Móviles y comprensión lectora, ¿cómo afecta a los niños?

CIENCIAS COGNITIVAS.-

Un estudio de UCLA relaciona tener móvil propio con peor comprensión lectora infantil, pero el dato clave es otro: leer con el teléfono delante no cambió los resultados. Lo que importa son los hábitos.

Un niño de once años desenvuelve su primer teléfono, lo enciende y en pocos minutos ya tiene notificaciones, un grupo de mensajes y un vídeo empezado. ¿Puede este ritual digital alterar su forma de leer? La relación entre móvil y comprensión lectora es el foco de un estudio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), que indica que los menores con un teléfono propio obtienen peores puntuaciones en comprensión lectora que aquellos que no lo poseen. El mismo trabajo introduce un matiz que desafía la interpretación simplista: la mera presencia del dispositivo durante la lectura no afectó la comprensión. El problema, parece, no es el objeto.

¿Baja el móvil la comprensión lectora? Lo que encontró UCLA.

El estudio, titulado Children, Cell Phones, and Reading Comprehension y realizado por la investigadora Patricia M. Greenfield del Departamento de Psicología de UCLA, fue publicado en la revista Behavioral Sciences. La muestra fue modesta: 106 niños en total, distribuidos entre 51 alumnos de tercer grado (8 a 9 años) y 55 de sexto grado (11 a 12 años). Para medir la comprensión, los autores utilizaron las pruebas DIBELS en su octava edición, adaptadas a cada curso, con un diseño de medidas repetidas para quienes acudieron con su teléfono.

El matiz decisivo está en el componente experimental, que comparaba dos situaciones: leer con el móvil a la vista frente a leer sin él. En esa comparación, los investigadores no encontraron efecto sobre la comprensión. Lo que sí se relacionó con puntuaciones más bajas fue algo diferente: ser dueño de un teléfono. Poseer no es lo mismo que tenerlo a la vista, y esta distinción recontextualiza la conversación: si el aparato sobre la mesa no interfiere, lo que pesa es el ecosistema de hábitos que acompaña a la propiedad de un smartphone.

"El estudio de UCLA concluye que los niños con teléfono propio obtienen peor comprensión lectora que quienes no lo tienen, pero leer con el móvil simplemente presente sobre la mesa no cambia el resultado".

Conviene situar el fenómeno en su contexto de expansión. Según datos de Common Sense Media, en Estados Unidos el 42 % de los niños tiene un teléfono a los 10 años, cifra que asciende al 71 % a los 12 y al 91 % a los 14. La misma organización estima que los menores de 8 a 12 años dedican una media de más de cuatro horas y media diarias al uso de pantallas con fines de entretenimiento. En un escenario de adopción tan temprana y masiva de dispositivos móviles, entender cómo interactúan el teléfono y la lectura se convierte en una cuestión cotidiana en millones de hogares.

Correlación no es causalidad: una dosis de cautela.

Antes de sacar conclusiones conviene ser cautelosos. El diseño del estudio es observacional: registra una asociación, no una relación de causa y efecto. Que la posesión de un móvil y la peor comprensión aparezcan juntas no significa que lo primero provoque lo segundo. Entre ambas pueden influir variables de confusión difíciles de controlar, como el nivel socioeconómico, la educación de los progenitores o la estructura familiar.

No es una objeción menor. Una investigación previa de Sandra L. Hofferth ya había observado que factores como la educación parental y la composición del hogar tenían asociaciones más fuertes con los resultados de lectura que el uso del teléfono. En este contexto, el dispositivo sería más un síntoma del entorno que su motor. Sin embargo, el hallazgo de UCLA no está solo: un estudio poblacional publicado en JAMA Network Open en 2025, con más de 5.000 niños de la cohorte TARGet Kids! de Ontario (Canadá), encontró que un mayor tiempo total de pantalla se asociaba con un peor desempeño en lectura. En tercer grado, cada hora adicional de pantalla se vinculó a una odds ratio de 0,91 (IC 95 % 0,86-0,96) en lectura. La convergencia de evidencia refuerza el vínculo entre pantallas y rendimiento, sin necesidad de sobreinterpretar una muestra de 106 niños.

El móvil como reasignador de la economía de la atención.

Si el teléfono no daña la lectura por sí mismo, ¿qué mecanismos plausibles explican esta asociación? Una analogía útil es pensar en la atención infantil como una economía de recursos limitados: hay un presupuesto fijo de minutos y de foco, y el móvil actúa como un reasignador implacable. Tres frentes destacan.

