Científicos descubren en monos africanos una pista que cambia lo que creíamos sobre la evolución de nuestros antepasados hace 7 millones de años

CIENCIAS DE LA VIDA / PALEONTOLOGÍA.-

Un estudio con mangabeyes salvajes revela que pueden flexionar el mediopié unos 46 grados al trepar, casi exactamente lo que logra un chimpancé con el tobillo, y abre una nueva vía para entender cómo se movían nuestros antepasados.

Descubren una capacidad inesperada en monos africanos que reabre un misterio de la evolución humana de hace 7 millones de años. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.

Hace entre seis y siete millones de años, aproximadamente, los linajes que acabarían dando lugar a humanos y chimpancés tomaron caminos evolutivos diferentes. Cómo era aquel último antepasado común continúa siendo uno de los grandes problemas de la paleoantropología. No sabemos con certeza qué aspecto tenía y tampoco cómo se desplazaba por los bosques africanos. Buena parte de la discusión se ha concentrado, curiosamente, en una parte muy concreta de su anatomía: los pies.

Ahora, unos monos que viven en los bosques de Costa de Marfil han introducido una pieza inesperada en el debate. Un equipo encabezado por Luke D. Fannin ha estudiado cómo los mangabeyes grises (Cercocebus atys) trepan verticalmente por los árboles y ha descubierto que sus pies pueden alcanzar una flexión extraordinaria. El resultado, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), cuestiona una asociación aparentemente intuitiva: que para trepar como un gran simio hace falta necesariamente tener un pie parecido al de un gran simio.

La cuestión tiene consecuencias que van mucho más allá de estos monos. Existen dos grandes interpretaciones sobre los pies del último antepasado común de humanos y chimpancés. Una propone una anatomía relativamente parecida a la de los grandes simios africanos, adecuada para combinar la vida terrestre con la escalada. Otra reconstruye un pie más próximo al de ciertos cercopitécidos, grupo que incluye mangabeyes, babuinos y macacos. La segunda posibilidad se ha relacionado con una locomoción fundamentalmente cuadrúpeda sobre las ramas y con una importancia menor de la escalada vertical.

El problema es que los fósiles conservan huesos, pero no movimientos. Y pasar directamente de la forma de un hueso a una conducta concreta puede esconder sorpresas.

Un mono actual ofrece una pista inesperada.

Fannin, Carmen Pape y W. Scott McGraw buscaron precisamente una de esas sorpresas en el Parque Nacional de Taï, en Costa de Marfil. Allí observaron mangabeyes grises salvajes, primates africanos que pasan buena parte del tiempo buscando alimento en el suelo pero que también ascienden por troncos verticales. Los investigadores grabaron sus movimientos con una cámara de vídeo a 30 fotogramas por segundo y analizaron después la dorsiflexión máxima del tobillo y de la zona media del pie durante las escaladas.

La diferencia entre ambas articulaciones resultó enorme.

Los mangabeyes alcanzaron una dorsiflexión máxima media de aproximadamente 23,3 grados en el tobillo. En la parte media del pie, sin embargo, llegaron a 45,7 grados. Es decir, consiguieron alrededor de un 65% más de dorsiflexión en el mediopié que en el tobillo durante los episodios estudiados.

La cifra adquiere otra dimensión al compararla con los chimpancés. Estos pueden alcanzar unos 45,5 grados de dorsiflexión máxima del tobillo mientras trepan. Los mangabeyes consiguen prácticamente el mismo ángulo, pero mediante una región anatómica diferente. El estudio también compara los resultados con cazadores-recolectores Twa expertos en trepar, cuya dorsiflexión máxima del tobillo ronda los 40,7 grados.-

La evolución, por tanto, parece haber llegado a soluciones biomecánicas parecidas siguiendo caminos anatómicos distintos.

Los investigadores observaron a mangabeyes grises en libertad en un bosque de Costa de Marfil y, tras analizar sus movimientos, comprobaron que la notable flexibilidad de sus pies les permite ascender por troncos estrechos para buscar alimento, refugiarse o alcanzar lugares donde dormir. Foto: W. Scott McGraw

"Los mangabeyes pueden flexionar la parte media del pie unos 46 grados al trepar, prácticamente lo mismo que alcanza el tobillo de un chimpancé".

