Lluís Montoliu: por qué algunos de los científicos más brillantes cometen fraude

CIENCIAS.-

Fraude científico: descubre cómo se detectan los engaños en la investigación y por qué comprenderlos es clave para proteger la ciencia.

Genetista del CSIC.

Los fraudes científicos son pocos, pero sus consecuencias se propagan mucho más allá del laboratorio donde ocurren. Tras años estudiando este fenómeno, el investigador y divulgador Lluís Montoliu publica Los impostores de la ciencia (Pinolia). Su conclusión es tan incómoda como inevitable: quienes cometen fraude suelen ser los investigadores más brillantes.

Montoliu investiga en el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC y es un referente internacional en edición genética y modelos animales de enfermedad. También forma parte de comités de bioética nacionales e internacionales. Tras décadas dedicadas a la investigación básica y a divulgar la ciencia con rigor, publica un libro que recorre algunos de los fraudes científicos más llamativos de las últimas décadas.

La integridad científica, además de las normas externas.

¿Por qué escribir este libro? Es la segunda parte de una serie dedicada a la bioética. En 2024 publiqué No todo vale, donde abordaba los aspectos éticos regulados externamente: la experimentación animal, la participación de seres humanos en investigaciones, los organismos modificados genéticamente y el trabajo con virus.

Los impostores de la ciencia se centra en otra dimensión igualmente crucial: las normas que los propios científicos establecen para sus relaciones y procesos. Es decir, la integridad científica, que abarca desde la génesis de una idea hasta la realización del experimento, su interpretación, publicación y comunicación.

Esta integridad queda recogida en los códigos de buenas prácticas científicas que establece cada comunidad. La regulación externa y la integridad interna son dimensiones esenciales de la ética científica.

La lógica hace pensar que ningún investigador desea engañar. ¿Qué lleva a un científico a tomar atajos?

Los científicos no somos precisamente un modelo de virtud. Las encuestas bienales de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología sobre percepción social de la ciencia muestran que los investigadores gozamos de una credibilidad extraordinariamente alta, equiparable a la de médicos y profesores. Pero esa credibilidad conlleva una responsabilidad exigente, que no todos interpretamos de la misma manera.

Por qué algunos investigadores hacen trampa.

Hay personas en la comunidad científica que ignoran deliberadamente los códigos éticos, buscan atajos, falsifican datos, plagian o inventan resultados. Estas conductas suelen responder a motivaciones comunes: el deseo urgente de reconocimiento, la búsqueda de un prestigio que de otro modo no alcanzarían o la ambición de destacar en los rankings de excelencia científica.

En suma, son impulsos que encontramos en otros sectores profesionales, pero con consecuencias potencialmente más graves cuando comprometen la integridad del conocimiento.

¿Quién comete fraude científico? ¿Son investigadores que fracasan o que no llegan?

Todo lo contrario. Quienes fabrican datos, manipulan imágenes o inventan resultados suelen ser los investigadores más brillantes. Son capaces de montar y organizar una mentira muy elaborada que se sostiene durante bastante tiempo, hasta que alguien la descubre. Ojalá hubieran empleado esa inteligencia en hacer avanzar el conocimiento.

¿A qué se refiere exactamente con «impostores de la ciencia»?

A aquellos investigadores e investigadoras que deciden tomar atajos y saltarse los códigos deontológicos: fabrican, alteran, engañan o copian resultados por intereses personales, ajenos al progreso del conocimiento científico. Así entendemos que un científico ha comprometido su integridad.

Dices que los impostores de la ciencia son casi siempre los más brillantes. ¿Por qué alguien con talento decide hacer trampa?

El sistema tiene mucho que ver. En la comunidad científica hay una expresión que lo resume: publicar o morir. Todo se hace para conseguir publicar en la mejor revista y, si no se logra por los medios habituales, hay quien toma atajos. También pesan el reconocimiento, la fama y el prestigio, aunque con una ironía imposible de ignorar: todo ese prestigio se vaporiza cuando se descubre la mentira.

Es una presión constante a la que debemos resistirnos. Si un investigador no publica lo suficiente o con la calidad requerida, puede perder financiación y quedarse sin recursos para continuar su trabajo. Esa situación desesperada empuja a algunos a fabricar resultados inexistentes.

El daño más grave es que contaminamos el registro científico, nuestro legado. Cuando publicamos un estudio, otros investigadores pueden utilizarlo como base para sus propias investigaciones. Si hemos falsificado los datos, comprometemos el trabajo futuro de colegas que invertirán tiempo, dinero y recursos en investigaciones construidas sobre mentiras.

"Si hemos falsificado los datos, comprometemos el trabajo futuro de colegas que invertirán tiempo, dinero y recursos en investigaciones construidas sobre mentiras".

En la investigación sanitaria, la situación se agrava exponencialmente. Los efectos de la deshonestidad científica pueden ser devastadores: no hablamos solo de dinero o tiempo perdido, sino de vidas humanas. Las terapias deben ser, ante todo, seguras y, después, eficaces. Si la seguridad de una terapia no está comprobada, ponemos en peligro la vida de los pacientes que participan en ensayos clínicos.

Cómo se detecta el fraude científico.

¿Existen mecanismos para detectar y prevenir el fraude en investigación? La ciencia dispone de herramientas autocorrectoras: revisión por pares, evaluación editorial y comités de ética. La mayoría de las investigaciones deben ser validadas por un comité de ética antes de iniciarse. ¿Por qué no siempre funcionan estos controles?

Son mecanismos esenciales, pero somos falibles: también en los comités de ética podemos ser engañados. La inteligencia artificial puede ser particularmente útil para identificar figuras duplicadas o reutilizadas en artículos anteriores.

Hay casos documentados en los que investigadores alegan un error: «Me equivoqué». Pero luego se descubre que una misma figura aparece en distintos artículos con explicaciones diferentes. Eso no es un error: es una vulneración de la integridad científica.

Sin embargo, hay que distinguir entre error y mala praxis. Los errores ocurren de forma natural en la investigación, como en cualquier actividad humana. Si los investigadores pueden corregirlos, deben hacerlo. Además, no toda mala praxis tiene la misma gravedad.

Hay una diferencia crucial entre «embellecer» un resultado —modificar datos para que se vean mejor cuando existe un sustrato científico— y fabricar un resultado sin evidencia alguna. En el primer caso hay un fallo grave de integridad, pero existe una base científica. En el segundo, el fraude es más grave porque carece de fundamento empírico. Ambos casos requieren corrección, pero su naturaleza y sus consecuencias son distintas.

Casos de fraude y una experiencia de cerca.

¿Qué casos concretos recoge el libro?

El libro aborda casos de Woo-Suk Hwang, He Jiankui, Haruko Obokata, Didier Raoult, Andrew Wakefield, Elizabeth Holmes y Paolo Macchiarini, entre otros. Según Montoliu, los casos seleccionados están documentados y permiten comprender la complejidad y el impacto de las vulneraciones de la integridad científica. En algunos casos, sus consecuencias incluyeron la pérdida del lugar en la comunidad científica y del prestigio; en otros, incluso hubo condenas de cárcel.

No están todos los que son, pero son todos los que están. Cada caso se describe con detalle suficiente para comprender su complejidad y su impacto.

¿Has vivido de cerca algún caso de fraude científico?

Sí, uno de los más sonados de la historia reciente de la ciencia. El 12 de febrero de 2004, la revista Science publicó un artículo que apareció en todos los telediarios del mundo. Woo-Suk Hwang, investigador de la Universidad Nacional de Seúl, anunciaba que había clonado un embrión humano y obtenido de él una línea de células madre capaces de diferenciarse en cualquier tejido del cuerpo.

Era la promesa de una nueva medicina regenerativa: de repente, parecía posible curar enfermedades incurables. Hwang se convirtió de la noche a la mañana en el investigador más celebrado del planeta.

Aquel mismo año organicé desde el Centro Nacional de Biotecnología el primer Foro Internacional de Valencia sobre clonación de embriones humanos. Contacté personalmente con Hwang para invitarle y aceptó casi de inmediato. El día del evento llegó con una comitiva que se movía al unísono y se presentó con escolta.

Impartió un breve seminario con los datos que ya aparecían en el artículo. Cuando parecía que iba a ofrecer detalles técnicos, pasó directamente al turno de preguntas sin explicar nada nuevo. Lo más extraño fue que abandonó el podio y cedió la palabra a un colaborador. Nadie entendió por qué. Yo tampoco.

Años después, una vez destapado el fraude, la respuesta era evidente: no había datos reales que explicar. Hwang nos engañó a todos. El caso ilustra algo que repito a menudo: cuando un resultado es demasiado bueno para ser verdad, hay que desconfiar, aunque lo haya publicado la mejor revista del mundo.

"El caso ilustra algo que repito a menudo: cuando un resultado es demasiado bueno para ser verdad, hay que desconfiar, aunque lo haya publicado la mejor revista del mundo".

