Echan más carbono al día que un país entero: los incendios bajo el suelo de Indonesia que no se pueden apagar
CIENCIAS DE LA TIERRA Y EL ESPACIO.
Al secarse por El Niño, las turberas de Indonesia liberan bajo tierra más carbono que economías enteras. ¿Cómo es posible que un fuego subterráneo sin llamas resulte tan destructor?.
El humo denso generado por la combustión subterránea de la turba se filtra entre los árboles en Kalimantan. Imagen generada con IA. Foto: Nano Banana o ChatGPT / Scruzcampillo.
Si piensas en un incendio forestal devorando una selva tropical, lo más probable es que imagines lenguas de fuego de treinta metros de altura avanzando a toda velocidad y consumiendo las copas de los árboles entre el crujido ensordecedor de la madera. En las islas de Sumatra, Kalimantan y Papúa, sin embargo, el peligro más destructivo del planeta ocurre en un silencio fantasmal y casi no produce llamas visibles. El fuego arde directamente bajo la tierra, avanzando a paso lento a través de un suelo blando y oscuro que lleva miles de años acumulando materia orgánica.
El fuego que respira bajo la selva.
Las turberas tropicales de Indonesia albergan depósitos milenarios de carbono que, al secarse por las sequías de El Niño, se convierten en combustible latente. Estos incendios subterráneos arden durante meses sin llamar la atención desde la superficie pero emitiendo una carga tóxica masiva.
1. Humedales de carbono milenario: Las turberas tropicales acumulan metros de materia vegetal inundada; cuando se secan, el suelo se vuelve combustible.
2. Combustión sin llama: El fuego avanza bajo tierra a baja temperatura (smoldering), consumiendo el subsuelo durante meses sin grandes llamas en superficie.
3. Humo ultra contaminante: Arder bajo tierra libera tres veces más partículas finas y el doble de metano que los incendios forestales convencionales.
4. El engaño a los satélites: La densa calima acumulada puede bloquear los sensores térmicos espaciales, ocultando los focos reales de combustión.
Las imágenes térmicas capturadas por los instrumentos del Observatorio de la Tierra de la NASA a bordo del satélite Aqua han encendido de nuevo todas las alertas ambientales en el sudeste asiático. La combinación de una sequía extrema y el fenómeno de El Niño ha resecado los humedales del archipiélago indonesio, despertando un monstruo geológico que emite más gases contaminantes que las chimeneas industriales de potencias enteras. Para entender cómo un suelo aparentemente húmedo puede alimentar semejante catástrofe, conviene empezar por el principio: qué es una turbera tropical.
El colchón de carbono que tardó milenios en formarse.
Gran parte de la población desconoce qué es una turbera o asume que se trata simplemente de barro húmedo con vegetación superficial. En realidad, una turbera tropical es un ecosistema singular donde la materia vegetal se acumula sin descomponerse por completo, debido a la inundación permanente de agua ácida y desprovista de oxígeno. A lo largo de miles de años, hojas, ramas, troncos y raíces se van apilando capa sobre capa, creando un estrato esponjoso de materia orgánica pura que puede alcanzar entre dos y diez metros de profundidad.
Indonesia alberga aproximadamente el 36 % de todas las turberas tropicales del planeta. En su estado natural y prístino, estos humedales funcionan como inmensas esponjas empapadas que estabilizan los cursos de agua, reteniendo gigantescas reservas de carbono. Se calcula que las turberas mundiales almacenan más del doble de carbono que todos los bosques de la Tierra, a pesar de cubrir apenas el 3 % de la superficie terrestre. Son, en esencia, yacimientos de carbón vegetal en fase temprana de formación geológica.
Las turberas almacenan el doble de carbono que todos los bosques del planeta juntos, pero se convierten en un combustible fósil latente en cuanto pierden el agua que las protege.
El problema comienza cuando ese escudo acuático desaparece por completo, dejando expuesto al aire libre un volumen colosal de combustible listo para entrar en ignición.
Canales humanos y la sequía implacable de El Niño.
La extrema vulnerabilidad de los suelos indonesios no es un capricho de la naturaleza, sino la herencia de profundas transformaciones humanas. Durante la década de 1990, grandes proyectos estatales de drenaje, como el fallido plan agrícola para el cultivo masivo de arroz, junto con la expansión de plantaciones forestales y de palma aceitera, construyeron miles de kilómetros de canales artificiales. Estos canales drenaron el agua de las turberas, bajando drásticamente el nivel freático y dejando al descubierto metros de turba deshidratada.
Cuando sobre este paisaje alterado incide un evento meteorológico extremo, el riesgo se dispara. Durante los meses de verano, la presencia combinada de un episodio de El Niño en fortalecimiento y la fase positiva del Dipolo del Océano Índico ha provocado un déficit severo de precipitaciones en Indonesia, afectando al 90 % del territorio. Con el suelo completamente seco, cualquier chispa agrícola en la superficie prende un estrato orgánico que ya no puede defenderse con humedad.
Combustión latente: por qué el fuego subterráneo no se puede apagar.
A diferencia del fuego convencional que consume madera con presencia abundante de oxígeno y altas temperaturas, la turba subterránea arde mediante un proceso físico conocido como combustión latente (smoldering). El fuego se propaga bajo tierra sin necesidad de llama viva, a temperaturas relativamente bajas de entre 500 y 700 grados Celsius, avanzando en un frente invisible que carcome el subsuelo de forma continua a unos pocos centímetros o metros por día.
Vista satelital de observatorio espacial que muestra plumas de humo y firmas térmicas sobre Borneo y Sumatra.
Monitorización satelital de los focos de calor y columnas de humo sobre el archipiélago indonesio. Imagen generada con IA. Foto: Nano Banana o ChatGPT / Scruzcampillo.
Esta dinámica convierte a los incendios de turbera en los más difíciles de combatir, desafiando las técnicas habituales de extinción. El agua arrojada por hidroaviones o mangueras de bomberos suele evaporarse o resbalar por la corteza superficial sin penetrar en las capas profundas donde se alimenta la brasa. Los focos subterráneos continúan ardiendo durante meses enteros, sobreviviendo bajo tierra hasta que las precipitaciones del monzón empapan de nuevo la totalidad del perfil del suelo entre octubre y noviembre.
"El agua arrojada sobre la superficie se evapora antes de alcanzar las brasas profundas, permitiendo que el fuego avance bajo tierra durante semanas sin ser visto".
Y mientras el suelo se consume bajo los árboles, las consecuencias químicas que emergen a la atmósfera alcanzan proporciones desmesuradas.
Más emisiones que una superpotencia industrial.
Al tratarse de una combustión incompleta a baja temperatura y con oxígeno limitado, la química del humo de turba es extraordinariamente tóxica. Un estudio publicado en la revista Scientific Data demostró que los incendios de turbera emiten el triple de partículas finas PM2.5, además de quintuplicar las emisiones de dióxido de azufre ($) y duplicar la liberación de monóxido de carbono y metano a la atmósfera.
El impacto sobre el cambio climático global es sobrecogedor. Durante la gran crisis de incendios de 2015 en Indonesia, los análisis del Global Fire Emissions Database revelaron que los fuegos emitieron más dióxido de carbono diario que toda la economía estadounidense, en sus semanas de mayor intensidad. En apenas tres meses se liberaron 1,75 gigatoneladas de gases de efecto invernadero, superando con creces la huella de carbono anual de países industrializados como Japón o Alemania.
La atmósfera regional se satura rápidamente de una calima espesa y acre, obligando a cerrar escuelas, cancelar vuelos comerciales y paralizar la actividad económica en Indonesia, Malasia y Singapur, exponiendo a millones de personas a niveles peligrosos de contaminación respiratoria.
La paradoja del ojo satelital.
La monitorización de esta amenaza desde el espacio plantea un desafío tecnológico inesperado. Robert Field, investigador de la Universidad de Columbia y del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, señala que la densa capa de humo bloquea la visión térmica de instrumentos satelitales habituales como MODIS o VIIRS. Paradójicamente, en los momentos de mayor emisión contaminante, los satélites ópticos pueden registrar un descenso en el recuento de focos de calor, porque la propia calima actúa como un escudo que oculta el suelo caliente.
Para resolver este punto ciego, equipos liderados por Mark Cochrane y Shi Jun Wee, de la Universidad de Maryland, desarrollan algoritmos basados en el infrarrojo de onda corta SWIR, utilizando observaciones de los satélites Sentinel-2 y Landsat. Esta tecnología permite penetrar la columna de humo y cartografiar con precisión milimétrica la extensión real de las cicatrices subterráneas.
Entender la física de las turberas tropicales y devolver el agua a los canales drenados se ha convertido en una prioridad científica inaplazable. Cuando el suelo mismo está hecho de combustible milenario, proteger el nivel freático de estos humedales es la única barrera real para evitar que el planeta siga quemándose desde abajo.
Por: Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital.
Sitio Fuente: MuyInteresante