De la desobediencia civil a la insurgencia social

Las formas de expresión, acción y relación social varían su contenido y proyección de acuerdo al contexto histórico y concreto y al sujeto que las determina. De allí la importancia de abordar el debate de la propuesta presentada por el compañero Ivan Cepeda, de apropiarnos de la estrategia de resistencia por la vía de la desobediencia civil frente a un futuro gobernante que no cumple con los principios para garantizar de una soberanía democrática.  Reflexionar este concepto siempre renaciente como parte importante del marco estratégico a asumir para resistir frente a sus anuncios autoritarios y regresivos requiere de auscultar sus orígenes. Surge como una forma de lucha individual de sectores progresistas en el desarrollo inicial del capitalismo, luego evoluciona a partir de la categoría del ciudadano como elemento de canalización de las luchas anticoloniales, para luego reencarnarse, con altibajos, en el marco de la defensa colectiva de los derechos humanos y la necesidad de confrontar civilmente las agresiones de las clases hegemónicas.

Por lo que es necesario llenar de nuevos contenidos antisistémicos adecuados a las nuevas realidades, a una estrategia de resistencia y movilización social, para que sean los sectores populares y las organizaciones sociales, étnicas y de trabajadores, las que pasen a recrearla, conducirla y a darle contenidos programáticos y políticos fremte a cada momento concreto. Esto permitirá su  evolución como un instrumento fundamental de la construcción de una relación de hegemonía colectiva, capaz de agrupar a los sectores afectados por el capitalismo neoliberal en su fase neofascista.

El recrear y reinventar la desobediencia civil requiere saber su historia, el por qué toma vigencia, para qué la queremos impulsar y cuándo, dónde y cómo la impulsaremos. Sólo así podrá convertirse en un instrumento político articulado a la democracia participativa directa y a la lucha popular transformadora de la sociedad.

De qué desobediencia civil hablamos

Obedecer o desobedecer ha sido la opción histórica que la democracia representativa ha entregado a sus ciudadanos. Hecha la ley por los dueños del poder y por ellos también desconocida -en este época por un imperialismo facistoide- queda definida la necesidad de imponer la obediencia ciega, así como de alistar la represión que seguramente caerá sobre aquellos subordinados que inicien su  desobediencia por medio de formas diversas de resistencia. La desobediencia civil, y como parte de ella la libertad de pensar y actuar y la objeción de conciencia reconocidas en el marco constitucional, surgen entonces como formas de insumisión de los ciudadanos frente a unas normas o unas leyes y políticas públicas que consideran inmorales, violadoras de sus derechos fundamentales, socialmente injustas e inconstitucionales. 

Es civil en tanto se asimila al concepto de ciudadano, categoría que resurge y se amplía con la revolución francesa y el nacimiento del Estado republicano de las burguesías nacionales en crecimiento, representando un claro progreso en la exigencia de garantías de los derechos democráticos frente a las relaciones feudales preexistentes. Sin embargo, tanto el siervo feudal que se mantiene por siglos con otras formas, como el ciudadano burgués y los y las trabajadoras, sufren en distinta medida la imposición de la nueva legalidad estatal, jurídica y sobre todo de un modelo económico definido por las nuevas élites, que se presenta como la intermediación política entre el individuo y la sociedad. El individuo convertido en ciudadano, originalmente colectivo y social, pasa a restringir sus relaciones por reglamentos y leyes que conforman los derechos, deberes y obligaciones del ciudadano, todavía entonces excluyendo a las mujeres, a las culturas ancestrales y a la diversidad de identidades y opciones de vida. En su articulación como parte del sistema, pasa a ser un engranaje fundamental de la restringida y controlada democracia electoral y del aparato de un Estado del que fue su creador originario y al que muy pocas veces esas comunidades y ciudadanos han  logrado controlar y, peor aún, pasan a ser controlados por su aparato represivo y sus estrategias de sumisión enajenante.

Ser ciudadano en la época de Henry Thoreau, precursor de la desobediencia civil a mediados del siglo 19, no es lo mismo que serlo hoy, ni son iguales las relaciones de ese concepto con las lucha sociales y de clases. Reivindicar en el presente muchos de los derechos democráticos de entonces, puede ser considerado subversivo por las élites del poder en muchas regiones de nuestro planeta. El ciudadano Thoreau va a la cárcel en Estados Unidos en 1846 por negarse a pagar impuestos a un Estado que sostiene el esclavismo y la guerra de anexión contra México. Con su lucha individual reivindica el humanismo y la conciencia de la libertad. El pensar de Thoreau representa el momento más álgido y progresista del concepto liberal de individuo, quien defiende su libertad, su autonomía frente al Estado, su derecho a la desobediencia consciente y también su propiedad. La utopía de Thoreau era creer que la economía podía marchar por un lado y la política, el derecho y el Estado por otro. No podía comprender que el liberalismo económico naciente, representaba el surgimiento de un Estado represivo e imperialista, ávido de mercados y de mercantilización de las relaciones de producción, por la vía de la dominación política y militar. De allí su evolución hacia un anarquismo romántico, negador de todo Estado, pero incapaz de concebir el cómo derrotarlo y transformarlo.

En la Europa y los Estados Unidos de entonces la oposición frente a la burguesía liberal naciente era liderada por las posiciones socialistas utópicas y sobretodo anarquistas, estas enemigas de todo Estado y propiciadores del autogobierno. Consideraban que actuar dentro de las reglas que impone el sistema y el sólo pensar en obedecerlas críticamente, se consideraba como un reconocimiento de la legitimidad de ese Estado y de su gobierno de turno, y que lo que debía hacer el Estado era obedecer a la soberanía obrera y popular. Los Thoreau de hoy se corresponderían con los trabajadores -los que viven de su propio trabajo, formal o informal- y los sectores de pequeños y medianos productores y comerciantes arruinados por el ajuste neoliberal. Son los que, como un acto de conciencia individual -colectiva cuando se logran asociar-, luchan por un mayor gravamen fiscal a la renta del capital financiero, del sector minero-enérgetico hoy eximido de ese pago y de los dividendos  recibidos por acciones de una sociedad; los y las que luchan por acabar con la corrupción tanto clientelista como tecnocrática, con la perspectiva de crear fondos públicos controlados por sus beneficiarios organizados, destinados a financiar a los trabajadores por cuenta propia de la llamada economía popular y a garantizar la calidad de una educación y salud gratuita para el conjunto de la población. Los Thoreau de hoy son quienes se oponen a los impuestos indirectos, o también llamados neutrales, que afecten el consumo sin discernir sobre la riqueza o pobreza de quien lo paga, como el Impuesto al  Valor Agregadado, IVA, que el nuevo gobierno pretende extender a nuevos productos; o los peajes y los prediales proporcionales que nunca pagan los terratenientes. Son también los productores agrícolas que rechazan la liquidación de los apoyos a la producción agrícola y exigen la continuidad de la reforma agraria integral y la existencia de una banca de fomento, así como los pobladores que se indignan por la mercantilización de lo público, la privatización de la salud, el desconocimiento de los derechos de las diversidades, el irrespeto a las distintas culturas y de los bienes comunes de la Naturaleza. Son, en general, lo mejor de la ciudadanáa de la sociedad civil claramente identificada con las causas populares y de las capas medias, que constituyen la mayoría de la civilidad.

La educación que el ciudadano Thoreau proponía en su época era individual y privada respondiendo a su sentido de familia, pero también a su posibilidad y capacidad para realizarla en el seno de su hogar en contraposición a la opción de acceder a instancias educativas religiosas muy conservadoras, mientras que el pensamiento de los Thoreau de hoy, es el que defiende la educación pública gratuita en todos los niveles como eje del progreso de un país.

El otro paradigma de la desobediencia civil es el de Mahatma Gandhi, quien llevó a concentrar todo el sentimiento anticolonialista de la inmensa mayoría de la población de la India. Millones clamaban su derecho a la soberanía e independencia frente al imperio inglés, pero no todos la pensaban con los mismos contenidos. Mientras los Nheru aspiraban a desarrollar una burguesía nacional moderna que pasara a administrar los negocios que entonces controlaba el capital inglés, los trabajadores, los pobres y marginados asumían la independencia como un sinónimo de la mejora de sus condiciones de vida con libertad y dignidad. Independencia que se comenzó a lograr cuando fortalecieron su organización como un fuerte movimiento político y social para reivindicar sus derechos, identidades y necesidades, mientras recibían la influencia de los avances de la revolución en China. Proceso de maduración que llevó a Inglaterra a  negociar la independencia en 1947, al mismo tiempo que imponía un modelo neocolonial que los incluia en la Gran Bretaña bajo el paraguas de una monarquía  decadente. A lo cual sumaron la división la India original en dos partes: la Indía de hindues y el Pakistán de musulmanes. De alguna manera esto mostraba los límites políticos de la desobediencia civil idealizada de Ghandí, quien un año después muere asesinado por oponerse a esa fragmentación del país.

La desobediencia civil que encabezó Gandhi fue un símbolo mundial en las luchas por romper las dependencias coloniales y en la posibilidad de avanzar en la autoorganización de los sectores populares enfrentado brutales represiones. Fue un acto de liberación -parcial- de masas que sacudió las conciencias del mundo,  pero que en sus objetivos estratégicos y mucho más después de la muerte de Ghandi, priorizó la lucha por la independencia nacional en lo júridico, pero no tocando la transformación económica y secundarizando las luchas por la justicia y la emancipación social de los explotados y de las castas de desposeídos por el poder del capital del imperio inglés que allí permaneció. No obstante, esas heroícas luchas de la desobediencia civil abrieron en los dos nuevos países el camino a una izquierda muy fuerte influida por la triunfante revolución china en 1949.

Los continuadores de la lucha anticolonialista de Gandhi son todos los ciudadanos del tercer mundo que contemplan sorprendidos el regreso a un nuevo tipo de colonialismo que desconoce las soberanías del Estado Nación, que acude a las guerras para controlar los recursos naturales y legisla en función de sus intereses las nuevas reglas del comercio internacional, las finanzas, el medio ambiente y los derechos humanos, pasando por encima del derecho internacional y los espacios construidos del multilateralismo global. Un neocolonialismo imperialista neofascista que persigue lo mismo que antes pretendían gradualizar sus antecesores, pero que hoy, marcados por su declinación y la presencia de contradictores de peso mundial, lo buscan acelerar e imponer a sangre y fuego combinando el poder militar de la metrópolis con un capital financiero transnacional especulativo que no reconoce patria ni justicia social alguna. Un poder imperialista basado en un poder económico, militar y mediático de nuevo tipo basado en la utilización inhumana de la revolución tecnológica y la financiariazación de la economía mundo. Un nuevo capital transnacional que funciona 24 horas al día a la velocidad de la luz desconociendo todo el acumulado de Derechos Humanos y Derechos de la Naturaleza, acudiendo a guerras que desconocen el Derecho Internacional Humanitario, como a guerras cognitivas dirigidas a controlar y deformar las consciencias de los pueblos. Y que no tiene escrúpulos a la hora de irrespetar las soberanías y la autodeterminación de los pueblos.

Quienes continuan a Gandhi en este nuevo orden mundial en disputa, asumen los principios de la revolución social, ética y económica,  y son aquellos que por la vía de la desobediencia civil y la confrontación social y de clase, enfrentan a las potencias imperialistas y luchan por defender su soberanía popular y nacional ante la invasión de una injusta legalidad impuesta por sionistas y fascistas genocidas. Son los que también se preparan para resistir pacificamente apoyados en las insurgencias sociales, frente a la intervención imperialista en todas sus formas. Sin embargo, al decir de Ernesto Sábato, sólo podremos hacer crecer la audiencia y conformar un gran movimiento de masas, cuando colectivamente encontremos la semejanza con la marcha de la sal contra los impuestos colocados por el imperio a su consumo, o el no uso de las telas inglesas importadas elaboradas con  algodon de la India, ambas acciones de desobediencia civil, que sumadas a las marchas masivas en silencio, fueron parte de  las que Gandhi encabezó enfrentando a la metrópoli colonial. 

Presente, pasado y futuro

De allí que al volver a hablar de Desobediencia Civil, debemos hacerlo como un medio de resistencia pero también como un camino para construir causas concretas que aglutinen a los afectados por quienes buscan la regresión de las conquistas alcanzadas y destruir los avances en la construcción de culturas de paz. Pensarla y concretara partiendo de la temporalidad de los conceptos, los cuales cambian como cambiamos los seres humanos que los creamos. No se trata que acudamos a la desobediencia civil como si viviéramos en el siglo 19 en la India de Gandhi, o en los marcos del Estado de bienestar -que fue más de malestar- con un orden mundial que pretendía -simulaba- mantener su disputa de poder dentro de reglas de convivencia que anunciaban el respeto por la soberanía y autodeterminación de los pueblos. Trasladar ese concepto de desobediencia a nuestros días requiere no caer en la trampa de creer que tenemos una sociedad civil demócratica, conocedora de sus derechos y solidaria con sus coterraneos, desconociendo  la existencia en su interior de confrontaciones que generan miedos y sumisiones, entre quienes reclaman, defienden y exigen derechos que satisfagan sus necesidades y quienes  se guian por intereses de clases  que les permitan sostener y ampliar sus privilegios. 

De alli la vigencia de los contenidos de la Sentencia T-531 de 2008 de la Corte Constitucional que ratifica el derecho a la desobediencia civil y a la resistencia afirmando:

en presencia de ciertas circunstancias, el principio pluralista (art 1° C.N) permite disentir y protestar respecto del contenido de una disposición normativa, bien mediante la manifestación de la inconformidad en dicho sentido, o mediante el incumplimiento de algunas, con el fin de llamar la atención sobre la implementación o aplicación efectiva de otras.

En este sentido vale reafirmar la importancia de la “autonomía de la voluntad” que se desprende de la Constitución Nacional en sus artículos 13 y 16 que consagran la libertad y el libre desarrollo de la personalidad, y permiten  reconocerle a las personas la posibilidad de actuar según su voluntad frente a una injusticia que atente contra la fundamentación y exigibilidad de sus derechos humanos fundamentales y los derechos de los demás.   

Es a partir de este marco constitucional y en pleno debate con las comunidades de los territorios más excluidos de Colombia, que se podra conformar una unidad estratégica lo más órganica y programática posible, que apoye social y politicamente las cientos de experiencia de desobediencia civil que surgirán encabezadas por las juventudes y los pueblos. Y para preparar ese escenario es que es importante acudir a nuestra historía y las de los pueblos del continente.

Ejemplos de desobediencia civil y resistencia generados en Colombia son muchos por lo que es importantes recordar algunos de ellos. Comenzando por los Comuneros de Galán frente al alza de los impuestos al tabaco; de los trabajadores de Ecopetrol frente al asesinato de Gaitán instalando una Comuna en Barrancabermeja que durante 10 días funcionó como un poder popular. De los pueblos indígenas y comunidades afrocolombianas reclamando la devolución de sus tierras y el respeto a sus culturas y sus autonomías. De la las largas huelgas de trabajadores del Estado y de los maestros. Y ya más cercanos se pueden citar los promovidos por sindicatos bancarios llamando a los usuarios a no depositar dineros en aquellos bancos que no respetan sus derechos laborales, o el realizado por FECODE en 1999-2000, llamando y aplicando medidas concretas de desobediencia civil frente a la decisión autoritaria del gobierno nacional de imponerle a los docentes un examen de saberes con el fín de golpear sus bases sindicales. A lo que se agrega la larga huelga de hambre de sindicalistas y padres de familia de Bogotá que lograrón revertir los planes distritales de eliminar la educación preescolar.  Por su vigencia vale tambien recordar la masiva marcha noctura del silencio autoconvocada por las juventudes, frente al algorítmico triunfo del No en el Plesbicito del Acuerdo de Paz, así como las objeciones de conciencia individuales y colectivas de jóvenes frente al servicio militar obligatorio, en respuesta a las apuestas guerreristas de gobiernos pasados que buscaban profundizar los conflictos armados y las combinaban con la represión a las comunidades y el asesinato de líderazgos sociales, étnicos y políticos que reducidos aún continuan y se amenaza con “destriparlos”.

Y el más importante que se registra, es el rechazó masivo a una reforma tributaria del gobierno Duque, que comenzó como desobediencia civil y resistencia popular ocupando calles y carreteras, para escalarse, ante la brutal represión, en un estallido social que paralizó totalmente la vida económica del país durante 40 días.

Hoy son mayoritariamente los jóvenes, con fuerte presencia de la mujer, los que se pusieron al frente de la campaña de Ivan Cepeda en las últimas 2 semanas de campaña desarrollando una diversidad de acciones territorializadas y mediáticas, que muestran que han adquirido la capacidad de desobedecer y resistir conscientemente frente a los bombardeos mediáticos. Los que convencerán a quienes se dejaron comprar el voto y asumieron como reales los mensajes de odio y miedos construidos por los políticos tradicionales y -como novedad no tan nueva- por falsos pastores que repartieron millones de dolares girados desde el extranjero. Serán ellos la fuente de las desobediencias y resistencias creativas que se irán construyendo frente a cada uno de los decretos que anuncian los futuros gobernantes. Y para apoyar esta nueva etapa es importante reflexionar sobre los varios enfoques que deberán orientar la futura conformación del Pacto Histórico; entre ellos la Unidad, basada en el reconocimiento fraterno de las diferencias y la formación política conjunta de las nuevas direcciones en construcción, como parte de un proyecto de movimiento-partido con estructuras horizontales y flexibles, capaces de escuchar y decidir colectivamente, siempre consultando el sentir de quienes votaron por el cambio acudiendo a las asambleas territoriales pero también a las Consultas constitucionales. No todas y todos ellos seran necesariamente parte orgánica de esa vanguardia comunitaria y territorial que se agrupe políticamente, pero serán parte del motor y la gasolina que moveran las estrategias para desarrollar politicamente las desobediencias, las resistencias y las propuestas transformadoras, las que, en lo inmediato, podrán reordenar los espacios de articulación de las organizaciones sociales y comunitarias conformando una Bancada Social que interactue en pie de igualdad con los espacios parlamentarios conquistados. Y serán la acciones conjuntas de ambas instancias las que permitiran reconquistar el gobierno de los entes territoriales basando su funcionamiento en las más clara democracia participativa directa con poder de decisión. 

Por eso es importante reafirmar que el derecho de los pueblos a enfrentar fines y medios injustos acompañados del desconocimiento del derecho internacional de los derechos humanos, es la base del uso alternativo del derecho que contiene la propuesta de desobediencia civil. Toma de Thoreau la conciencia individual, de Gandhi la acción masiva y del socialismo la lucha contra la alienación deshumanizante del reino del mercado, que hoy se acelera con la guerra por controlar las conciencias humanas y desconocer las raices ancestrales de nuestra relación armonica con la naturaleza. Así, la desobediencia civil se puede convertir en un eje clave de la estrategias de las resistencias populares que permitirán avanzar en las luchas por  derrotar, en conjunto con los pueblos del continente, esta ola brutal de deshumanización de la sociedad que pretende acabar con las culturas de paz que estamos construyendo.

Marcelo Caruso Azcárate

Bibliografía sugerida para profundizar el tema

+ "Sobre la Desobediencia Civil" - Henry Thoreau
+ "Para una crítica de la violencia" - Walter Benjamin
+ “Sociología del conocimiento” - Michael Lowy
+ "Manuscritos de Economía y Filosofía"  "La ideología alemana" - Carlos Marx (buscar los temas afines)