El secreto está en la parte media del pie.

Para un primate que asciende por un tronco, aproximar el centro de masa al árbol es importante. Una dorsiflexión elevada ayuda a reducir la distancia horizontal entre el cuerpo y la superficie vertical y, con ello, los efectos del momento que tiende a hacer caer al animal hacia atrás.

Los chimpancés resuelven este problema gracias, en buena medida, a una gran movilidad del tobillo. Los mangabeyes estudiados no poseen la misma configuración articular. Su alternativa está más abajo: utilizan intensamente la flexibilidad del mediopié, el conocido en la literatura científica como midfoot break.

Los datos son especialmente llamativos porque la dorsiflexión del mediopié de estos mangabeyes no fue estadísticamente diferente de la dorsiflexión del tobillo registrada durante la escalada en chimpancés y en los Twa incluidos en la comparación. Los investigadores observaron además que, en el momento de máxima dorsiflexión, chimpancés y mangabeyes mantenían una distancia horizontal comparable entre su centro de masa y el árbol una vez corregidas las diferencias de tamaño corporal.

Eso es lo que los autores interpretan como una convergencia cinemática. Dos arquitecturas del pie diferentes pueden terminar proporcionando una solución funcional semejante ante el mismo desafío: subir de manera segura por una superficie vertical.

Y ahí es donde un estudio realizado con monos vivos entra directamente en una discusión sobre criaturas desaparecidas hace millones de años.

"Un pie parecido al de los monos no permite descartar que el antepasado común de humanos y chimpancés fuera un hábil trepador".

Lo que cambia para nuestros antepasados.

El trabajo no demuestra qué forma tenía el pie del último antepasado común de humanos y chimpancés. Los propios investigadores son explícitos al respecto: sus resultados no favorecen por sí mismos ninguna de las dos reconstrucciones anatómicas enfrentadas.

Lo que sí debilitan es otro argumento. Un antepasado con un pie más parecido al de un mono no tendría por qué haber sido incapaz de trepar verticalmente. Si una anatomía de ese tipo podía aprovechar una gran movilidad del mediopié, la escalada seguiría siendo perfectamente plausible dentro de su repertorio locomotor.

La conclusión también resulta interesante para homininos posteriores. Los autores recuerdan que algunos australopitecos presentan características que han sido interpretadas como indicios de una movilidad del mediopié superior a la de los humanos modernos. Australopithecus deyiremeda, de hace unos 3,5 millones de años, y Australopithecus sediba, de alrededor de dos millones de años, aparecen en esta discusión por determinadas particularidades de su cuarto metatarsiano.

El nuevo estudio ofrece un modelo funcional con el que interpretar esas anatomías: una mayor flexibilidad en esa región podría haber proporcionado una vía alternativa para ascender con seguridad incluso sin disponer del tobillo característico de los grandes simios africanos.

No significa que estos australopitecos treparan exactamente como los mangabeyes actuales. Tampoco permite reconstruir directamente el comportamiento de un antepasado desaparecido a partir de una especie moderna. Lo importante es que amplía el abanico de posibilidades biomecánicas que deben considerarse cuando se observa un fósil.

"La sorprendente flexibilidad de los mangabeyes actuales amplía las posibilidades sobre cómo pudieron desplazarse los primeros homininos".

Un pie ya no cuenta toda la historia.

Durante décadas, reconstruir la locomoción de nuestros antepasados ha dependido necesariamente de las señales que dejaron sus esqueletos. El estudio de Taï recuerda que una misma exigencia funcional puede resolverse mediante estructuras diferentes.

Ese es probablemente el aspecto más interesante del hallazgo. El debate ya no puede plantearse simplemente como “pie de simio igual a escalador” frente a “pie de mono igual a habitante de las ramas”. Los mangabeyes muestran en un bosque africano actual que esa frontera biomecánica es bastante menos rígida.

Los autores creen que harán falta más fósiles para determinar qué anatomía poseía realmente el último antepasado común. Mientras aparecen, estos monos ofrecen algo que ningún fósil puede conservar: el movimiento.

Y ese movimiento revela una paradoja fascinante. Dos pies anatómicamente distintos pueden comportarse de forma sorprendentemente parecida cuando llega el momento de subir a un árbol.

Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.

Sitio Fuente: MuyInteresante