El ADN resuelve uno de los grandes enigmas de la Prehistoria: los humanos del Paleolítico no cazaban mamuts al azar
ANTROPOLOGÍA E HISTORIA.
Durante décadas, arqueólogos y paleontólogos discutieron si las enormes acumulaciones de huesos de mamut eran fruto de la naturaleza o de la acción humana.
Ahora, el análisis genético de más de 500 ejemplares aporta la prueba más sólida obtenida hasta la fecha.
Un estudio de ADN antiguo descubre que los cazadores prehistóricos se centraban en las hembras de mamut lanudo. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Durante más de un siglo, los grandes yacimientos repletos de huesos de mamut han alimentado uno de los debates más intensos de la arqueología del Paleolítico. En lugares repartidos por Europa oriental y Siberia aparecieron decenas, e incluso centenares, de esqueletos concentrados en un mismo punto. Algunos investigadores defendían que aquellas acumulaciones eran el resultado de trampas naturales, corrimientos de tierra o procesos geológicos. Otros sostenían que representaban el legado de comunidades humanas que aprovecharon de forma sistemática a estos gigantes de la Edad del Hielo.
Ahora, un amplio estudio internacional publicado en Current Biology aporta una nueva pieza al rompecabezas. En lugar de buscar señales de cortes sobre los huesos o puntas de lanza incrustadas en ellos, los científicos recurrieron a una herramienta mucho más reciente: el ADN antiguo. El resultado ha permitido identificar el sexo de cientos de mamuts lanudos y descubrir un patrón inesperado que cambia la interpretación de estos yacimientos.
La investigación reunió información genética de 521 mamuts lanudos procedentes de Eurasia y Norteamérica, convirtiéndose en uno de los análisis paleogenómicos más amplios realizados sobre esta especie. De ellos, 448 genomas fueron secuenciados por primera vez, lo que permitió trabajar con una muestra sin precedentes para comparar animales hallados en contextos naturales con otros recuperados en enclaves arqueológicos vinculados a grupos humanos del Paleolítico superior.
Los resultados mostraron una diferencia tan marcada que resulta difícil atribuirla al azar. Allí donde los restos aparecieron dispersos en depósitos naturales, aproximadamente dos de cada tres individuos eran machos. En cambio, en las grandes acumulaciones óseas asociadas a la actividad humana la situación era prácticamente la inversa: siete de cada diez ejemplares eran hembras. Según los autores, esta diferencia constituye una evidencia genética de gran escala que apunta a que muchos de estos conjuntos fueron creados por la explotación reiterada de mamuts por parte de las comunidades humanas del final del Pleistoceno.
Un patrón que cambia la interpretación de los yacimientos.
Los investigadores compararon 100 mamuts procedentes de once grandes acumulaciones óseas con 421 individuos hallados en depósitos considerados naturales. Para determinar el sexo no recurrieron a características anatómicas, muchas veces imposibles de identificar en restos fragmentados, sino al análisis del número de secuencias de ADN conservadas en los cromosomas X e Y.
El contraste apareció de forma consistente en prácticamente todos los conjuntos estudiados. Incluso al separar las muestras por regiones —Europa, Siberia y Norteamérica— el predominio de machos en los depósitos naturales se mantuvo estable. Eso permitió descartar que el fenómeno fuera consecuencia de un sesgo geográfico o de diferencias en la conservación de los fósiles.
La explicación propuesta por el equipo parte del comportamiento social que probablemente compartían los mamuts con los elefantes actuales. Los machos adultos vivirían con frecuencia de forma solitaria, recorriendo territorios más amplios y exponiéndose a riesgos como hundimientos del terreno, barrancos o zonas pantanosas donde sus cadáveres podían quedar enterrados y preservarse con mayor facilidad.
Las hembras, por el contrario, formarían grupos familiares dirigidos por matriarcas y acompañadas por sus crías. Si esos rebaños seguían rutas relativamente previsibles, los grupos humanos habrían tenido muchas más oportunidades de encontrarlos repetidamente, ya fuera para cazarlos o para aprovechar animales muertos recientemente. El estudio insiste, sin embargo, en que el predominio de hembras no demuestra por sí solo una caza selectiva deliberada, sino que también podría reflejar la forma en que los cazadores se encontraban con estos animales en el paisaje.
