de la boca para introducir aire en sus pulmones.
Este método, aunque eficaz en ambientes acuáticos o húmedos, limita la actividad física y la independencia del agua. El sistema basado en la caja torácica, en cambio, permite una ventilación mucho más eficiente.
El caso de Captorhinus muestra que este tipo de respiración ya estaba presente en los primeros reptiles. La implicación es profunda: este mecanismo pudo ser uno de los factores clave que permitió a los amniotas diversificarse y dominar los ecosistemas terrestres.
Al poder oxigenar mejor sus tejidos, estos animales podían moverse más, cazar, escapar de depredadores y colonizar entornos más secos. En términos evolutivos, la respiración costal no fue solo una innovación anatómica, sino un auténtico motor de cambio.
La capacidad de expandir el tórax para introducir aire en los pulmones pudo ser una de las claves evolutivas que permitió a los vertebrados independizarse definitivamente del agua.
Proteínas de otro tiempo: un hallazgo inesperado.
Más allá del sistema respiratorio, el estudio ha revelado otro detalle que ha sorprendido a la comunidad científica: la presencia de restos de proteínas en el fósil.
Hasta ahora, se pensaba que este tipo de material orgánico no podía sobrevivir tanto tiempo. Sin embargo, el análisis químico ha identificado compuestos en la piel, el cartílago y los huesos del animal, lo que amplía significativamente el horizonte de lo que puede conservarse en el registro fósil.
Este descubrimiento abre nuevas posibilidades para la paleontología. Si se pueden recuperar biomoléculas en fósiles tan antiguos, los científicos podrían estudiar con mayor precisión la biología de especies extintas, desde su fisiología hasta su evolución molecular.
Además, plantea preguntas sobre otros yacimientos fósiles: ¿cuántos restos aparentemente “simples” podrían esconder información biológica aún no detectada?

Fósil original y recreación científica de Captorhinus aguti, que permiten visualizar su anatomía y comprender mejor su biología. Nature (2026)
"Este tipo de respiración no solo mejoró el intercambio de gases, sino que probablemente impulsó estilos de vida más activos y complejos en tierra firme".
Un pequeño reptil con un gran legado.
Aunque Captorhinus aguti no supera unos pocos centímetros de longitud, su importancia científica es enorme. Representa una ventana directa a un momento crucial de la historia de la vida: el paso definitivo de los vertebrados hacia la conquista de la tierra firme.
El estudio de este fósil no solo permite entender cómo respiraban estos animales, sino también cómo esa innovación se transmitió a lo largo de millones de años hasta llegar a nosotros. Cada inhalación humana, en cierto modo, sigue el mismo patrón que comenzó a desarrollarse en criaturas como esta.
Este tipo de hallazgos recuerda que la evolución no siempre avanza mediante cambios visibles o espectaculares. A veces, las transformaciones más decisivas ocurren en sistemas internos, invisibles a simple vista, pero fundamentales para la supervivencia.
Y en este caso, todo apunta a que el simple acto de respirar —tan automático que apenas lo notamos— es en realidad una herencia directa de uno de los capítulos más antiguos y decisivos de la historia de la vida en la Tierra.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante