Cinco ejemplos de la contribución de un tratado a la biodiversidad en campos de todo el mundo

FAO.-

Así se intercambian semillas entre países para construir sistemas alimentarios más fuertes y resilientes.

Asia central es uno de los centros de origen del mundo de muchos árboles frutales y frutos secos, y un importante productor y exportador de cultivos alimentarios fundamentales. © FAO/Nozim Kalandarov.

Las semillas y la diversidad de los cultivos son la base de nuestros sistemas agrícolas y de producción de alimentos, y por todo el mundo se están realizando esfuerzos por conservarlas y compartirlas. Esos esfuerzos giran en torno al Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, un acuerdo mundial en virtud del cual los países intercambian los elementos básicos de nuestra alimentación, es decir, semillas, variedades de cultivos y la información asociada a ellas. Su objetivo es sencillo: facilitar a los países el acceso a estos recursos y velar por que los beneficios se repartan equitativamente.

En la actualidad, el Tratado Internacional está integrado por 155 países y abarca 64 cultivos principales que constituyen aproximadamente el 80 % de los alimentos de origen vegetal del mundo. Un elemento fundamental del Tratado Internacional es el Sistema multilateral de acceso y distribución de beneficios, que facilita el intercambio de material fitogenético de un conjunto de cultivos alimentarios principales. Cuando un país se adhiere al Tratado Internacional, acuerda compartir el material de plantación de sus colecciones públicas para que otros países también puedan utilizarlo.

Durante los últimos 20 años, se ha convertido en el mayor sistema de intercambio de recursos fitogenéticos del mundo. Gracias al Sistema multilateral, que se sustenta en asociaciones sólidas, como las establecidas con los centros del Sistema del CGIAR y otras instituciones, se han intercambiado hasta la fecha más de siete millones de muestras de material fitogenético que han ayudado a científicos, fitomejoradores y agricultores a desarrollar mejores cultivos y adaptarse a condiciones cambiantes. 

En pocas palabras, el Tratado Internacional ayuda a mantener viva la diversidad de los cultivos, no solo almacenada en bancos de genes, sino utilizada activamente para que los sistemas alimentarios sean más fuertes y resilientes. A continuación, se presentan cinco ejemplos: 

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En Malawi y Georgia, los agricultores están cultivando variedades adaptadas a las condiciones locales, lo que aumenta la resiliencia al estrés climático. Izquierda/arriba: © FAO/Alberto Conti Derecha/abajo: © FAO/Thomas Nicolon

1. Redescubrir los cultivos locales de Malawi.

En el distrito de Mchinji, en Malawi, Edwin Kalengama, un pequeño agricultor de tabaco, se enfrentaba a un descenso de sus rendimientos debido a la irregularidad de las precipitaciones y a la disminución de la fertilidad del suelo. En lugar de abandonar la agricultura, Edwin se adaptó.

Con el apoyo de un banco de semillas comunitario vinculado al Fondo de distribución de beneficios del Tratado, Edwin se pasó a cultivos locales más resilientes, como el guandú y el maní. Su grupo de agricultores colabora con investigadores del Instituto Internacional de Investigación de Cultivos para las Zonas Tropicales Semiáridas en la prueba y selección de variedades adaptadas a las condiciones locales.

Los rendimientos mejoraron, la seguridad alimentaria aumentó y las familias generaron un excedente de ingresos.

2. Cultivar y hornear trigo tradicional en Georgia.

Georgia alberga una extraordinaria diversidad de variedades de trigo: cinco de las 14 especies que se cultivan en el país tienen su origen dentro de sus fronteras. No obstante, el cultivo de muchas variedades tradicionales ha disminuido debido a decenios de intensificación agrícola.

Agricultores como Natia Matcharashvili y Shota Lagazidze están contribuyendo a invertir esta tendencia cultivando variedades tradicionales de trigo que utilizan en su panadería local, y así mantienen vivo el patrimonio culinario y agrícola.