El primero es la atención fragmentada. La lectura sostenida exige mantener el foco sin interrupciones para seguir un argumento a lo largo de varias páginas. El teléfono, en cambio, está diseñado para microintervalos: notificaciones, contenido breve, desplazamiento infinito. Imaginemos al niño que interrumpe la lectura de un capítulo cada vez que vibra un mensaje: al regresar al texto debe reconstruir dónde estaba y qué había comprendido, un coste que se traduce en comprensión. Sus algoritmos premian la novedad constante, un régimen cognitivo opuesto al que requiere descifrar un texto complejo.

La cohorte TARGet Kids! de Ontario vincula cada hora adicional de pantalla en tercer grado con un descenso medible en el rendimiento lector.

El segundo es el sueño. La disponibilidad nocturna del dispositivo, las notificaciones a deshora y la activación cognitiva antes de dormir fragmentan el descanso. Basta imaginar al menor que revisa vídeos en la cama hasta pasada la medianoche: al día siguiente afronta la clase de lengua con menos memoria de trabajo disponible. Un sueño deficiente tiene un impacto indirecto pero bien documentado sobre la memoria, la atención y, por extensión, el rendimiento escolar del día siguiente.

El tercero, quizás el más intuitivo, es la sustitución de tiempo. Cada minuto que un niño dedica a la pantalla es un minuto que no dedica al juego libre, a la lectura, a los deberes o a la conversación con adultos, actividades que alimentan el vocabulario y la comprensión. Un ejemplo cotidiano: la media hora antes de cenar que antes se llenaba con un libro y ahora absorbe una plataforma de vídeos cortos. El móvil no elimina esas horas: simplemente las reasigna hacia otro lugar.

No todo uso del móvil es igual: el giro que rompe el relato.

Llegados aquí, la tentación es cerrar el caso con un veredicto: móvil igual a peor lectura. Sin embargo, la evidencia se resiste a ese esquema. El estudio de Hofferth arrojó un resultado que contradice el marco alarmista: el envío de mensajes de texto se asoció positivamente con la comprensión de textos, mientras que el tiempo de llamadas de voz no mostró relación con esa habilidad. Escribir mensajes, al fin y al cabo, es una forma de leer y redactar.

"Sandra L. Hofferth encontró que enviar mensajes de texto se asocia con mejor comprensión lectora, mientras que hablar por teléfono no muestra ninguna relación con esa habilidad".

La lección es que el tipo de uso modula la relación mucho más que el tiempo total. Mensajería, lectura en pantalla, multitarea y entretenimiento pasivo no se comportan de la misma manera. Un adolescente que intercambia mensajes escritos con sus amigos está ejercitando la alfabetización de un modo que no comparte quien pasa la tarde viendo vídeos de forma pasiva. El propio estudio de UCLA aporta otra pista: la asociación negativa se observó tanto en niños que hablan inglés en casa como en quienes no, aunque en los hogares no angloparlantes apareció un matiz relacionado con el inicio temprano del envío de mensajes. Es un recordatorio de que ninguna cifra sobre pantallas debe leerse al margen del entorno del niño.

Primer smartphone sin perder la lectura: guía para familias.

La pregunta útil, entonces, no es «móvil sí o móvil no», sino cómo diseñar el entorno para que la atención y la lectura sobrevivan a su llegada. La decisión de dar el primer teléfono debería depender menos de una edad fija y más de señales de preparación: cierta autonomía, capacidad de autorregulación y, sobre todo, la existencia de normas familiares pactadas de antemano, no improvisadas cuando ya es tarde.

Como punto de partida, estas son las condiciones mínimas que la evidencia sobre higiene digital respalda:

- Horarios definidos de uso, con franjas del día explícitamente sin pantalla (comidas, tiempo de estudio, la hora previa a dormir).
- Móvil fuera del dormitorio por la noche y activación del modo noche, para proteger el sueño de las interrupciones.
- Notificaciones limitadas al mínimo imprescindible, de modo que el teléfono no dicte el ritmo de atención del niño.
- Acompañamiento y revisión periódica: hablar de lo que ve y lee, ajustar las reglas conforme crece y tratar el dispositivo como un aprendizaje conjunto.

Muchas familias cometen los mismos errores con buena intención. Entregar el teléfono sin haber acordado normas antes deja al niño solo frente a un aparato diseñado para captar su atención. Usarlo como recompensa o castigo lo convierte en objeto de deseo emocional en lugar de una herramienta. Y quizás el más silencioso: no predicar con el ejemplo, porque un hogar donde los adultos viven pegados a la pantalla difícilmente logrará que un menor construya otros hábitos.

La evidencia sobre móvil y comprensión lectora sugiere que el teléfono, por sí solo, no arruina la lectura: lo que importa es el conjunto de hábitos que llegan con la propiedad del aparato. Bien acompañado, con normas claras y un adulto atento, el primer smartphone no tiene por qué costarle a un niño su capacidad de sumergirse en un libro.

Por: Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital.

Sitio Fuente: MuyInteresante