Demuestran que no nacemos con una "mano dominante", sino que la entrenamos para que lo sea
CIENCIAS DE LA VIDA / BIOLOGÍA EVOLUTIVA.
Durante generaciones hemos asumido que el cerebro nace programado para preferir una mano. Un experimento que obliga a escribir con el codo empieza a desmontar esa certeza.
Recreación artística de un experimento de control motor en el que un bolígrafo se sujeta al codo para forzar una tarea de escritura inédita. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.
Coge un bolígrafo, sujétalo con el codo y traza tu nombre en un papel. Vas a notar que ninguna de tus dos manos tiene ventaja: ambos brazos dibujan igual de mal. Ese pequeño experimento casero es, en esencia, el punto de partida de un estudio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y la Universidad Johns Hopkins que pone en duda una de las certezas más asentadas sobre el cerebro humano, la idea de que nacemos programados para dominar una mano sobre la otra.
El trabajo, firmado por Arac, Lee y Krakauer y publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, parte de una pregunta muy concreta. Si la dominancia manual fuera una propiedad fija del cerebro, un diestro debería seguir siendo mejor que un zurdo incluso al enfrentarse a una tarea que jamás ha practicado. Para comprobarlo, los investigadores sometieron a decenas de voluntarios sanos a un experimento diseñado para anular cualquier ventaja previa: escribir las figuras "A" y "8" con un bolígrafo fijado al codo, un gesto que ningún participante había entrenado antes.
Cuando la mano dominante deja de ser una ventaja.
Para medir el resultado con precisión, el equipo empleó un sistema de seguimiento tridimensional del movimiento que registró cada trazo al milímetro, y entrenó una red neuronal artificial para puntuar de forma objetiva la calidad de las figuras dibujadas, evitando cualquier sesgo de evaluación humana. Y, vaya, frente a la tarea del codo, la diferencia habitual entre la mano dominante y la no dominante desaparece casi por completo. Daba igual que el participante llevara toda la vida siendo diestro: su brazo dominante trazaba las curvas con la misma torpeza inicial que el otro.
La dominancia no es una etiqueta que el cerebro imprima al nacer, sino una habilidad que se construye trazo a trazo, herramienta a herramienta.
Ese hallazgo por sí solo ya cuestiona el relato clásico de la lateralidad, el que atribuye la superioridad de una mano a una asimetría fija entre los dos hemisferios cerebrales. Muchos asocian esa asimetría con diferencias reales en cómo cada hemisferio procesa la información, pero el experimento del codo demuestra que esas diferencias no se traducen automáticamente en más destreza motora cuando la tarea es nueva.
El entrenamiento, no el hemisferio, marca la diferencia.
Para comprobar si esa paridad era un accidente puntual o algo más profundo, el equipo repitió la prueba tras un periodo de práctica. Los participantes entrenaron el trazado del codo con ambos brazos por igual, y ambos mejoraron a un ritmo prácticamente idéntico, sin que ninguna extremidad partiera con una ventaja biológica oculta que acelerara su aprendizaje. Lo único que marcó la diferencia fue el número de repeticiones acumuladas.
La conclusión conecta con algo que la neurociencia motora lleva años documentando en otros contextos: el cerebro no memoriza gestos como si fueran datos fijos, sino que refina constantemente los circuitos que los controlan hasta volverlos más eficientes. Aplicado a la lateralidad, eso significa que la destreza superior de la mano dominante no responde a un cableado cerebral distinto, sino a miles de horas de uso asimétrico de herramientas como el
bolígrafo, el tenedor o el ratón del ordenador, acumuladas desde la infancia. Cada vez que cogemos ese bolígrafo con la misma mano reforzamos un circuito de control motor fino que, con el tiempo, resulta muy difícil de igualar con la otra extremidad para esa tarea concreta, aunque siga tratándose de una simple cuestión de práctica y no de anatomía cerebral diferenciada.
Representación visual de las trayectorias de movimiento registradas por seguimiento tridimensional durante el experimento de escritura con el codo. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.
¿Y si el cerebro tratara cualquier herramienta nueva, del bolígrafo al teclado, como una superficie en blanco sobre la que construir dominancia desde cero? Esa es, en el fondo, la pregunta que este trabajo deja abierta.
La incógnita del sesgo biológico previo.
Conviene ser precisos sobre los límites del hallazgo. El estudio se ha realizado exclusivamente con adultos sanos y mide una capacidad muy concreta, la destreza técnica al ejecutar una trayectoria compleja con una herramienta, no la preferencia espontánea por usar una mano u otra en la vida diaria. Los propios autores no descartan que exista un sesgo biológico previo al nacimiento que incline a un bebé a coger antes los objetos con una mano determinada; lo que su trabajo desmonta es la idea de que esa mano tenga, de partida, más talento técnico que la otra. Ese talento, según el estudio, se construye después, con la práctica.
Esta distinción también ayuda a desmontar algunos mitos habituales sobre los zurdos, como la idea de que su cerebro funciona de forma radicalmente distinta al de un diestro.
Esta distinción también ayuda a desmontar algunos mitos habituales sobre los zurdos, como la idea de que su cerebro funciona de forma radicalmente distinta al de un diestro. La diferencia real, según este estudio, está menos en el hemisferio que uno usa y más en las horas de práctica acumuladas con cada herramienta concreta.
Por qué interesa más allá del laboratorio.
La idea tiene implicaciones que van más allá de la curiosidad. Entender que la dominancia motora es maleable durante la vida adulta interesa directamente a la rehabilitación tras un ictus o una lesión, un campo en el que ya se investiga cómo regenerar tejido cerebral dañado. Si reentrenar una extremidad no dominante para asumir tareas finas no depende de vencer una desventaja biológica de partida, sino de acumular las repeticiones necesarias, los programas de rehabilitación motora ganan un argumento adicional para insistir en la práctica intensiva, más que en compensar un supuesto déficit estructural.
Tampoco es un hallazgo aislado. Otros trabajos recientes han mostrado que el cerebro reutiliza las mismas poblaciones de neuronas para tareas distintas, cambiando cómo las usa en lugar de activar circuitos completamente nuevos. La dominancia manual encaja en ese mismo patrón: un cerebro que economiza recursos y los especializa según la demanda, no según un plano de fábrica fijado antes de nacer.
"La siguiente pregunta no es si el cerebro puede aprender a dominar una herramienta nueva, sino cuántas repeticiones hacen falta para que dejemos de notar la diferencia".
Ese patrón general de reciclaje neuronal es el que enmarca el hallazgo sobre la lateralidad: no se trata de una excepción aislada, sino de una forma más en que el cerebro prioriza la eficiencia sobre el diseño fijo.
Lo que queda por resolver es a qué escala funciona este mecanismo. El experimento del codo mide trayectorias de escritura en un laboratorio; falta comprobar si la misma paridad aparece en tareas de fuerza, en coordinación bimanual compleja o en el desarrollo infantil, cuando la lateralidad empieza a fijarse. Arac, Lee y Krakauer ya trabajan en extender su modelo de seguimiento tridimensional a otras familias de movimiento, para averiguar si el cerebro trata cualquier herramienta nueva del mismo modo: como un lienzo aún sin entrenar en el que cualquier extremidad puede llegar a dominar el trazo.
Por: Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital
Sitio Fuente: MuyInteresante