El Sol curvará la luz de las estrellas durante el eclipse como predijo Einstein
CIENCIAS EXACTAS: FÍSICA / ASTRONOMÍA.
Algunas estrellas parecerán estar donde no deberían durante el eclipse total del 12 de agosto.
La diferencia será minúscula, pero detrás de ese desplazamiento se esconde una de las ideas más revolucionarias de la física.
Recreación artística de la curvatura de la luz estelar durante un eclipse. ChatGPT, César Noragueda.
Una estrella inspira una confianza difícil de discutir. Cuando llegue el próximo gran eclipse visible desde España, sin embargo, algunas de las que aparezcan alrededor del Sol ocuparán lugares ligeramente distintos de los habituales. El cielo mostrará una anomalía demasiado pequeña para apreciarla a simple vista.
El fenómeno podrá buscarse el 12 de agosto de 2026 por el primer eclipse total de Sol visible desde la península ibérica en más de un siglo. Ruth Lazkoz, catedrática de Física Teórica de la Universidad del País Vasco, explica en The Conversation por qué ese breve oscurecimiento brinda una oportunidad extraordinaria. La Luna abrirá por unos instantes una ventana para cuantificar una señal normalmente escondida por el fulgor solar.
Detectarla será difícil. Hablamos de ángulos que exigen fotografías, referencias estelares bien determinadas y un tratamiento riguroso de los datos. Pero esos pocos píxeles o variaciones en las coordenadas revelan una de las ideas que transformaron nuestra comprensión del universo.
Un desplazamiento casi imperceptible encierra una pregunta decisiva sobre qué ocurre entre una estrella lejana y nosotros. Resolverla obliga a abandonar una intuición profundamente arraigada sobre el espacio que nos rodea.
El eclipse hará que algunas estrellas parezcan moverse.
La respuesta comienza en el viaje. La luz de una estrella que pase aparentemente muy cerca del borde solar no continuará hacia nosotros tal como lo haría si nuestra estrella no estuviera allí. Su trayectoria sufrirá una pequeña desviación.
Como consecuencia, el Sol hará que ciertos astros parezcan un pelín apartados de su lugar verdadero. No se habrán desplazado: habrá cambiado el camino recorrido por la información que permite contemplarlos.
La relatividad general predice que un rayo luminoso que roce el borde del Sol se desviará aproximadamente 1,75 segundos de arco. Ese desvío se reduce cuanto más lejos pase el rayo del disco solar. La gravedad cambia la dirección desde la que creemos recibir la luz de cada estrella. Ahí reside la aparente mudanza celeste.
La relatividad general predice que un rayo luminoso que roce el borde del Sol se desviará aproximadamente 1,75 segundos de arco: la gravedad cambia la dirección desde la que creemos recibir la luz de cada estrella.
¿Cómo puede doblarse algo que no pesa?
La pregunta parece inevitable. Si los fotones —las partículas de la luz— carecen de masa en reposo, ¿qué tiene que agarrar la gravedad para torcerlos? La dificultad nace de concebirla únicamente como una fuerza parecida a una cuerda invisible que tira de los cuerpos. Einstein sustituyó esa representación por una geometría en la que la materia y la energía alteran el espacio-tiempo.
El espacio-tiempo reúne las tres dimensiones espaciales y el tiempo en una misma descripción física. Una masa tan grande como la del Sol curva esa geometría a su alrededor. La luz avanza entonces siguiendo el camino más recto que esa región deformada permite, denominado geodésica. Los fotones recorren una geometría curva y desde lejos interpretamos su itinerario como una desviación.
Decir que “el Sol dobla la luz” es, por tanto, una traducción divulgativa bastante fiel siempre que no pensemos en una mano cósmica empujando el haz hacia un lado. La masa solar transforma el entorno que atraviesa la radiación, y esa configuración determina su recorrido.
El espacio-tiempo reúne las tres dimensiones espaciales y el tiempo en una misma descripción física; una masa tan grande como la del Sol curva esa geometría a su alrededor y la luz avanza siguiendo el camino más recto que esa región deformada permite.
Una sábana y una caminata terrestre.
Una comparación habitual ayuda a visualizarlo. Pensemos en una sábana elástica bien estirada y coloquemos una bola pesada en el centro: la tela se hundirá a su alrededor. Si hacemos rodar una canica cerca de esa depresión, su rumbo cambiará. La imagen pretende mostrar que un objeto tan masivo como el Sol modifica la geometría que lo rodea y condiciona por dónde pueden pasar otros cuerpos o la luz.
Pero el ejemplo tiene trampa, ya que la sábana se hunde hacia abajo precisamente porque la gravedad terrestre tira de la bola, mientras que el espacio-tiempo no es una tela material ni necesita deformarse hacia ningún lugar exterior. La analogía ayuda a entender esa deformación, pero utiliza la propia gravedad para intentar explicar qué es la gravedad.
Recreación artística de la curvatura del espacio-tiempo alrededor del Sol. ChatGPT, César Noragueda.
Otra manera de acercarnos al concepto consiste en fijarnos en la superficie de la Tierra. Si caminamos siempre de frente sobre nuestro planeta, desde nuestra perspectiva seguimos una ruta recta: no necesitamos torcer deliberadamente a cada paso. Sin embargo, vistos desde fuera del planeta, avanzamos sobre una esfera.
Algo parecido sucede con un rayo luminoso cerca del Sol. Como hemos dicho, la luz sigue el camino más recto que permite el espacio-tiempo que atraviesa, pero, como el Sol ha moldeado esa geometría, nosotros observamos una trayectoria desviada.
El eclipse apaga justo lo que nos impide comprobarlo.
