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Descubren cuáles son las mejores estrellas para buscar una esfera de Dyson extraterrestre

COSMOLOGÍA.-

Un nuevo estudio identifica qué tipos de astros ofrecen las mejores oportunidades para encontrar una de las posibles megaestructuras más fascinantes de la ciencia.

Recreación artística de un enjambre de millones de satélites que rodea una enana roja para formar una hipotética esfera de Dyson. ChatGPT, César Noragueda.

Imagine una civilización tan avanzada que la energía de un planeta entero ya no le basta. Después de agotar todas las fuentes imaginables, decide aprovechar directamente la luz de su estrella. Con ese propósito, levanta una gigantesca instalación destinada a interceptar casi toda la radiación procedente de la misma. La idea parece propia de una novela de ciencia ficción, pero lleva más de sesenta años integrada en una disciplina plenamente consolidada de la astronomía.

Desde que el físico Freeman Dyson formuló esa hipótesis en 1960, numerosos investigadores han intentado indagar si una obra semejante podría detectarse desde la Tierra. No porque esperen contemplarla con un telescopio, sino porque una infraestructura de ese tamaño tendría que dejar un rastro imposible de ocultar. Ese vestigio constituye una de las llamadas tecnofirmas: evidencias indirectas de una posible tecnología extraterrestre.

Ahora, según leemos en arXiv, una nuevo trabajo desplaza el centro de la cuestión. En vez de limitarse a averiguar cómo reconocer una esfera de Dyson, intenta resolver una duda mucho más práctica: si existiera, ¿en torno a qué clase de estrella aumentaría la probabilidad de hallarla? La respuesta concentra el interés en dos protagonistas inesperadas: las enanas rojas y las enanas blancas.

Qué es realmente una esfera de Dyson.

La representación más difundida muestra una inmensa carcasa metálica rodeando por completo un astro. Sin embargo, esa visión resulta engañosa. Freeman Dyson nunca describió una esfera rígida. Su planteamiento consistía en imaginar una civilización capaz de desplegar millones de satélites, hábitats o plataformas alrededor de su estrella para interceptar una fracción enorme de la energía que genera. Con el paso del tiempo, aquella idea terminó simplificándose bajo una denominación que acabó eclipsando la concepción inicial.

"Dyson nunca describió una esfera rígida, sino millones de satélites, hábitats o plataformas alrededor de un astro para interceptar una fracción enorme de la energía que genera".

Hoy, la mayoría de especialistas considera bastante más plausible un gigantesco enjambre orbital que una envoltura sólida continua. Ese matiz altera por completo la dificultad técnica, aunque apenas modifica la huella que produciría vista desde muchos años luz de distancia.

Ahí reside el aspecto decisivo. Si una instalación absorbiera gran parte de la luz estelar, esa energía no desaparecería. Tendría que disiparse de nuevo en forma de calor. Igual que un ordenador o un automóvil desprenden temperatura mientras funcionan, una esfera de Dyson irradiaría en el infrarrojo sobre todo. Los astrónomos, por tanto, no pretenden contemplar directamente ese ensamblaje, sino aislar ese resplandor térmico característico, mucho más sencillo de registrar que la propia megaestructura.

Por qué el Sol quizá no sea el mejor lugar para buscar.

Resulta tentador pensar que un astro hermano del Sol constituiría el candidato ideal. Después de todo, conocemos un sistema planetario capaz de albergar vida y disponemos de abundante información sobre él. Aun así, el estudio sostiene que esa intuición pasa por alto varios condicionantes decisivos.

Cuanto menor es la luminosidad de una estrella, más compacta puede ser una hipotética esfera de Dyson sin dejar de captar casitoda la energía disponible. Eso reduce un montón sus dimensiones y, al menos desde un punto de vista teórico, disminuye la cantidad de recursos necesarios para levantarla. A ello se añade otro elemento favorable: cuando el astro central emite menos luz, cualquier exceso de radiación infrarroja sobresale con mucha mayor claridad sobre el entorno.

Esa suma de circunstancias lleva a los autores a centrar su atención en dos poblaciones estelares que, hasta ahora, apenas habían despertado interés.

Las dos estrellas que cambian el mapa de búsqueda.

La primera candidata es la enana roja. Puede juzgarse como una elección poco llamativa, pero reúne atributos difíciles de igualar. Constituye la familia sideral más abundante de la Vía Láctea —cerca del 70 por ciento pertenece a esta categoría— y consume su combustible con extraordinaria lentitud. Algunos de estos astros permanecerán activos durante billones de años, un intervalo muy superior a la edad actual del Universo. Para una supuesta civilización interesada en disponer de un suministro prácticamente inagotable, pocas alternativas ofrecerían un panorama tan favorable.

La segunda aspirante resulta todavía más sorprendente: la enana blanca. Estos vestigios corresponden a los núcleos de antiguas estrellas similares al Sol que agotaron su combustible. Aunque su brillo disminuye drásticamente tras esa transformación, continúan enfriándose de forma paulatina durante miles de millones de años. Esa tenue luminosidad juega, aunque resulte una paradoja, a favor de los astrónomos, porque cualquier emisión infrarroja adicional destacaría con mucha mayor nitidez que junto a una fuente muy brillante.

"Una enana roja consume su combustible con extraordinaria lentitud y una supuesta civilización dispondría de un suministro prácticamente inagotable; y, con una enana blanca, su tenue luminosidad destacaría cualquier emisión infrarroja adicional".

Los cálculos efectuados por el equipo ponen de manifiesto que ambas poblaciones reúnen ventajas complementarias. Por un lado, permitirían emplazar una hipotética esfera de Dyson a distancias relativamente reducidas, recortando de manera apreciable las dimensiones del conjunto. Por otro, aumentarían las opciones de detectarla, ya que el calor reemitido resaltaría con mayor contraste frente al resplandor del cuerpo anfitrión. Esa combinación convierte a estos discretos integrantes de la galaxia en los destinos preferentes para futuras campañas destinadas a rastrear tecnofirmas.

Cómo encontrar una civilización sin verla.

La estrategia ideada por los investigadores recuerda al trabajo de un detective que reconstruye una escena sin haber presenciado los hechos. Nadie espera obtener una fotografía de una esfera de Dyson. Lo esencial estriba en reconocer la consecuencia inevitable de su funcionamiento.-

Una comparación cotidiana ayuda a captar el razonamiento. Imagine una ciudad completamente oculta por una espesa niebla. Los edificios, las calles y quienes viven allí permanecerían invisibles. A pesar de ello, una cámara térmica seguiría registrando el calor desprendido por viviendas, fábricas y vehículos. Bastaría ese indicio para demostrar que existe actividad, aunque ningún detalle pudiera distinguirse a simple vista.

Una esfera de Dyson completa alrededor de una estrella anfitriona a una distancia determinada (pc) del observador. La estrella roja representa una enana blanca o una enana roja de tipo M. arXiv.

Con una esfera de Dyson, ocurriría exactamente lo mismo. Tras absorber la mayor parte de la luz proveniente de su astro, tendría que devolver esa energía al espacio convertida en radiación infrarroja. Esa señal constituiría una anomalía difícil de atribuir a procesos naturales y, justo por ello, podría delatar la presencia de una tecnología extraordinariamente avanzada. La tarea de los telescopios, en consecuencia, no consistiría en contemplar la instalación, sino en captar ese excedente térmico característico.

Lo que realmente aporta este estudio.

La principal contribución de este trabajo no consiste en demostrar que las esferas de Dyson existan ni en anunciar el hallazgo de una. Su auténtico mérito reside en ofrecer un criterio objetivo para decidir hacia dónde conviene orientar los instrumentos. En lugar de repartir el tiempo de pesquisas entre millones de estrellas sin distinción, propone priorizar aquellas cuyas propiedades físicas elevan las opciones de revelar una posible tecnofirma.

Ese cambio de enfoque adquiere especial relevancia porque los grandes observatorios disponen de un recurso extremadamente escaso: horas de funcionamiento. Cada campaña debe justificar con cuidado qué objetivos examinar. Si las enanas rojas y las enanas blancas reúnen mejores condiciones tanto para albergar una eventual infraestructura como para hacer visible su firma infrarroja, concentrar los esfuerzos sobre ellas permitirá rentabilizar mucho mejor cada sesión.

"Si las enanas rojas y blancas reúnen mejores condiciones para albergar una eventual infraestructura y hacer visible su firma infrarroja, concentrar los esfuerzos sobre ellas permitirá rentabilizar mucho mejor cada sesión de observación".

Desde esa óptica, este trabajo deja de ser únicamente un análisis teórico para volverse una brújula que orienta futuras exploraciones y reduce un inmenso océano de candidatos hasta llegar a una selección mucho más manejable.

El siguiente paso ya está definido.

Los autores no se limitan a describir un escenario teórico. Su iniciativa incorpora una hoja de ruta concreta para verificar esa posibilidad. La fase inicial consistiría en combinar grandes catálogos estelares, como Gaia DR3, el TESS Input Catalog, 2MASS y WISE, con el fin de elegir las enanas rojas y las enanas blancas más prometedoras antes de poner en marcha mediciones pormenorizadas.

Superado ese filtrado, entraría en juego el telescopio espacial James Webb. Según las estimaciones del artículo, una esfera de Dyson con temperaturas comprendidas aproximadamente entre 50 y 300 kelvin liberaría la mayor parte de su energía entre 10 y 60 micrómetros, una región del infrarrojo donde sus instrumentos alcanzan una sensibilidad extraordinaria.

A ello se suma otra propiedad especialmente útil: una hipotética instalación debería producir un espectro muy uniforme, desprovisto de muchas de las señales químicas habituales del polvo interestelar o de los discos de escombros. Esa peculiaridad ayudaría a distinguir una posible tecnofirma de cualquier fenómeno completamente natural.

Quizá nunca encontremos una esfera de Dyson porque ninguna civilización haya construido algo semejante. Aun así, esta investigación deja una enseñanza que trasciende esa posibilidad: la búsqueda de inteligencia extraterrestre no progresa solo gracias a telescopios cada vez más potentes, sino porque aprendemos a formular preguntas más precisas. En ocasiones, el mayor avance científico no se basa en descubrir algo inesperado, sino en comprender que llevábamos décadas examinando la zona menos promisoria del inmenso escenario cósmico.

Por: César Norabuena. Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Sitio Fuente: MuyInteresante