Los osos pardos gigantes que vivieron hace 80.000 años en la península Ibérica eran casi el doble de grandes que los actuales
CIENCIAS DE LA VIDA / PALEONTOLOGÍA.
Un análisis de más de 500 fósiles portugueses reconstruye la historia de unos osos pardos gigantes que dominaron el oeste de Europa durante miles de años y plantea una nueva hipótesis sobre cómo la presión humana transformó su evolución.
Los osos pardos de la península ibérica fueron gigantes hace 80.000 años y acabaron reduciendo su tamaño. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez.
Durante miles de años, los bosques y montañas de la península ibérica estuvieron habitados por unos osos pardos muy distintos de los que hoy sobreviven en la cordillera Cantábrica y los Pirineos. Eran animales mucho más robustos, algunos superaban ampliamente los 300 kilogramos y al menos un individuo alcanzó un tamaño excepcional que lo sitúa entre los mayores osos pardos conocidos del registro fósil europeo. Sin embargo, aquellos gigantes desaparecieron y dieron paso a poblaciones cada vez más pequeñas.
¿Qué ocurrió para que uno de los grandes mamíferos europeos redujera su tamaño de una forma tan drástica? Esa es la pregunta que trata de responder un nuevo trabajo liderado por investigadores de la NOVA School of Science and Technology de Portugal, publicado en Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology. El estudio no solo reconstruye la evolución de los osos pardos portugueses durante el Pleistoceno, sino que propone una explicación que combina cambios ambientales, modificaciones en los ecosistemas y una presión humana acumulada durante miles de años.
La investigación, tal y como revela el propio artículo científico, se basa en el análisis de 535 restos fósiles procedentes de seis yacimientos portugueses, entre ellos la célebre cueva de Furninha, una de las mayores concentraciones de fósiles de oso pardo conocidas en la península ibérica. A partir de mediciones anatómicas, comparaciones con miles de huesos de otras poblaciones europeas y estimaciones de masa corporal, los investigadores han podido reconstruir cómo cambiaron estos animales a lo largo de decenas de miles de años.
Lo interesante de este trabajo no es únicamente descubrir que los osos eran más grandes. Lo verdaderamente relevante es comprender que el tamaño corporal funciona como un auténtico archivo biológico. Igual que el grosor de los anillos de un árbol permite reconstruir el clima del pasado, el esqueleto de un gran mamífero conserva información sobre la alimentación, el ambiente, la competencia con otras especies e incluso sobre la influencia que los seres humanos ejercieron sobre ellas.
Portugal nunca tuvo osos de las cavernas, pero sí osos pardos gigantes.
Cuando se habla de la fauna europea del Pleistoceno es inevitable pensar en el oso de las cavernas (Ursus spelaeus), un animal gigantesco que ocupó numerosas cuevas del continente antes de extinguirse hace unos 24.000 años. Sin embargo, Portugal constituye una excepción sorprendente.
El estudio confirma que, hasta el momento, no existen evidencias de que esta especie llegara a establecerse en territorio portugués. Durante décadas algunos restos habían generado dudas, pero el análisis actual y las revisiones taxonómicas más recientes indican que las cuevas portuguesas estuvieron ocupadas casi exclusivamente por osos pardos.
Este dato cambia parcialmente la imagen que los paleontólogos tenían del extremo occidental de Europa durante la última glaciación. Mientras en buena parte del continente los osos de las cavernas dominaban muchas grandes cavidades, en Portugal fueron los osos pardos quienes ocuparon ese espacio ecológico.
Y parece que aprovecharon esa oportunidad extraordinariamente bien.
Los ejemplares recuperados en Furninha, con una antigüedad cercana a los 80.000 años, muestran una combinación anatómica muy llamativa. Sus huesos presentan una robustez poco habitual en los osos pardos modernos y, en algunos aspectos, recuerdan sorprendentemente a los osos de las cavernas. No significa que pertenecieran a la misma especie, sino que ambos pudieron desarrollar características similares al ocupar nichos ecológicos parecidos, un fenómeno evolutivo conocido como convergencia.
Los investigadores consideran que esta hipótesis deberá comprobarse mediante futuras investigaciones con ADN antiguo e isótopos estables, capaces de reconstruir tanto el parentesco como la dieta de aquellos animales.
Darío Estraviz-López posa junto al esqueleto de un antiguo oso pardo. Foto: D. Estraviz-López.
"Los ejemplares del Pleistoceno eran animales extraordinariamente robustos, muy distintos de los osos ibéricos actuales".
Un gigante de casi 400 kilos caminó por la península ibérica.
Entre todos los restos analizados sobresale uno de forma especial.
Los cálculos realizados a partir de varios huesos largos indican que uno de los osos que habitó Portugal hace unos 22.000 años pudo alcanzar aproximadamente 385 kilogramos de peso. Esa cifra lo sitúa entre los mayores osos pardos documentados en el registro fósil europeo.
