Encuentran un escarabajo fósil que vivió hace 100 millones de años y conserva las claves de la evolución sensorial de las luciérnagas
CIENCIAS DE LA VIDA / PALEOENTOMOLOGÍA.
Un fósil conservado durante 100 millones de años revela que los antepasados de las luciérnagas utilizaban un sistema de comunicación mucho más complejo de lo que imaginaban los científicos.
Un extraordinario fósil del Cretácico desvela los primeros pasos de la comunicación en las luciérnagas. Foto: Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences (2026)
Hace unos 100 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban los ecosistemas terrestres, un pequeño escarabajo quedó atrapado en la resina de un árbol en lo que hoy es el norte de Myanmar. Aquel accidente, que selló su destino, terminó convirtiéndose en un regalo para la ciencia. El ejemplar permaneció prácticamente intacto hasta nuestros días y ahora ha permitido identificar una especie completamente desconocida que obliga a replantear cómo evolucionaron las primeras luciérnagas y sus parientes.
El fósil, descrito por un equipo internacional de investigadores, pertenece a una nueva especie bautizada como Icaroramus perisi. Lo extraordinario no es únicamente su antigüedad, sino la combinación de rasgos que conserva. En un mismo individuo aparecen unas antenas tan complejas que no tienen equivalente entre los escarabajos actuales ni en el registro fósil conocido y, al mismo tiempo, un órgano luminoso perfectamente desarrollado en el abdomen.
Esta mezcla de características ha llevado a los investigadores a plantear que estos insectos empleaban un sistema de comunicación mucho más sofisticado de lo que se pensaba hasta ahora. En lugar de depender exclusivamente de la luz, como hacen muchas luciérnagas modernas, habrían combinado señales químicas y bioluminiscencia para desenvolverse en los bosques del Cretácico.
El estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B, considera que este fósil constituye una de las pruebas más completas halladas hasta la fecha sobre la evolución temprana de los sistemas de comunicación en los escarabajos luminiscentes.
Unas antenas que desafían todo lo conocido.
Lo primero que llamó la atención de los especialistas fueron las antenas. Aunque muchos insectos poseen antenas ramificadas para aumentar su capacidad de detectar olores, Icaroramus perisi llevaba esta estrategia hasta un extremo nunca documentado.
Cada una de sus antenas estaba formada por doce segmentos. Sin embargo, entre los segmentos cuarto y undécimo aparecía una estructura completamente inédita: dos pares distintos de ramificaciones en cada segmento. Unas nacían desde la base y eran largas, con abundantes pelos gruesos, mientras que las otras surgían desde una posición más central, eran más finas y estaban cubiertas por pelos mucho más delicados.
Los autores del trabajo encontraron que esta configuración combina cuatro ramificaciones diferentes en un mismo segmento. Ningún otro escarabajo, vivo o extinguido, presenta una arquitectura comparable.
Esta peculiar anatomía no parece fruto de una anomalía del desarrollo. Las antenas son perfectamente simétricas y muestran el mismo patrón en ambos lados del cuerpo, lo que indica que se trataba de una característica propia de la especie y no de una deformación accidental durante su crecimiento.
Reconstrucción de Icaroramus perisi, el escarabajo fósil con unas antenas únicas en la historia de los insectos. Foto: Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences (2026).
"Encontrar en un mismo fósil unas antenas tan especializadas y un órgano luminoso ofrece una oportunidad excepcional para comprender cómo evolucionaron los sistemas de comunicación en los antepasados de las luciérnagas".
Un "superolfato" para encontrar pareja.
¿Por qué desarrollar unas antenas tan extraordinarias? La respuesta probablemente esté en el olfato.
En los insectos, las antenas funcionan como auténticos laboratorios químicos. Sobre su superficie se distribuyen miles de pequeñas estructuras sensoriales capaces de detectar moléculas suspendidas en el aire, incluidas las feromonas que emiten los individuos de la misma especie.
Cuanta mayor superficie posee una antena, mayor número de receptores puede alojar. Por eso muchos insectos cuyos machos necesitan localizar hembras a grandes distancias han desarrollado antenas muy ramificadas.
Los investigadores creen que ese era precisamente el caso de Icaroramus. Sus antenas habrían multiplicado la superficie disponible para captar señales químicas extremadamente débiles, permitiéndole orientarse en el denso bosque cretácico incluso cuando las hembras permanecían inmóviles.
Además, el hecho de que existieran dos tipos distintos de ramificaciones podría indicar que cada una estaba especializada en detectar sustancias diferentes. Aunque el fósil no conserva los diminutos receptores sensoriales, las diferencias en la forma y en la distribución de los pelos apuntan a una posible división funcional, algo que hoy también se observa en algunos grupos de mariposas nocturnas.
Si brillaba, quizá no era para enamorar.
La segunda gran sorpresa apareció en el extremo del abdomen. El fósil conserva una región clara que los investigadores interpretan como un órgano productor de luz. Esa estructura coincide con la posición de los órganos luminosos presentes en distintos parientes fósiles y modernos de las luciérnagas.
Sin embargo, su existencia plantea un aparente contrasentido. Las especies actuales que utilizan destellos luminosos como principal sistema para encontrar pareja suelen presentar antenas relativamente sencillas y ojos muy desarrollados. En cambio, Icaroramus reúne justo la combinación opuesta: antenas extremadamente sofisticadas y un órgano luminoso bien desarrollado.
Por ese motivo, el equipo considera que la bioluminiscencia probablemente no era su principal herramienta para el cortejo. La hipótesis más sólida es que aquella luz actuara como una advertencia frente a posibles depredadores, indicando que el insecto no era una presa fácil o agradable de consumir.
Eso no significa que la luz no pudiera desempeñar también algún papel durante la reproducción. Los autores no descartan que este escarabajo representara una fase intermedia de la evolución, en la que las señales luminosas comenzaban a incorporarse al comportamiento reproductivo sin sustituir todavía a las feromonas como principal medio de comunicación.
Reconstrucción artística de Icaroramus perisi, un antiguo escarabajo con un sistema antenal nunca visto. Foto: Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences (2026)
"La complejidad de estas antenas sugiere que la detección de feromonas desempeñaba un papel fundamental en la búsqueda de pareja".
Un experimento evolutivo que nunca llegó hasta nuestros días.
El nuevo fósil también revela que la evolución no siempre avanza en línea recta.
Las extraordinarias antenas de Icaroramus desaparecieron por completo. Ninguna especie actual conserva una estructura semejante, lo que sugiere que aquella solución evolutiva terminó extinguiéndose por cambios ambientales, por la competencia con otros sistemas sensoriales o simplemente porque dejó de ofrecer ventajas.
Los investigadores interpretan este insecto como uno de esos experimentos biológicos que surgieron durante la evolución y que nunca tuvieron continuidad. Aun así, su existencia demuestra que hace cien millones de años los escarabajos luminiscentes ya habían desarrollado estrategias de comunicación sorprendentemente sofisticadas.
Gracias a la conservación excepcional del ámbar de Kachin, este pequeño escarabajo se convierte en una pieza clave para comprender cómo evolucionaron algunos de los sistemas sensoriales más complejos del mundo de los insectos y cómo la combinación de olores y luz pudo desempeñar un papel decisivo mucho antes de que aparecieran las luciérnagas tal y como hoy las conocemos.
Por: Christian Pérez. Redactor especializado en divulgación científica e histórica.
Sitio Fuente: MuyInteresante