Esbozos sobre la evolución y el futuro de un pionero de las humanidades digitales hispánicas: el proyecto philobiblon
HUMANIDADES DIGITALES.
Introducción:![]()
En la España de la dictadura franquista era una quimera hablar de avances tecnológicos y, desde luego, mucho menos de tecnología aplicada al conocimiento de las disciplinas humanísticas. La depauperada economía no daba para más, tal como demuestran las cifras globales de cualquier estudio económico serio sobre esta época, suficientes para explicar una ausencia forzada, no voluntaria, en el devenir de la historia de la tecnología en España. Más allá de las anécdotas sobre las primeras máquinas de tarjetas perforadas que fueron alquiladas por RENFE y otras utilizadas por el embrión del Ciemat a finales de los años 60 del siglo pasado (Rodríguez Herrera, p. 95), la paupérrima situación la certificaba de forma oficial una encuesta realizada en 1969 por el entonces Ministerio de Educación y Ciencia, en la cual se censaban los ordenadores existentes en España: 615, muy lejos de los 1.176 de Italia, a considerable distancia de los 4.370 de Alemania y a un trayecto sideral de los 55.606 que poseía Estados Unidos por aquellas mismas fechas (Valero Cortés-Mompín Poblet, p. 9).
Por este motivo, aunque no desconocidas, en España sí eran prácticamente imposibles de ser aplicadas las andanzas del padre Roberto Busa (1974-80 y 1980), el sacerdote tomista reconocido de forma casi unánime como el iniciador de la disciplina que hoy conocemos con la etiqueta académica de humanidades digitales, tal como reconocen Rojas Castro (2013b, p. 11) y Faulhaber (2016, p. 75), aunque en algún momento se prefirió llamar al fenómeno computarización de las Humanidades (Svensson); en España llegó a denominarse en sus inicios como “Industrias de la Lengua”, aunque el nombre no obtuvo éxito duradero (Marcos Marín, 1992). En cualquier caso, cuando finalmente el proyecto de Busa saltó de las páginas impresas a los bytes del lenguaje informático (Schmidt, p. 275), comenzó con propiedad la era de la simbiosis entre avances tecnológicos y estudios de humanidades, en el más amplio de los sentidos posible.
En lo que se refiere a España, fueron los años de la agonía del franquismo los que vieron nacer varios intentos que, más que pioneros, deberían de ser considerados verdaderos adelantados a su tiempo, por trabajar ya con una amplitud de miras encomiable y muy por encima de la precariedad tecnológica con la que contaban. Tal fue el resultado de los desvelos de Rafael Lapesa, Manuel Ariza y Francisco Marcos Marín en la disciplina que entonces era llamada lingüística computacional (Marcos Marín, 2013b). Pese a estos esfuerzos heroicos, a finales de los años 70 del siglo XX todavía era predominante entre los investigadores españoles la queja de tener que “intentar un trabajo de computadora, pero sin computadora” (González Cuenca, 1, p. 11).
A pesar de ello, algunos años antes, en el ámbito de los estudios hispánicos pero al otro lado del Atlántico –sin olvidar los esfuerzos de Ignacio Soldevila en Canadá que cristalizarían más tarde en el grupo TAUM (Chevalier) –, ya había un pionero que había comenzado a dar sus primeros pasos y del que más tarde se derivaría el proyecto a cuya evolución pasada, a su actualidad del presente y a sus deseos para el futuro queremos dedicar este artículo.
Óscar Perea Rodríguez y Charles B. Faulhaber.
Sitio Fuente: Revista UNAM