Da la sensación de que no has querido incluir casos de fraude de investigadores españoles. ¿Ha sido premeditado?

No es una sensación. He optado deliberadamente por no incluir casos españoles específicos. No porque no existan, sino porque mi prioridad es entender qué sucedió, cuál fue el mecanismo del fraude y cómo se detectó. Me interesa el qué, no el quién: quiero iluminar patrones de conducta inapropiada y sus consecuencias, no exponer ni señalar a individuos concretos.

España no es una excepción; como en cualquier otro país, aquí también hay investigadores e investigadoras que han incurrido en fraude. La diferencia está en la confidencialidad: resulta extremadamente difícil acceder a los detalles y documentar lo ocurrido más allá de lo que aparece en la prensa.

Quiero dejar claro que el objetivo del libro es documentar casos concretos, no señalar personas. La intención es aclarar qué entendemos exactamente por vulneración de la integridad científica. Por eso, todos los ejemplos que analizo cuentan con documentación rigurosa: informes de comités de ética, registros oficiales y evidencias verificables.

Prevenir el fraude: formación y rigor.

¿La inteligencia artificial complica aún más el problema?

Sin duda, hace que el fraude sea más fácil de construir. Pero no cambia el principio fundamental: si no es replicable, el fraude acaba aflorando.

¿Hay alguna señal que debería alertarnos de que algo no cuadra?

Sí: que un resultado sea demasiado bonito. Carl Sagan lo formuló con claridad: los descubrimientos extraordinarios requieren pruebas extraordinarias. Las cosas no suelen salir a la primera ni los resultados suelen ser redondos. Un experimento con datos perfectamente alineados debería activar la alarma antes que el entusiasmo.

Hay que aprender a desconfiar, repetir el experimento y no fiarse de las apariencias.

¿Cómo se detecta y se previene el fraude en el laboratorio?

La documentación rigurosa ha sido siempre la primera línea de defensa. Si trabajas con un animal de laboratorio, tienes que documentar su genotipo, fotografiarlo y conservar análisis histológicos. También hay que construir una cadena de confianza entre quien ejecuta el experimento y quien lo supervisa.

El principio fundamental sigue siendo la replicabilidad: si lo que fabricas no puede replicarse, alguien acabará descubriéndolo. Tarde o temprano, más temprano que tarde.

¿Los científicos son más propensos al fraude que otros profesionales?

No. Las personas dedicadas a la ciencia no somos diferentes de cualquier otro grupo de la sociedad. Hay científicos excelentes y responsables, que operan siempre con criterios éticos. Pero también hay quienes no siguen esas normas y se involucran en comportamientos inaceptables, comprometiendo primero su prestigio personal y después el de toda la profesión.

¿Crees que falta formación en ética e integridad científica?

La solución empieza mucho antes de que ocurra el fraude: en la formación. La ética de la investigación y la integridad científica deben ser asignaturas obligatorias en todas las universidades y centros de investigación, no optativas. No podemos decir que todo es cuestión de sentido común ni esperar que los jóvenes investigadores se guíen solo por él.

Hay muchas normas que conocer, explicar y respetar. Los códigos de buenas prácticas y los códigos deontológicos son disciplinas que hay que aprender. Lo más importante es que los investigadores jóvenes sepan reconocer los síntomas antes de que empiece a construirse una mentira.

Entonces, ¿la formación solucionaría el problema?

Es absolutamente esencial formar a nuestros investigadores e investigadoras no solo en aspectos técnicos o metodológicos, sino también, de manera transversal, en ética e integridad.

Muchos argumentan que esto es sentido común y que no necesita explicarse: «la gente ya lo sabe». Pero es un error fundamental. La ética científica no es sentido común: es una disciplina que debe aprenderse. Como tal, requiere enseñanza sistemática.

Los investigadores necesitan comprender con claridad qué pueden hacer y qué no, cuáles son los límites aceptables y qué consecuencias afrontarán si vulneran estos códigos.

La responsabilidad con la sociedad.

¿Qué le debemos a la sociedad que financia la investigación?

Contarle los resultados con rigor y hacerlos entendibles, sin olvidar sus riesgos y limitaciones. La sociedad financia con sus impuestos los experimentos de nuestros centros públicos y merece entender qué se hace con ese dinero.

Explicar un experimento, sus posibilidades y ventajas, pero también sus límites, es lo más interesante que podemos hacer.

Escrito por: Cristina Enríquez, periodista.

Por: Muy Interesante.

Sitio Fuente: MuyInteresante