De buscar oro en la orina a duelos a espada: las locuras que formaron la tabla periódica

CIENCIAS EXACTAS: QUÍMICA.-

Un alquimista que hervía orina buscando oro. Un astrónomo con nariz de plata tras perderla en un duelo. Y un sombrerero que dejó su huella en la literatura. Así se construyó la química.

Laboratorio alquímico antiguo (Generado por IA).

En septiembre de 1669, Hennig Brand, un comerciante de Hamburgo reconvertido en alquimista, llevaba meses obsesionado con encontrar la piedra filosofal. Su método: hervir orina humana, cientos de litros acumulados durante semanas, hasta que el residuo final revelara el secreto del oro. Lo que apareció no fue oro. Fue una sustancia cerosa y luminosa que ardía en la oscuridad con una luz fantasmal, sin consumirse durante horas. Brand había descubierto el fósforo sin saber que lo estaba haciendo y sin quererlo.

Esa es la esencia del libro que el doctor en Química Héctor García ha publicado con Editorial Pinolia: Historia de la tabla periódica. Curiosidades, genios y obsesiones detrás de los 118 elementos es un recorrido por los errores, los accidentes y las obsesiones que construyeron la herramienta científica más reconocible del mundo. La tabla periódica no es una obra de genios solitarios iluminados por la razón: es el resultado acumulado de siglos de alquimia, rivalidades, accidentes de laboratorio y, en ocasiones, de una pizca de locura.

El hombre que buscaba oro en la orina.

Hennig Brand no pasará a la historia como el hombre que descubrió el fósforo, al menos no en su tiempo. El alquimista hamburgués vendió su hallazgo, un secreto que celosamente guardó durante años, a otros comerciantes que tampoco comprendían del todo lo que tenían entre manos. El fósforo tardó décadas en ser reconocido como un elemento nuevo, y Brand murió convencido de que había fracasado.

Lo que ilustra su historia no es el fracaso, sino el método. La alquimia, esa disciplina que la historia oficial despacha como pseudociencia medieval, fue en realidad el primer intento sistemático de la humanidad por clasificar y transformar la materia. Sus practicantes llevaban registros, repetían experimentos, documentaban resultados. Que sus hipótesis fueran erróneas no anula el rigor de sus procedimientos. La diferencia con la química moderna es más de vocabulario y de modelo teórico que de actitud científica.

"El fósforo no lo descubrió alguien que buscaba el fósforo. Lo descubrió alguien que buscaba otra cosa con el método equivocado y la constancia correcta".

La nariz de plata.

En 1566, dos estudiantes se batieron en duelo en la Universidad de Rostock por una disputa matemática. Uno de ellos era Tycho Brahe, que entonces tenía veinte años y que perdería la nariz en el enfrentamiento. Por el resto de su vida, Brahe llevaría una prótesis de metal, plata y oro, según las crónicas, que pulía regularmente con un ungüento que cargaba consigo. El astrónomo más preciso de la época prerrelativista, el hombre que cartografió el cielo con una exactitud sin precedentes, hacía sus observaciones con una nariz postiza.

García rescata a Brahe no como curiosidad, sino como símbolo. La ciencia del Renacimiento era así: personal, excéntrica, plagada de egos descomunales y de rivalidades que a veces se resolvían con armas blancas. El mismo Brahe que levantó el observatorio de Uraniborg en una isla danesa para estudiar las estrellas sin interferencias también tuvo un alce domesticado que murió tras beber demasiada cerveza. La racionalidad científica y la excentricidad personal no son incompatibles; en la historia de la química, suelen ir de la mano.

El sombrerero loco no era ficción.

Hay un personaje en Alicia en el país de las maravillas al que todos conocemos como el Sombrerero Loco. Lewis Carroll no lo inventó de la nada. En la Inglaterra del siglo XVIII, los fabricantes de sombreros utilizaban nitrato de mercurio para procesar el fieltro: la sustancia hacía más manejable la fibra y mejoraba el acabado del producto. El problema era que los trabajadores que respiraban los vapores de mercurio durante años desarrollaban temblores, pérdida de coordinación y alteraciones de conducta. "Loco como un sombrerero" era una expresión literal antes de convertirse en una metáfora.

El mercurio fue uno de los metales que los alquimistas incorporaron a su sistema de clasificación junto al plomo, el cobre, el hierro, el estaño, el oro y la plata, cada uno vinculado a un astro. Ninguno comprendido en profundidad hasta siglos después, cuando la química moderna comenzó a desarrollar las herramientas para estudiarlos con rigor. García dedica varios capítulos a este periodo, mostrando cómo la clasificación de los elementos no avanzó en línea recta sino a trompicones, impulsada más por la necesidad práctica que por la curiosidad teórica.

Mendeleev y el sueño de la tabla.

En 1869, el químico ruso Dmitri Mendeleev publicó la primera versión de la tabla periódica. La leyenda dice que la ordenación se le apareció en sueños, aunque los historiadores de la ciencia son escépticos sobre esa historia. Lo que sí es documentable es que Mendeleev dejó huecos vacíos en su tabla para elementos que aún no habían sido descubiertos, y predijo con precisión sus propiedades. Cuando el galio apareció en 1875, el escandio en 1879 y el germanio en 1886, sus características coincidieron con las predicciones del químico ruso con una exactitud que consolidó su sistema como el más sólido jamás propuesto.

"Mendeleev no construyó la tabla periódica. Ordenó el trabajo de dos siglos de química que nadie había pensado en organizar".

El libro de García no construye esta historia como una narración de progreso lineal hacia Mendeleev. La presenta como lo que fue: un proceso errático, desordenado, lleno de callejones sin salida y de descubrimientos accidentales que, con el tiempo y el trabajo de generaciones de científicos, terminó convergiendo en una estructura que hoy cuelga en las paredes de todos los laboratorios del mundo.

Lo que la tabla todavía no ha cerrado.

La tabla periódica actual tiene 118 elementos confirmados. Los últimos, como el oganesón, el número 118, sintetizado en 2002, tienen vidas medias de fracciones de milisegundo y solo existen en laboratorios de física nuclear. Los científicos trabajan ahora en la llamada isla de estabilidad: la hipótesis de que, en torno al elemento 114, podría existir una región donde los núcleos atómicos tengan vidas medias medibles en segundos o incluso en horas, en lugar de desintegrarse casi antes de formarse.

La tabla periódica sigue incompleta, no en el sentido de que haya huecos en los 118 primeros elementos, sino en el sentido de que la frontera superior de lo que podemos sintetizar aún no se conoce. La historia que García cuenta en su libro no ha terminado: la próxima entrada podría añadirse en cualquier laboratorio del mundo, con cualquier excéntrico, cualquier obsesión y cualquier método que nadie haya intentado todavía. Hennig Brand lo demostró en 1669 con cientos de litros de orina y ningún plan. El elemento 119 está esperando a su propio Brand.

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Libro Historia de la tabla periódica apoyado sobre mesa de alquimista (Generado por IA).

Por: Santiago Campillo Brocal. Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital.

Sitio Fuente: MuyInteresante