El mar Cantábrico está tan caliente que pulpos, caballas y otros peces empiezan a buscar aguas más frías
CIENCIAS DE LA TIERRA / CLIMATOLOGÍA / OCEANOGRAFÍA.
El Cantábrico atraviesa un verano excepcionalmente cálido. Bajo una superficie que parece idéntica a la de siempre, el entorno toma otro rumbo. Para sus habitantes, unos pocos grados bastan para redibujar el mapa.
Recreación artística de especies del Cantábrico desplazándose hacia aguas más frías. ChatGPT, César Noragueda.
Entrar en una playa del norte de España suele incluir un pequeño ritual: avanzar hasta que el agua fría obliga a pensárselo dos veces. Este verano, sin embargo, el baño resulta distinto. Varios puntos del litoral cantábrico han registrado valores extraordinarios, después de una primavera que ya dejó máximos insólitos.
Desde la orilla, tres o cuatro grados parecen una diferencia menor. El océano continúa azul, las olas rompen igual y ninguna frontera señala dónde termina una masa templada y comienza otra más fresca. Pero, para un animal que pasa cada minuto de su existencia sumergido, esa diferencia afecta al funcionamiento del organismo, a la disponibilidad de comida e incluso al momento adecuado para reproducirse.
Ahí surge una pregunta menos evidente que cuánto marca hoy un termómetro dentro del agua: ¿qué sucede cuando el lugar al que una especie está adaptada deja de ofrecer las condiciones que necesita? La respuesta obliga a mirar debajo de la superficie y descubrir que la geografía marina posee otro mapa, invisible desde tierra, cuyas fronteras pueden moverse.
El Cantábrico está viviendo un verano extraordinario.
Las mediciones llevan meses avisando. En mayo, 18 de las 29 boyas de Puertos del Estado consideradas en el balance registraron máximos históricos para ese mes en distintas costas españolas. Después, llegaron nuevos episodios cálidos. En la bahía de La Concha, la serie diaria del Aquarium de San Sebastián, iniciada en 1947, alcanzó 25,2 grados centígrados el 24 de junio, un récord para esa fecha y ese mes. Durante julio, la boya costera de Bilbao llegó a los 25,4.
"Este verano, cerca del 90 por ciento del golfo de Vizcaya y la costa ibérica llegó a experimentar una ola de calor marina".
Esos máximos no representan la temperatura de todo el Cantábrico ni describen lo que ocurre a distintas profundidades. Al ampliar la mirada, aparece lo relevante: este verano, aproximadamente el 90 por ciento del golfo de Vizcaya y la costa ibérica llegó a experimentar una ola de calor marina.
Ese nombre tampoco significa simplemente “agua muy caliente”. Los científicos hablan de ola de calor marina cuando la temperatura permanece durante varios días por encima de un umbral excepcional calculado a partir de la climatología local. De ahí que ocurra incluso en un océano que a un bañista todavía le parezca frío.
La comparación correcta no es con nuestro gusto al entrar en el agua, sino con aquello que cada organismo está preparado para tolerar.
Tres grados parecen poco hasta que tienes que vivir dentro de ellos.
Un pez no posee aire acondicionado, pero sí límites fisiológicos. Cada especie prospera dentro de cierto abanico ambiental. Los biólogos llaman nicho térmico al conjunto de temperaturas compatibles con su funcionamiento.
Imaginemos el océano como un edificio gigantesco. Sus habitaciones no tienen el mismo termostato: cambian con la latitud, la profundidad, las corrientes y las estaciones. Durante generaciones, cada inquilino ha ocupado las estancias donde encuentra un ambiente apropiado, comida suficiente y opciones de cría. Si la calefacción sube, quienes tienen movilidad encuentran una salida: buscar otra habitación.
