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Cómo los virus esculpieron el genoma humano

CIENCIAS DE LA VIDA.-

Durante décadas, la narrativa popular ha encasillado a los virus en el papel de villanos biológicos: entidades parasitarias cuyo único propósito es secuestrar nuestras células, replicarse y causarnos enfermedades.

Sin embargo, la ciencia de vanguardia está revelando una historia mucho más fascinante y cooperativa. Los virus no solo son agentes de destrucción; son, de hecho, los arquitectos genéticos más formidables de la Tierra.

Foto: Wikimedia Commons

A través de un mecanismo conocido como transferencia horizontal de genes (THG), estos viajeros microscópicos han estado cruzando las fronteras entre especies, transportando información genética y moldeando la evolución de la vida, incluida la de los seres humanos.

¿Qué es la transferencia horizontal de genes?

Para entender este fenómeno, primero debemos recordar cómo pensamos habitualmente en la herencia. La evolución tradicional se basa en la transferencia vertical de genes: la información genética que se transmite de padres a hijos, de generación en generación. Es el clásico árbol genealógico.

Por el contrario, la transferencia horizontal de genes es el intercambio de material genético entre organismos que no tienen una relación de progenitor a descendiente. Es el equivalente biológico a que un vecino te pase una receta de cocina, pero en este caso, la receta se integra directamente en tu ADN y cambia tus capacidades físicas.

Si bien este proceso es sumamente común y rápido en bacterias (es el principal mecanismo por el cual desarrollan resistencia a los antibióticos), hoy sabemos que también ocurre en organismos complejos gracias a unos intermediarios perfectos: los virus.

Los virus como "mensajeros" entre especies.

Los virus son, por definición, contrabandistas de material genético. Cuando un virus infecta una célula, inyecta su propio ADN o ARN para tomar el control de la maquinaria celular. Sin embargo, este proceso no siempre es limpio.

En ocasiones, durante el proceso de ensamblaje de los nuevos virus dentro de la célula huésped, estos empaquetan accidentalmente fragmentos del ADN de dicha célula. Cuando el virus sale e infecta a un organismo de una especie completamente diferente, introduce ese trozo de ADN ajeno en el nuevo huésped. Si este proceso ocurre en una célula germinal (un óvulo o un espermatozoide), ese gen "robado" puede pasar a formar parte del genoma de las futuras generaciones de esa nueva especie.

Huellas víricas en el mapa de nuestra evolución.

La prueba más irrefutable de este fenómeno se encuentra dentro de nosotros. Cuando se completó la secuenciación del genoma humano, los científicos se llevaron una sorpresa monumental: casi el 8% de nuestro ADN está compuesto por restos de antiguos virus, específicamente de retrovirus endógenos humanos (HERV).

Hace millones de años, nuestros ancestros primates sufrieron infecciones por retrovirus. Estos virus integraron su material genético en el ADN de nuestras células reproductoras. Con el tiempo, los virus mutaron, perdieron la capacidad de infectar y replicarse, pero sus secuencias genéticas se quedaron allí, heredándose de generación en generación como "fósiles genéticos".

Lo verdaderamente revolucionario es que este ADN viral no es "basura". La evolución ha "domesticado" y reutilizado estos genes víricos para funciones vitales que nos definen como humanos.

La placenta: Un regalo de un virus.

El ejemplo más asombroso de cómo los virus guiaron la evolución humana es la sincitina. Se trata de una proteína crucial para el desarrollo de la placenta en los mamíferos. La placenta permite que el embrión se alimente de la madre sin que el sistema inmunitario de esta lo ataque como si fuera un tejido extraño.

Lo fascinante es que el gen que codifica la sincitina no es de origen humano; es el gen de la proteína de envoltura de un antiguo retrovirus. Originalmente, el virus usaba esta proteína para fusionar su membrana con la de la célula huésped y camuflarse de las defensas del organismo. La evolución mamífera secuestró esa misma propiedad viral para permitir la fusión de células que forman la barrera placentaria. Sin esa infección viral fortuita hace millones de años, los seres humanos (y todos los mamíferos placentarios) simplemente no existiríamos.

El cerebro y la memoria a largo plazo.

Otro hallazgo sorprendente involucra al gen Arc, una pieza fundamental para la plasticidad sináptica y la formación de la memoria a largo plazo en nuestro cerebro. Investigaciones recientes han demostrado que la proteína Arc se comporta de manera idéntica a un virus: autoensambla cápsides (estructuras que imitan a las cápsulas virales) para transportar información genética entre neuronas. Arc es, en esencia, un sistema de comunicación neuronal derivado de un antiguo virus que se integró en el genoma de un ancestro común de los vertebrados terrestres.

Sitio Fuente: NCYT de Amazings