No era un caso completamente aislado. Muchos individuos del Pleistoceno tardío superaban con facilidad los 250 o 300 kilogramos, muy por encima del tamaño de los osos ibéricos actuales.
Para hacerse una idea de esa diferencia basta imaginar un oso moderno de la cordillera Cantábrica y aumentar prácticamente la mitad de su masa corporal. La diferencia no sería únicamente el peso: también cambiarían la anchura de sus patas, el grosor de sus huesos y la potencia de toda su musculatura.
El estudio compara además estos fósiles con poblaciones posteriores del Holoceno temprano. Los machos seguían siendo grandes, con pesos medios cercanos a los 260 kilogramos, pero ya mostraban una reducción apreciable respecto a sus antepasados pleistocenos.
Hoy la situación es completamente distinta. Los osos pardos ibéricos actuales presentan pesos medios considerablemente inferiores y un dimorfismo sexual mucho menos acusado que el observado en las poblaciones fósiles.
Paleontólogos encuentran fósiles de osos gigantes de hasta 385 kilos en Portugal y plantean una sorprendente hipótesis sobre su desaparición. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
La reducción de tamaño pudo durar miles de años.
Los investigadores son prudentes y dejan claro que todavía no puede atribuirse una única causa al progresivo empequeñecimiento de los osos.
El clima cambió profundamente al finalizar la última glaciación. Los grandes espacios abiertos fueron sustituidos por bosques más densos, las presas disponibles también variaron y los recursos alimenticios dejaron de ser exactamente los mismos.
Pero esa explicación, por sí sola, parece insuficiente.
Tal y como indica el estudio, existe otra posibilidad que resulta especialmente interesante desde el punto de vista evolutivo: la presión humana acumulada durante miles de años pudo favorecer indirectamente la supervivencia de individuos más pequeños.
La idea no consiste en imaginar cazadores enfrentándose regularmente a enormes osos adultos en combates directos. El proceso habría sido mucho más lento y complejo. Las poblaciones humanas comenzaron compartiendo algunas cuevas con los osos durante el Pleistoceno, posteriormente transformaron el paisaje mediante la agricultura y la deforestación y, mucho más tarde, la caza con armas de fuego incrementó todavía más esa presión.
Si durante generaciones los individuos más grandes eran también los que tenían mayor probabilidad de entrar en conflicto con los seres humanos, la selección natural podía favorecer poco a poco animales de menor tamaño.
Los autores presentan esta explicación como una hipótesis de trabajo que deberá contrastarse mediante estudios genéticos y químicos sobre los fósiles. De hecho, también plantean otra posibilidad: que aquellos enormes osos pleistocenos no pertenezcan exactamente a la misma población que dio origen a los actuales osos ibéricos.
Peso y tamaño de los antiguos osos pardos hallados en Portugal. Foto: D. Estraviz-López.
"Portugal representa una excepción dentro de Europa porque el oso de las cavernas nunca llegó a establecer poblaciones estables".
Mucho más que un cambio de tamaño.
Aunque el hallazgo llama la atención por las impresionantes dimensiones de estos animales, la importancia del estudio va mucho más allá de establecer cuánto pesaban.
Los grandes depredadores y omnívoros desempeñan un papel esencial en el funcionamiento de los ecosistemas. Los osos regulan indirectamente otras poblaciones animales, aprovechan carroñas, dispersan semillas y modifican la vegetación mediante su comportamiento alimenticio.
Comprender cómo evolucionaron en el pasado ayuda también a entender por qué las poblaciones actuales presentan determinadas características y cuáles pueden ser sus límites frente a los cambios ambientales que están ocurriendo en la actualidad.
El trabajo portugués aporta además un marco de referencia para futuras investigaciones en toda Europa occidental. Los autores consideran prioritario aplicar técnicas de ADN antiguo, análisis isotópicos, estudios paleopatológicos y nuevas dataciones radiométricas para conocer con mayor precisión la historia evolutiva de estos animales.
En otras palabras, los fósiles no solo cuentan cómo eran los osos de hace decenas de miles de años. También ayudan a explicar cómo las especies responden cuando cambian el clima, el paisaje y la presencia humana. Y esa información resulta especialmente valiosa en un momento en el que muchas grandes especies vuelven a enfrentarse a transformaciones ambientales de enorme magnitud.
Porque, al fin y al cabo, la historia de aquellos gigantes portugueses no trata únicamente de unos osos enormes que desaparecieron. Habla de cómo la evolución puede transformar lentamente una especie durante miles de generaciones y de cómo los seres humanos, incluso sin ser plenamente conscientes de ello, pueden convertirse en una de las fuerzas capaces de reescribir esa historia.
Por: Christian Pérez.
Sitio Fuente: MuyInteresante