Excavación arqueológica en el yacimiento de Langmannersdorf durante la campaña de 2025. Foto: Marc Händel / Austrian Academy of Sciences.
Las excavaciones en Langmannersdorf forman parte de un proyecto internacional que investiga cómo interactuaban los cazadores del Paleolítico con los mamuts hace entre 30.000 y 20.000 años.
Los mamuts eran mucho más que una fuente de carne.
Hace entre 30.000 y 20.000 años, los mamuts constituían uno de los recursos más valiosos para numerosas comunidades del Paleolítico superior. Su aprovechamiento iba mucho más allá de la alimentación.
La carne y la grasa proporcionaban una fuente energética esencial durante los inviernos glaciares. Las pieles servían para fabricar refugios o prendas de abrigo. Los enormes colmillos de marfil eran transformados en herramientas, agujas, esculturas y adornos, mientras que los huesos largos llegaban a emplearse en la construcción de viviendas y estructuras circulares características de algunos asentamientos del este de Europa.
Precisamente en varios de esos lugares ya se habían documentado pruebas directas de actividad humana. Algunos huesos conservaban marcas de descarnado, fracturas producidas para extraer médula o incluso puntas de proyectil incrustadas. La novedad del nuevo trabajo es que aporta una evidencia distinta e independiente: la composición genética de las poblaciones recuperadas coincide con lo que cabría esperar si aquellas acumulaciones hubieran sido creadas por personas y no únicamente por procesos naturales.
Los autores consideran que esta aproximación abre una nueva vía para responder preguntas arqueológicas que hasta ahora parecían irresolubles. En lugar de centrarse únicamente en la evolución de las especies, el ADN antiguo comienza a revelar aspectos del comportamiento animal y de las estrategias de subsistencia de las poblaciones humanas que convivieron con ellas hace decenas de miles de años.
Colmillo de mamut hallado en la isla de Wrangel. Foto: Love Dalén
Un hallazgo genético que nadie esperaba encontrar.
Además de resolver un viejo debate arqueológico, el trabajo escondía otra sorpresa completamente distinta.
Entre los 521 mamuts analizados apareció un ejemplar procedente de la isla de Wrangel cuyo ADN no encajaba con los patrones habituales de machos (XY) ni de hembras (XX). Tras examinar con detalle la distribución de las secuencias genéticas, los investigadores concluyeron que probablemente presentaba un mosaicismo X0/XX, una alteración cromosómica en la que algunas células poseen un único cromosoma X mientras que otras conservan dos.
En seres humanos, esta condición está relacionada con una forma de síndrome de Turner. Según los autores, sería la primera vez que se documenta un caso de este tipo en una especie extinguida, un descubrimiento que demuestra hasta qué punto los estudios paleogenómicos empiezan a revelar aspectos inesperados de la biología de animales desaparecidos hace miles de años.
Kraków Spadzista, en Polonia, es uno de los yacimientos paleolíticos más importantes de Europa para comprender la relación entre los humanos y los mamuts durante la última glaciación.
Una nueva mirada sobre la relación entre humanos y mamuts.
El estudio no afirma que la caza humana fuera la única responsable del declive de los mamuts ni resuelve definitivamente todas las preguntas sobre su extinción. Sin embargo, sí fortalece una idea cada vez más respaldada por distintas líneas de evidencia: la relación entre los cazadores-recolectores y estos grandes herbívoros fue mucho más intensa y organizada de lo que durante años se pensó.
Excavaciones arqueológicas en el yacimiento de Kraków Spadzista durante la campaña de 2023. Foto: Jarosław Wilczyński
La combinación de datos genéticos, arqueológicos y tafonómicos muestra que muchas de las enormes acumulaciones de huesos repartidas por Europa no fueron simples accidentes naturales. Detrás de ellas existieron generaciones de grupos humanos que aprovecharon de forma continuada uno de los animales más emblemáticos de la Edad del Hielo.
Y quizá esa sea la principal aportación de este trabajo: demostrar que el ADN antiguo no solo sirve para reconstruir árboles evolutivos, sino también para contar historias sobre la vida cotidiana de nuestros antepasados, sus decisiones y la forma en que interactuaban con los gigantes que compartían su mundo.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante