Los tránsitos entre los escenarios de la política
Pasar de hacer política en los escenarios partidistas electorales a realizarla en los espacios de gobierno, para luego regresar a ellos, es tan o más difícil que lo que implicó para los firmantes del Acuerdo de Paz el pasar de estructuras militares centralizadas a un partido político funcionando con base en el centralismo democrático. Analizar estos tránsitos con nuevos destinos aún en construcción, requiere de mucha profundidad teórico-práctica como para abordarlo en una columna, pero trataremos de identificar complejidades para que se enriquezcan los debates ya en desarrollo y se registren sus enseñanzas.
Es un tema que desde hace décadas ya no importa en la vida de los viejos y nuevos partidos tradicionales, donde los gaitanistas debatían con las élites liberales y los belisaristas disputaban las bases conservadoras. Hoy esas élites se han reducido a empresas otorgadoras de avales que son cobrados a los gobernantes con “milagrosos” y apetecibles contratos. Ya casi no existen los actos públicos donde concentraban sus afiliados y simpatizantes, ni los comités territoriales donde se les daba el carnet y alguno puestico. Ahora cada jefe o jefa política tiene su tropa clientelar, en la que el debate y la formación política es inexistente, sea virtual o presencial. El tránsito entre lo político, lo gubernamental y lo empresarial es una puerta giratoria que siempre regresa a quien tiene el control de la entrada.
Otra cosa es cuando se ha conquistado la presidencía con un proyecto progresista transformador, en un país donde la democracia participativa se considera como un débil complemento. Sus debates se desarrollan en el marco del gabinete de gobierno, donde el caracter de poder “ejecutivo” deja poco espacio para debatir y enriquecer las implementaciones de las políticas públicas. Además, con el riesgo de que al contradecirlas se alimenten los ataques de la oposición. La centralidad prima sobre el debate democrático y los resultados de los nada neutrales indicadores lo hacen sobre el proceso de construcción de un tejido social empoderado. Romper esa dinámica que impone el aparato de un Estado construido para que todo siga igual, no es tarea fácil.
Cuando los algoritmos les roban el ejercicio del gobierno y se regresa a la oposición partidista, el debate democrático ya no se puede reducir al que se realiza en su alta dirección con ocasionales comunicados, o al interior de sus bancadas parlamentarias, sino que debe hacer parte de la cadena que se inicia en sus estructuras territoriales y sociales de base y entre sus distintas corrientes internas; teniendo en cuenta, además, que gran parte de la juventud que hoy encabeza las resistencias no cree en estructuras partidistas rígidas y desarrolla sus pensamientos y acciones en espacios más críticos y flexibles. Solo el sujeto social autoconstruido como poder popular puede ser el protagonista constructor de una nueva historia de la humanidad.
También fue muy difícil para los firmantes de paz ese tránsito de lo militar a lo político, en tanto no pasaron por ganarse previamente liderazgos sociales por medio de procesos que ya no dependían del acompañamiento del fusil, sino de los argumentos y el compromiso cotidiano con las luchas de las comunidades. De allí la importancia de que sus jóvenes liderazgos -con valiosa participación de las mujeres- reconozcan hoy autocríticamente sus errores y aspiren a reagrupar a sus bases dispersas, las que siguen siendo asesinadas violando los cimientos de ese histórico Acuerdo.
Son tránsitos diversos que tienen un punto de apoyo común en las masivas movilizaciones que se expresaron en todo el pais el 14 de octubre, y en esa juventud diariamente provocada por los discursos presidenciales y su fascista estatuto antiterrorista. El debate es amplio y hay que enriquecerlo para darle alternativas de cambio a la creciente presión que se acumula.
Marcelo Caruso Azcárate