Una beluga utiliza un espejo para inspeccionar una marca en su cabeza y sorprende a los científicos en un fascinante experimento sobre conciencia animal
CIENCIAS DE LA VIDA / ZOOLOGÍA / CONDUCTA ANIMAL.
Un estudio con belugas del Acuario de Nueva York ha revelado comportamientos de autorreconocimiento frente al espejo, una capacidad cognitiva extremadamente rara en el reino animal.
Los investigadores trabajaron con cuatro belugas en cautividad que vivían en las instalaciones del Acuario de Nueva York perteneciente a la Wildlife Conservation Society. Foto: Marine Mind / Abigail Carleen Dahl.
Mirarse en un espejo y comprender que la imagen reflejada pertenece a uno mismo fue, durante mucho tiempo, una capacidad considerada casi exclusivamente humana. Pero esa frontera cognitiva lleva años resquebrajándose. Primero fueron los chimpancés. Después llegaron los delfines, los elefantes y algunas aves capaces de superar pruebas de autorreconocimiento. Ahora, un nuevo estudio ha añadido un nombre inesperado a esta reducida lista: las belugas.
Tal y como ha revelado un trabajo publicado en la revista científica PLOS One, algunos ejemplares de beluga fueron capaces de mostrar conductas compatibles con el autorreconocimiento frente al espejo, una habilidad relacionada con formas avanzadas de autoconciencia. El hallazgo se basa en un experimento realizado con cuatro belugas alojadas en el New York Aquarium de la Wildlife Conservation Society y recupera grabaciones que llevaban más de veinte años archivadas.
La investigación ha sido liderada por Alexander Mildener junto a la reconocida especialista en cognición animal Diana Reiss, pionera en los estudios de autoconciencia en cetáceos. El trabajo no solo aporta nuevos datos sobre la inteligencia de estos animales árticos, sino que vuelve a abrir un debate científico fascinante: qué especies son realmente conscientes de sí mismas.
Las belugas, conocidas popularmente por su color blanco y sus expresiones faciales aparentemente “humanas”, ya eran consideradas uno de los cetáceos más inteligentes del planeta. Poseen complejos sistemas de comunicación, aprenden vocalizaciones, imitan sonidos y mantienen estructuras sociales muy elaboradas. Pero el nuevo estudio va un paso más allá y sugiere que también podrían tener una representación mental de sí mismas.
Un espejo, cuatro belugas y una pregunta que obsesiona a la ciencia.
El experimento se realizó con cuatro hembras: Kathy, Marina, Natasha y Maris, esta última hija de Natasha y con apenas siete años en el momento del estudio. Ninguna había participado antes en investigaciones cognitivas ni había estado expuesta a espejos reales, aunque sí convivían con superficies parcialmente reflectantes en las ventanas de las piscinas.
Los investigadores instalaron un gran espejo de plexiglás en una de las ventanas submarinas del recinto y registraron la reacción de los animales durante varias sesiones. Para evitar sesgos, también colocaron en otras ocasiones un panel transparente sin reflejo que actuaba como control.
Lo primero que observaron fue un comportamiento típico en estudios de este tipo. Al verse reflejadas, Natasha y Maris reaccionaron inicialmente como si estuvieran frente a otra beluga. Realizaron movimientos sociales y algunas conductas asociadas a intimidación o interacción, como abrir la mandíbula o levantar la cabeza.
Pero después ocurrió algo mucho más interesante.
Las dos belugas comenzaron a ejecutar movimientos repetitivos y extraños que los científicos denominan “pruebas de contingencia”. Movían la cabeza de un lado a otro, hacían gestos poco habituales o realizaban desplazamientos muy concretos aparentemente para comprobar si el reflejo respondía exactamente igual.
Las belugas han demostrado capacidades cognitivas mucho más complejas de lo que la ciencia imaginaba hace apenas unas décadas.
Este patrón es clave en los experimentos de reconocimiento frente al espejo. En humanos y otros animales que superan la prueba, suele existir una transición muy clara: primero creen que el reflejo es otro individuo; después comprueban las correspondencias de movimiento; finalmente entienden que están observándose a sí mismos.
Y precisamente eso fue lo que empezó a suceder con Natasha y Maris.
"Las belugas comenzaron realizando movimientos extraños frente al espejo, un patrón que los científicos interpretan como una forma de comprobar si el reflejo imitaba exactamente sus acciones".
Las imágenes que sorprendieron a los investigadores.
A medida que avanzaban las sesiones, las belugas comenzaron a utilizar el espejo de una forma completamente distinta. Ya no parecían reaccionar ante “otro animal”, sino examinar su propio cuerpo.
Las grabaciones muestran a las dos hembras realizando giros sobre sí mismas, observando el interior de su boca, inclinando el cuerpo para verse desde distintos ángulos y ejecutando movimientos poco frecuentes en ausencia del espejo.
Uno de los comportamientos que más llamó la atención fue una especie de agitación repetitiva de las aletas pectorales que Maris realizaba frente al espejo mientras mantenía una postura vertical. También observaron giros completos del cuerpo aparentemente dirigidos a inspeccionar distintas partes anatómicas.
Las belugas incluso soplaban burbujas y las mordían frente al espejo, una conducta lúdica que apareció repetidamente durante las sesiones de autorreconocimiento.
Tal y como indica el estudio, este tipo de comportamientos encajan con lo que los investigadores llaman “conductas autodirigidas”: acciones en las que el animal utiliza el espejo como una herramienta para observarse.
El detalle es importante porque no basta con mostrar curiosidad hacia un reflejo. Muchos animales reaccionan ante espejos. Lo extraordinario ocurre cuando comprenden que la imagen reflejada corresponde a su propio cuerpo.
Y ahí es donde apareció Natasha.
Natasha y la prueba definitiva.
En los estudios de autoconciencia animal existe una evaluación considerada el estándar clásico: la prueba de la marca. El procedimiento consiste en colocar una señal visible en una parte del cuerpo que el animal no pueda ver sin ayuda del espejo. Si utiliza el reflejo para inspeccionar esa marca o intenta tocarla, los científicos consideran que existe reconocimiento de sí mismo.
Los investigadores aplicaron marcas temporales en distintas zonas de Natasha y Maris utilizando materiales seguros y resistentes al agua. En la mayoría de pruebas, Maris no mostró respuestas concluyentes. Sin embargo, Natasha sí protagonizó una sesión especialmente llamativa.
La marca había sido colocada detrás de su ojo derecho, una zona imposible de observar directamente. Tras salir de la alimentación rutinaria, la beluga comenzó a nadar repetidamente junto al espejo manteniendo el lado marcado orientado hacia la superficie reflectante. En varias ocasiones llegó incluso a presionar esa parte concreta de su cabeza contra el espejo.
Además, durante esa sesión mostró conductas distintas a cualquier otra observada previamente: movimientos repetitivos de cabeza, apertura y cierre de la boca, juego con objetos e interacciones prolongadas con su reflejo.
Tal y como recoge el artículo científico, Natasha pasó la prueba de la marca durante esa tercera sesión experimental, convirtiéndose en una de las pocas criaturas no humanas que han mostrado evidencias sólidas de reconocimiento frente al espejo.
El estudio aporta nuevas pistas sobre la inteligencia y la percepción de sí mismas en las ballenas blancas. Foto: Wikimedia
"Hasta ahora, muy pocas especies habían mostrado evidencias sólidas de reconocimiento frente al espejo, entre ellas chimpancés, delfines y elefantes".
Un club extremadamente exclusivo en el reino animal.
Hasta hace pocos años, la lista de animales capaces de superar pruebas de autorreconocimiento era diminuta. Los chimpancés fueron los primeros en lograrlo en los años setenta y, desde entonces, solo unas pocas especies han demostrado capacidades similares.
Entre ellas aparecen orangutanes, bonobos, algunos gorilas, elefantes asiáticos, delfines mulares, urracas e incluso un pequeño pez tropical: el lábrido limpiador. Ahora, las belugas se incorporan a ese reducido grupo.
El patrón común resulta especialmente interesante para los científicos. Muchas de estas especies poseen cerebros complejos, viven en sociedades sofisticadas y muestran comportamientos cooperativos o empáticos.
Las belugas cumplen perfectamente ese perfil. Viven en comunidades dinámicas, mantienen vínculos sociales duraderos y destacan por una extraordinaria capacidad vocal. De hecho, son conocidas como “las canarias del mar” por la enorme variedad de sonidos que producen.
Investigaciones anteriores ya habían demostrado que pueden imitar voces humanas, aprender sonidos artificiales, resolver problemas y comprender órdenes complejas. El nuevo estudio encaja dentro de esa creciente evidencia sobre la sofisticación cognitiva de estos cetáceos.
Lo que este descubrimiento cambia sobre nuestra visión de las ballenas blancas.
Más allá de la fascinación científica, los autores creen que estos descubrimientos podrían tener consecuencias importantes para la conservación animal.
Tal y como señalan los investigadores, comprender que otras especies poseen formas avanzadas de conciencia y percepción de sí mismas puede aumentar la empatía pública hacia ellas y reforzar las políticas de protección.
Las belugas salvajes se enfrentan hoy a amenazas crecientes: contaminación acústica, tráfico marítimo, explotación petrolera, cambio climático y pérdida de hielo marino en el Ártico.
Aunque la especie no está actualmente catalogada como amenazada a nivel global, algunas poblaciones concretas sí muestran signos preocupantes de declive.
La investigación también recuerda algo que la ciencia lleva años descubriendo poco a poco: muchas capacidades que antes creíamos exclusivamente humanas están mucho más extendidas en el mundo animal de lo que imaginábamos.
Primero fue el lenguaje simbólico. Después la cultura. Más tarde el uso de herramientas, la empatía o el duelo. Ahora, el espejo vuelve a cuestionar la idea de que la conciencia de uno mismo sea una frontera exclusivamente humana.
Y quizá lo más sorprendente sea que quienes han ayudado a demostrarlo hayan sido dos belugas blancas observándose en silencio bajo el agua, frente a un espejo instalado hace más de dos décadas.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante