Por qué un incendio en la sierra de Madrid puede dejar sorda a la NASA
CIENCIAS DE LA TIERRA Y EL ESPACIO / ASTRONÁUTICA.
El complejo de Robledo de Chavela es una de las tres únicas estaciones del planeta que hablan con las Voyager, la New Horizons o el telescopio Webb. Un incendio lo ha puesto en jaque.
Antena parabólica DSS-63 de Robledo de Chavela amenazada por un incendio forestal. (Generada por IA).
El 24 de julio de 2026, un incendio descontrolado en la Sierra Oeste de Madrid obligó a evacuar Robledo de Chavela, Fresnedillas de la Oliva, Navalagamella y Zarzalejo. Alrededor de 25.000 personas tuvieron que salir de sus casas a toda prisa, muchas sin saber si las encontrarían en pie al regresar. Detrás de esa cifra hay familias que cargaron lo imprescindible en el coche, vecinos mayores desalojados de sus hogares y comunidades enteras que pasaron la noche pendientes del resplandor naranja que avanzaba por la ladera. No es solo un dato: es una de las estampas más duras del verano español, y se repite en cada vez más rincones del país.
Entre los lugares que hubo que desalojar había uno que no figura en ningún mapa turístico. Escondido entre encinares, un recinto de aspecto discreto pero función extraordinaria: la estación que la NASA utiliza para hablar con las naves más lejanas jamás construidas. La Guardia Civil evacuó a más de 90 trabajadores y el Gobierno calificó su situación de «crítica».
La pregunta es inevitable: ¿por qué una instalación escondida en un municipio de 5.000 habitantes importa tanto para la exploración del Sistema Solar? La respuesta tiene que ver con una limitación física que casi nunca aparece en las noticias espaciales: una sonda a miles de millones de kilómetros no se comunica sola. Alguien tiene que escucharla desde la Tierra. Y solo hay tres sitios en el mundo capaces de hacerlo.
Qué es realmente Robledo de Chavela.
El nombre oficial es Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de Madrid (MDSCC). Pertenece al Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) y opera en colaboración con la NASA, con participación de la Agencia Espacial Europea (ESA). No es un observatorio que mira al cielo: es un conjunto de antenas gigantescas que envían órdenes y reciben datos de las naves que ya han salido a explorar el Sistema Solar.
El complejo lleva funcionando desde 1965, cuando su primera antena entró en servicio a tiempo para apoyar a la sonda Mariner 4 en su histórico sobrevuelo de Marte. Hoy reúne seis antenas. La reina es la DSS-63, un plato de 70 metros de diámetro (tan alto como un edificio de veinte pisos) que nació con 64 metros y fue ampliado en la década de 1980 precisamente para seguir oyendo a las Voyager cuando su misión se prolongó más allá de Saturno.
Una red de tres oídos repartidos por el planeta.
Aquí está la clave que explica por qué Robledo es insustituible. La estación forma parte de la Red del Espacio Profundo (Deep Space Network o DSN), la infraestructura de la NASA que mantiene el contacto con las misiones interplanetarias. Y esa red se apoya en solo tres complejos: Robledo de Chavela (España), Goldstone (California, EE. UU.) y Canberra (Australia).
Esquema de la red de comunicaciones de la NASA. (Generado por IA)
No es casualidad que estén repartidos así. Los tres están separados aproximadamente 120 grados de longitud, de modo que, mientras la Tierra gira, siempre hay al menos una antena apuntando a cualquier nave del espacio profundo. Es el equivalente a tener tres vigilantes situados a un tercio de vuelta del planeta cada uno: cuando el Sol se pone sobre uno, otro ya está tomando el relevo. Si uno de esos tres oídos se apaga, hay franjas horarias del día en las que un enorme sector del cielo se queda, sencillamente, sin cobertura.
A quién escucha esta antena.
La lista de naves que dependen de esta red impresiona. Por Robledo han pasado misiones como Cassini (Saturno), New Horizons (Plutón y más allá) o el telescopio espacial James Webb, y sigue siendo esencial para los vehículos que trabajan en Marte. Pero el caso más extremo son las Voyager, lanzadas en 1977 y hoy los objetos humanos más lejanos que existen.
En abril de 2024, las seis antenas del complejo madrileño se coordinaron por primera vez para captar simultáneamente la débil señal de la Voyager 1, que ya se encontraba a más de 24.000 millones de kilómetros de la Tierra. Escuchar algo tan tenue exige refrigerar los receptores de las antenas de 70 metros hasta cerca de los 255 grados bajo cero: cualquier calor residual generaría un «ruido» que ahogaría por completo el susurro que llega del espacio interestelar. Ese es el nivel de precisión que se juega en un recinto que, esta semana, ha tenido el fuego a las puertas. (Ese despertar tecnológico también lo contamos cuando la New Horizons regresó a la vida tras casi un año hibernando más allá de Plutón).
No es solo el calor: por qué estos incendios son tan difíciles de parar.
Lo ocurrido en Robledo no es un accidente aislado, sino un síntoma. Y para entenderlo, conviene deshacer un malentendido muy extendido: la culpa no es únicamente del calor. Un gran incendio se desboca cuando coinciden a la vez tres condiciones extremas, lo que los especialistas llaman «meteorología de incendios». La primera es la sequedad: meses de lluvias escasas y una humedad muy baja convierten la vegetación en un combustible perfecto, hierba y matorral que prenden con solo una chispa. La segunda es el calor, que reseca todavía más ese material y dispara el riesgo. Y la tercera, a menudo la más decisiva, es el viento: las rachas fuertes empujan las llamas ladera arriba, lanzan pavesas encendidas a cientos de metros por delante del frente y hacen que el fuego salte las líneas de defensa antes de que los equipos de extinción puedan reaccionar. Fue justo lo que ocurrió en la Sierra Oeste, donde el viento partió el incendio en tres focos activos y lo volvió, en palabras del propio director de Emergencias de Madrid, superior a la capacidad de extinción.
Aquí es donde entra el cambio climático, y no lo hace subiendo solo el termómetro. Alarga los veranos, agrava las sequías y hace que esas tres condiciones (calor, sequedad y viento) coincidan con más frecuencia y con más intensidad. El resultado son fuegos más rápidos, más grandes y mucho más difíciles de controlar. Los datos de España lo confirman con crudeza: el verano de 2025 fue el peor del siglo, con cientos de miles de hectáreas calcinadas y decenas de grandes incendios (los que superan las 500 hectáreas) frente a una media histórica muy inferior. Y 2026 ha arrancado todavía peor: a estas alturas del año se habían contabilizado más del triple de fuegos que en el mismo periodo de 2025.
Detrás de cada uno de esos números hay pueblos evacuados, viviendas y cultivos perdidos, explotaciones ganaderas arrasadas y personas que pasan semanas lejos de casa esperando poder volver. Por eso el fenómeno merece explicarse y no solo relatarse: estos incendios son cada vez más violentos e incontrolables por el cambio climático, como ya detallamos al analizar cómo se forma realmente un incendio forestal y por qué hay más que nunca. Y no entienden de fronteras: lo hemos visto en los devastadores incendios de Los Ángeles retratados desde los satélites e incluso en la tundra ártica de Alaska, que hoy arde como no lo hacía en 3.000 años.
Qué se juega el planeta si arde una antena.
Conviene ser precisos: en el momento de escribir estas líneas no hay confirmación oficial de que las llamas alcanzaran las antenas o los edificios del complejo, y la evacuación preventiva del personal es justamente el protocolo que existe para evitar una tragedia. La Red del Espacio Profundo, además, está pensada con cierta redundancia: las otras dos estaciones pueden asumir parte del trabajo durante un tiempo.
Pero esa redundancia tiene límites. Reconstruir una antena de 70 metros no es cuestión de semanas, y cada hora que Robledo permanece fuera de servicio es una hora en la que un tercio de la bóveda celeste pierde su enlace natural con la Tierra. Ese es el aviso que deja el incendio de la Sierra Oeste: el mismo fuego que obliga a miles de familias a abandonar sus casas es capaz de amenazar, de paso, una infraestructura científica única en el planeta. La crisis climática ya no quema solo montes; golpea al mismo tiempo a las personas, a sus hogares y a las herramientas de las que depende, literalmente, nuestra conversación con el resto del Sistema Solar.
Por: Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital
Sitio Fuente: MuyInteresante