Granada no deja de temblar: qué está ocurriendo bajo tierra y por qué se suceden tantos terremotos
España: CIENCIAS DE LA TIERRA / GEOLOGIA / SISMOLOGÍA.
Granada encadena nuevas sacudidas perceptibles en apenas unas jornadas. Comprender por qué esta región tiembla tanto exige mirar más allá de los epicentros: hay que averiguar qué pasa a kilómetros bajo nuestros pies.
Recreación artística de la actividad sísmica bajo Granada. ChatGPT, César Noragueda.
Este martes, 18 de agosto de 2026, ha traído otro temblor. Un terremoto de magnitud 4,8 escala de Richter con epicentro en Gójar se sintió en el área metropolitana y fue seguido por varias réplicas; una de ellas, de 4,2. Pocos días antes, un episodio de magnitud 5 había afectado el entorno de Alhendín. Desde el día 14, superan ya los 430 movimientos registrados en la provincia.
Cuando el suelo vuelve a moverse, las preguntas surgen enseguida: ¿por qué se repite?, ¿cada uno guarda relación con el anterior?, ¿una sucesión de sismos menores descarga tensión o anuncia que podría llegar uno mayor? El mapa de epicentros aporta pistas, aunque puede dibujar una visión demasiado simple.
Para aclararlo, hay que adoptar otra perspectiva. La explicación no se limita a esos puntos, sino que obliga a examinar la arquitectura tridimensional de la corteza, cómo las rocas acumulan deformación y las herramientas con las que los geólogos observan un subsuelo inaccesible.
Solo entonces podemos interpretar qué significa vivir sobre uno de los territorios con mayor actividad sísmica de la península.
Antes de mirar bajo Granada, hay que entender por qué tiembla el suelo.
Una falla no es necesariamente una grieta abierta. Es una fractura, o un conjunto de ellas, a lo largo del cual dos bloques rocosos pueden desplazarse entre sí. Mientras los esfuerzos tectónicos alteran lentamente la roca, la fricción mantiene a veces ambos lados trabados. La tensión se acumula hasta que una porción cede y, entonces, el deslizamiento brusco libera energía y genera ondas sísmicas que se propagan por el interior terrestre.
Conviene distinguir dos palabras que suelen mezclarse. La magnitud mide el tamaño del terremoto y se calcula instrumentalmente; la intensidad indica cómo se ha percibido y qué efectos ha causado en un lugar concreto. Un mismo sismo posee una magnitud determinada, pero alcanza intensidades variables en función de la distancia, la geología local o las construcciones.
Un detalle será importante más adelante: varios epicentros próximos no demuestran, por sí solos, que todos procedan de la misma falla.
Granada no está construida sobre una única gran grieta.
El esquema adecuado no es una raya solitaria bajo la ciudad, sino una corteza cruzada por una red de accidentes tectónicos. El inventario del Instituto Geográfico Nacional de España sitúa en la cuenca fallas como las de Granada, Atarfe, Santa Fe, Belicena-Alhendín, Dílar, Padul-Nigüelas, Alfacar, Pinos Puente o El Fargue-Jun, además de otros sistemas.
Bajo la ciudad, hay una corteza cruzada por una red de fallas como las de Granada, Atarfe, Santa Fe, Belicena-Alhendín, Dílar, Padul-Nigüelas, Alfacar, Pinos Puente o El Fargue-Jun, y otros sistemas.
Muchas corresponden a fallas normales. La expresión designa un desplazamiento ligado a la extensión: la roca se separa lentamente y uno de los bloques desciende respecto al opuesto. Según el IGN, gran parte de la sismicidad de las Cordilleras Béticas centrales responde a estas estructuras, y la cuenca granadina figura entre las áreas con mayor recurrencia de terremotos de la península ibérica.
No basta con escoger una línea del mapa y adjudicarle los temblores actuales. Conocer el contexto tectónico explica por qué la zona tiembla; identificar qué plano específico ha roto exige análisis propios. Sin esa atribución oficial, ponerle nombre sería adelantarse a la evidencia.
Las placas se acercan, pero Granada se estira localmente.
Aquí surge una paradoja geológica. El Sistema Bético se encuentra dentro de un marco amplio dominado por la convergencia entre África y Eurasia. Ambas placas se aproximan. Sin embargo, el Instituto Geográfico Nacional documenta en las Béticas centrales un régimen extensivo en dirección del este-noreste al oeste-suroeste (ENE-OSO): a escala local, determinados sectores corticales se separan y el ajuste se acomoda principalmente mediante fallas normales muy inclinadas.
No hay contradicción. La corteza no responde como dos baldosas rígidas empujándose frontalmente; combina rocas, espesores y discontinuidades diferentes, y el esfuerzo se distribuye de maneras distintas según la cota y el lugar.
Una analogía útil es apretar lateralmente una masa de plastilina. Aunque nuestras manos se acerquen, el material se engrosa, asciende y se expande en otro eje. Las Béticas son mucho más complejas y la comparación no reproduce su evolución tectónica, pero destruye una intuición engañosa: compresión a gran escala no significa que cada centímetro de corteza tenga que acortarse igual.
Por eso decir que “África empuja a España y Granada tiembla” omite lo más interesante de la historia.
"La corteza no responde como dos baldosas rígidas empujándose frontalmente; combina rocas, espesores y discontinuidades diferentes, y el esfuerzo se distribuye de maneras distintas según la cota y el lugar".
Cuarenta años de microterremotos permiten mirar hacia abajo.
En 2026, Carlos Araque-Pérez y otros cinco investigadores publicaron en Tectonophysics una detallada radiografía sísmica de la cuenca. En vez de provocar vibraciones artificiales, aprovecharon microterremotos ocurridos entre 1984 y 2024. Tras aplicar criterios de calidad, analizaron 117 terremotos localizados entre 12 y 17 kilómetros de profundidad y detectados por tres estaciones.
La técnica se llama interferometría sísmica de ondas P, las primeras que suelen llegar tras un terremoto y atraviesan el planeta comprimiendo y expandiendo el material. Se diferencian de las S, que viajan más despacio. Al correlacionar registros recogidos en distintos puntos, los científicos extraen información sobre las discontinuidades encontradas durante su recorrido.
Podemos imaginarlo como averiguar cómo está hecho un edificio sin abrir sus paredes, estudiando ecos procedentes de golpes repartidos. Aquí nadie golpea el terreno: la propia microseismicidad proporciona las fuentes. Después, el tratamiento matemático ordena las señales para que rasgos ocultos emerjan con nitidez.
Para el análisis, se trazó un perfil de 44 kilómetros, orientado de suroeste a nordeste. Esa reconstrucción reveló una estructura interna de bajo ángulo, casi horizontal, situada a entre 10 y 15 kilómetros de profundidad: una pista decisiva sobre la organización de la cuenca.
A entre 10 y 15 kilómetros aparece una pieza que conecta el sistema.
Los autores interpretan lo observado como un tramo del despegue basal de la cuenca de Granada. El nombre sugiere una cavidad, pero no existe ningún enorme hueco ahí abajo. Un despegue tectónico es una zona de baja inclinación donde los niveles situados encima y debajo no se deforman exactamente de la misma manera.
Ese horizonte coincide con la frontera entre una franja superior que se presta a romperse y estratos inferiores que, a esas presiones y temperaturas, admiten una deformación más gradual sin fracturarse igual. Un artículo de 2024 localizó hacia los 10 kilómetros la profundidad hasta la que las fallas pueden permanecer bloqueadas por fricción y, cerca de los 15, la transición entre una corteza que tiende a la ruptura y otra que se deforma de manera más dúctil.
"Bajo Granada, no hay solo grietas independientes: algunos elementos del entramado superficial parecen conectarse con una arquitectura situada muchos kilómetros más abajo".
Los resultados indican que grandes fallas normales de la corteza superior enraízan en esa zona profunda. Su funcionamiento ha contribuido a formar horsts y grabens. Los primeros son bloques relativamente elevados entre fracturas; los segundos, sectores hundidos.
Así se transforma el dibujo mental. Bajo Granada, no hay solo grietas independientes. Algunos elementos del entramado superficial parecen conectarse con una arquitectura situada muchos kilómetros más abajo, coherente además con cuatro décadas de sismicidad instrumental y con trabajos anteriores que ya habían inferido ese despegue.
La secuencia de 2021 mostró que unas fallas pueden frenar a otras.
Un precedente ayuda a entender por qué una serie se concentra en poco espacio. Entre diciembre de 2020 y finales de agosto de 2021, el entorno de Atarfe y Santa Fe acumuló más de 3.000 eventos. Varios superaron la magnitud 4 y fueron ampliamente sentidos.
Recreación artística de la reconstrucción sísmica del subsuelo granadino. ChatGPT, César Noragueda.
Una investigación posterior afinó aquella secuencia y encontró una especie de chimenea ceñida a un segmento de falla normal de unos dos kilómetros, orientado de noroeste a sureste. Un segundo conjunto de fracturas, dispuesto en una dirección diferente, habría actuado como barrera.
La comparación más intuitiva es una cremallera cuya apertura progresa hasta tropezar con un obstáculo. Una rotura puede propagarse por una superficie favorable, pero otra discontinuidad cambia las condiciones y dificulta que continúe. En aquella secuencia, los autores propusieron que ese confinamiento limitó el área que llegó a deslizarse y favoreció la repetición de episodios menores.
La cautela es imprescindible: ese mecanismo explica la serie de 2021. No demuestra que la actividad de agosto de 2026 reproduzca el mismo patrón.
¿Muchos terremotos pequeños significan que viene uno grande?
La conclusión que probablemente más interesa es también la menos espectacular: la sucesión no permite deducirlo. El Instituto Geográfico Nacional recuerda que actualmente no existe un método capaz de predecir simultáneamente el momento, el lugar y la magnitud de un futuro terremoto.
Una réplica es un sismo posterior asociado al reajuste tras otro mayor. Un enjambre, en cambio, agrupa numerosos movimientos sin que destaque desde el principio un único episodio principal. Algunas secuencias presentan dinámicas mixtas, como ocurrió en Granada en 2021.
Es erróneo pensar que muchas sacudidas pequeñas hayan “descargado” por completo la región y garanticen tranquilidad. La escala es logarítmica: según el IGN, un terremoto de magnitud 6 libera unas 30 veces la energía de uno de 5.
El razonamiento inverso tampoco se sostiene. Que persistan los temblores no constituye una cuenta atrás. La ciencia estima peligrosidad y probabilidades; no señala la próxima fecha.
La tierra bajo Granada nunca ha estado realmente quieta.
Desde una habitación, un terremoto parece empezar cuando se zarandea una lámpara y terminar cuando esta deja de moverse. La geología ofrece otro relato.
Esos segundos revelan una corteza que lleva muchísimo tiempo deformándose. Esa radiografía sísmica permite observar la maquinaria: fracturas superficiales, niveles profundos y conexiones antes inferidas indirectamente.
Ahí reside la lección. Cuando Granada deja de temblar para nuestros sentidos, el subsuelo no queda inmóvil: los procesos que construyeron las Béticas continúan actuando a un ritmo demasiado lento para percibirlos.
Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
Sitio Fuente: MuyInteresante