La desviación ocurre todos los días; lo excepcional es poder registrarla ópticamente cerca del Sol. Su brillo cegador convierte en invisibles las estrellas que aparecen a su alrededor en el cielo. Cuando la ocultación es completa, la Luna cubre la fotosfera —la capa luminosa que vemos de nuestra estrella— y reduce de golpe ese deslumbramiento. El eclipse retira por unos minutos el obstáculo que normalmente oculta las referencias necesarias para percibir la curvatura de la luz.
El eclipse retira por unos minutos el obstáculo que normalmente oculta las referencias necesarias para percibir la curvatura de la luz: el brillo cegador del Sol.
Entonces, entra en juego la astrometría, la técnica dedicada a establecer con gran exactitud dónde se encuentran los astros. Las coordenadas registradas en ese intervalo pueden compararse con las conocidas cuando el Sol no se encuentra en esa zona aparente del firmamento. Los astrónomos buscan discrepancias ínfimas entre dónde debería aparecer cada estrella y dónde queda registrada.
Hay que corregir distorsiones ópticas, calibrar el equipo y disponer de referencias fiables. Además, la atmósfera introduce sus propias complicaciones. El análisis exige separar una señal diminuta de varias alteraciones capaces de imitarla o deformarla.
Así las cosas, ha quedado bien claro que la Luna no provoca la desviación al interponerse durante el eclipse: simplemente, aparta unos minutos el telón luminoso que impide medirla en circunstancias normales.
El día en que Einstein apareció escrito en el cielo.
La escena tiene un precedente célebre. Tras la formulación de la relatividad general en 1915, el eclipse total del 29 de mayo de 1919 ofreció una ocasión para contrastar una de sus predicciones. Expediciones británicas examinaron el cielo desde Sobral, en Brasil, y la isla africana de Príncipe. Los astrónomos Arthur Eddington, Frank Dyson y Charles Davidson compararon estrellas próximas al Sol para buscar el desplazamiento calculado.
Se obtuvieron tres conjuntos de datos: dos concordaban con la predicción relativista y un tercero, afectado por problemas instrumentales, fue descartado. Las observaciones aceptadas respaldaron un desvío compatible con la relatividad general.
Décadas después, surgió la acusación de que Eddington había seleccionado resultados favorables por simpatía hacia la teoría. Un reanálisis de Gerard Gilmore y Gudrun Tausch-Pebody sostiene que esa interpretación no se mantiene: el conjunto problemático presentaba defectos que justificaban su exclusión. La revisión moderna devuelve al episodio de 1919 una solidez que una leyenda posterior había puesto en duda.
"Las observaciones aceptadas respaldaron un desvío compatible con la relatividad general".
Hoy podemos repetir un experimento que cambió la física.
Casi un siglo después, Donald Bruns volvió a intentarlo en el eclipse total que atravesó Estados Unidos del 21 de agosto de 2017. Utilizó un refractor portátil, una cámara CCD —un detector digital muy empleado en astronomía— y una montura computerizada. Reunió cuarenta y cinco imágenes alrededor del Sol mientras duró la totalidad, además de efectuar calibraciones detalladas. Bruns reprodujo con tecnología moderna una prueba que en 1919 exigió expediciones internacionales.
Obtuvo un coeficiente de desviación de 1,752 segundos de arco, cuando la predicción teórica era 1,751, con una incertidumbre experimental cercana al 3 por ciento. Fueron necesarias correcciones de distorsión y coordenadas estelares de catálogo extremadamente fiables. El experimento de 2017 confirmó que un equipo transportable puede captar ese desplazamiento si se calibra meticulosamente.
Ante el eclipse del 12 de agosto de 2026, el Instituto Geográfico Nacional señala que la totalidad ocurrirá al atardecer, con el Sol muy bajo: unos doce grados en La Coruña, ocho en Burgos y apenas dos en Palma en el máximo local. La baja altura solar obligará a buscar un horizonte occidental despejado y complicará los registros más exigentes.
Recreación artística del experimento del eclipse de 1919 en Sobral. ChatGPT, César Noragueda.
El universo no es el escenario: también participa.
Nada de esto significa que la relatividad general se juegue su supervivencia el 12 de agosto. El interés del eclipse es distinto: devuelve a escala humana una consecuencia que, por lo general, asociamos con ecuaciones o grandes observatorios. La totalidad permitirá recrear una de las pruebas que revolucionaron nuestra manera de entender la gravedad.
Cuando una gran concentración de masa se interpone ante objetos remotos, esa fuerza puede actuar como una lente: deforma, multiplica o amplifica la imagen de galaxias situadas detrás. Es la llamada lente gravitacional. El mismo principio que desplaza aparentemente una estrella permite observar rincones del cosmos que de otro modo resultarían mucho más difíciles de estudiar.
"Por lo tanto, el universo dejó de ser un escenario rígido donde suceden las cosas: su propia geometría pasó a formar parte de la acción".
Mientras dure la totalidad, las estrellas continuarán donde estaban y nuestros instrumentos tampoco estarán viendo una ilusión sin valor sino que estarán registrando las huellas de la ruta seguida por su luz a través de un espacio-tiempo modificado por el Sol. El eclipse convertirá una pequeña variación de las coordenadas celestes en una demostración tangible de que la geometría del universo participa en lo que observamos.
Al mirar el firmamento, solemos pensar que recibimos una fotografía directa de cuanto existe, pero la relatividad obliga a introducir todo lo sucedido entre el objeto y nuestros ojos. La materia puede condicionar ese recorrido antes de que la información alcance la Tierra. Einstein nos enseñó que conocer dónde está algo exige entender también el espacio que su luz tuvo que atravesar. El 12 de agosto, a lo largo de poco más de dos minutos en los mejores lugares del planeta, el cielo volverá a representar esa idea a plena vista.
Por: César Noragueda. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
Sitio Fuente: MuyInteresante