La comparación simplifica una maquinaria biológica más rica. Al aumentar la temperatura, el metabolismo de muchos ectotermos —animales cuya temperatura corporal depende en gran medida del medio— se acelera. Necesitan más oxígeno precisamente cuando el agua cálida retiene menos gas disuelto. También varían crecimiento, maduración, fertilidad y vínculos con presas o depredadores.
"Al aumentar la temperatura, el metabolismo de muchos animales se acelera, necesitan más oxígeno cuando el agua cálida retiene menos gas disuelto y varía su crecimiento, maduración, fertilidad y vínculos con presas o depredadores".
No existe, por tanto, una cifra universal a partir de la cual todos emprendan viaje. Importan la especie, la edad, la profundidad, la estación, cuánto dura el episodio y qué recursos nutritivos quedan al alcance. A veces, el efecto inmediato es soportable; la transformación decisiva aparece cuando la franja propicia migra de manera persistente.
Pulpos, caballas y peces que toman otro rumbo.
Eso es justamente lo que empieza a apreciarse en el norte peninsular.
Especialistas del Instituto Español de Oceanografía señalan que determinadas especies de interés pesquero están redistribuyendo su presencia en busca de ambientes más adecuados. Esta respuesta no nació este agosto: el episodio extremo hace más visible una tendencia estudiada desde hace tiempo.
Un estudio publicado en 2026, basado en tres décadas de datos del golfo de Vizcaya, encontró una señal amplia compatible con el calentamiento en sus comunidades de peces. La caballa atlántica y el jurel adelantaron el desove y lo desplazaron hacia el polo. Anchoa, sardina y caballa redujeron además su tamaño adulto medio, mientras variaban otros rasgos ligados al ciclo reproductor y a la composición de las comunidades.
"La caballa atlántica y el jurel adelantaron el desove y lo desplazaron hacia el polo; anchoa, sardina y caballa redujeron su tamaño adulto medio, mientras variaban su ciclo reproductor y la composición de sus comunidades; y hay mayor dificultad para encontrar pulpo en áreas tradicionales".
En Galicia, profesionales y expertos describen mayores dificultades para encontrar pulpo en áreas tradicionales. Este cefalópodo —no un pez— también responde a las circunstancias locales, aunque disponibilidad de presas y presión pesquera intervienen simultáneamente.
Conviene interpretar literalmente solo hasta cierto punto la expresión “buscar aguas más frías”. Ninguna caballa consulta un termómetro y decide poner rumbo a Bretaña. Miles de movimientos individuales, diferencias de supervivencia, éxito reproductivo y concentración de recursos tróficos acaban determinando dónde resulta más abundante una población.
El resultado, visto desde un mapa, sí se parece a una mudanza.
Recreación artística de especies buscando capas de agua con temperaturas más favorables. ChatGPT, César Noragueda.
El norte no se queda vacío: llegan nuevos vecinos.
Ese relevo ecológico funciona en dos sentidos: mientras organismos ligados al frescor pierden terreno, otros que antes tenían aquí su límite ganan terreno. En el Cantábrico, ya se observan visitantes de afinidad cálida cuya presencia habría resultado mucho menos habitual décadas atrás.
A este proceso se le aplica a veces el término mediterranización: comunidades atlánticas que adquieren rasgos asociados a faunas de aguas más templadas. No significa que el golfo de Vizcaya vaya a convertirse literalmente en el Mediterráneo, sino que describe una modificación gradual de quién logra establecerse, criar o aparecer con mayor frecuencia.
Volvamos al edificio. Cuando un vecino cambia de planta, la habitación de destino no está vacía. Allí encuentra residentes, alimento, competidores, parásitos y depredadores. La llegada de nuevos organismos reorganiza vínculos que llevaban mucho tiempo funcionando de otra manera.
"Mediterranización: comunidades atlánticas que adquieren rasgos asociados a faunas de aguas más templadas, una modificación gradual de quién logra establecerse, criar o aparecer con mayor frecuencia".
Por eso, el calentamiento no consiste en desplazar fichas independientes sobre un tablero. Cuando varía una presa, también responde quien se alimenta de ella; si un competidor gana ventaja, otro puede perderla. El ecosistema entero constituye una red, y reordenar varios nudos acaba transformando las conexiones.
Cuando se reorganiza el ecosistema, la pesca también cambia.
El fenómeno deja de parecer lejano en cuanto esas fichas tienen nombres como pulpo, sardina, anchoa, caballa o atún. Son animales, pero también capturas, lonjas, empleos, precios y tradiciones gastronómicas construidas alrededor de lugares y temporadas concretos.
Una flota adaptada durante décadas a cierto recurso no traslada con idéntica facilidad puertos, barcos, permisos o mercados. Los peces, en cambio, desconocen las fronteras administrativas. Si las poblaciones comerciales redistribuyen su abundancia entre regiones o países, varían las distancias que debe recorrer un buque y la forma de gestionar cuotas compartidas.
Campañas oceanográficas, modelos, satélites y series históricas ayudan a reconocer tendencias y ajustar la gestión antes de que las reglas heredadas describan un mar que ya no existe.
Incluso el calendario se desplaza. Si el desove se adelanta o las presas aparecen en fechas diferentes, una temporada tradicionalmente favorable a veces deja de coincidir con el momento biológico más productivo. El calentamiento global también desajusta el reloj.
Un mar más caliente no significa un mar muerto.
Nada de esto permite concluir que el Cantábrico esté vaciándose de vida. Esa imagen sería tan sencilla como equivocada. Una comunidad sometida al calor llega a perder determinadas poblaciones, favorecer otras y reorganizar relaciones internas sin convertirse en un desierto.
"Una comunidad sometida al calor llega a perder determinadas poblaciones, favorecer otras y reorganizar relaciones internas sin convertirse en un desierto".
También sería incorrecto atribuir cualquier descenso de capturas al termómetro. La abundancia depende de pesca, corrientes, recursos tróficos, enfermedades, reproducción y variabilidad natural. La ciencia intenta separar esas influencias mediante series largas, comparación entre zonas y modelos que integran múltiples variables.
La distinción entre tiempo extremo y tendencia climática resulta igualmente esencial. Una ola de calor marina provoca estrés durante días, semanas o meses. Para que la geografía biológica cambie de forma duradera importa, sobre todo, la repetición de esos episodios sobre un océano cuya temperatura de fondo continúa aumentando.
Precisamente por eso, los registros de 2026 son relevantes sin necesidad de convertirlos en una profecía: constituyen una pieza llamativa dentro de una transformación que se mide a escalas mucho mayores.
El mapa del océano que llevamos en la cabeza está quedándose viejo.
Regresemos a aquella playa. La costa conserva la misma silueta; el horizonte ocupa el mismo lugar y las olas siguen borrando nuestras huellas. A simple vista, nada indica que, debajo, una frontera ecológica esté migrando.
Durante generaciones, hemos aprendido una geografía natural aparentemente fija: ciertas especies pertenecen al Cantábrico; otras, al Mediterráneo. Esa imagen funcionaba mientras las condiciones variaban dentro de márgenes familiares.
Ahora entendemos mejor que los ecosistemas no están clavados al mapa físico. Cada población ocupa lugares donde coinciden temperatura, alimento, reproducción, refugio y competencia. Si esas coordenadas ambientales se trasladan, parte de la vida las sigue.
Ahí reside la enseñanza más profunda de este verano excepcional. El cambio climático no consiste únicamente en sumar grados a un termómetro, sino que también puede alterar calendarios, relaciones alimentarias, zonas de pesca y la identidad biológica que asociamos a una costa.
El Cantábrico seguirá estando donde siempre. Lo que ya no podemos dar por sentado es que dentro vivan siempre los mismos vecinos.
Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
Sitio Fuente: MuyInteresante