Con el apoyo del Fondo de distribución de beneficios, la científica Tamar Jinjikhadze, del Centro de Investigación Científica sobre Agricultura de Georgia, ha liderado los esfuerzos de localización, recolección y determinación de las variedades en peligro. Durante las misiones sobre el terreno a explotaciones agrícolas como la de Natia, su equipo descubrió variedades locales de trigo únicas.

Estas variedades suelen estar bien adaptadas a las condiciones locales y se caracterizan por su resiliencia a las enfermedades y el estrés climático. Con el fin de salvaguardarlas de cara al futuro, se han duplicado y almacenado más de 2 000 muestras en el Depósito Mundial de Semillas de Svalbard.

3. Recuperar cultivos y conocimientos en Bolivia.

En las comunidades del altiplano boliviano, los cambios en el régimen de lluvias están reconfigurando el cultivo tradicional del maíz. En lugar de renunciar a sus cultivos, los agricultores han aunado fuerzas con científicos de la Universidad Mayor, Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca para recuperar y proteger su patrimonio agrícola. 

Han regenerado y conservado diversas variedades de maíz y frijol en bancos genéticos nacionales. En el marco de un proyecto sobre la biodiversidad como elemento generador de oportunidades, medios de vida y desarrollo, dirigido por el Tratado Internacional y el Fondo Mundial para la Diversidad de Cultivos, se han obtenido más de 500 muestras de semillas.

La información asociada a cada variedad se registra también en el Sistema mundial de información del Tratado Internacional mediante la creación de un “pasaporte digital”. Gracias a la combinación de medidas adoptadas localmente con procesos modernos de documentación, se salvaguardan tanto las semillas como los conocimientos relacionados con ellas.

4. Abrir el acceso a los olivos en África del Norte y el Mediterráneo.

En virtud de recientes acuerdos entre el Tratado Internacional y el Consejo Oleícola Internacional, las colecciones internacionales de olivo conservadas en Marruecos y España han pasado a formar parte del Sistema multilateral del Tratado.

Cultivado desde hace más de 8 000 años, el olivo es sinónimo del Mediterráneo. No solo proporciona alimentos, sino también medicamentos, cosméticos, materiales industriales y servicios ambientales, por lo que es fundamental para las economías y dietas de toda la región.

Solo en Marruecos, la producción de olivas alcanza un promedio de 1,4 millones de toneladas anuales y juega un papel fundamental en el empleo y las exportaciones.

Al incluir el olivo en el mecanismo del Tratado, se amplía enormemente el acceso mundial a recursos genéticos críticos para el cultivo y la conservación.

5. Proteger la diversidad en su origen en Asia central.

Asia central es uno de los centros de origen del mundo de muchos árboles frutales cultivados como el albaricoque, la cereza y la manzana, frutos secos como el pistacho, la almendra y la nuez, y otras diversas hortalizas. La región también es una importante productora y exportadora de cultivos alimentarios esenciales como el trigo, la cebada, el arroz, el maíz y la patata. Sin embargo, algunos de estos cultivos, cruciales para la seguridad alimentaria mundial, proceden de otras regiones y se enfrentan a crecientes amenazas a causa de la erosión y la pérdida genética.

Kirguistán es el primer país de la subregión que se adhiere al Tratado y lo aplica, lo que ha reforzado la capacidad nacional para conservar y utilizar los recursos fitogenéticos, al tiempo que ha abierto oportunidades de colaboración e intercambio en todo el mundo.

Desde los bancos de semillas de Malawi hasta la diversidad del maíz de Bolivia, el Tratado está haciendo que la diversidad de los cultivos sea accesible y, a la vez, está vinculando la conservación al uso en el mundo real, fortaleciendo la seguridad alimentaria a todos los niveles.

A medida que aumenta la presión climática y los sistemas alimentarios mundiales se ven sometidos a una tensión cada vez mayor, este fondo común de recursos fitogenéticos —y las asociaciones que lo respaldan— es esencial para crear un futuro resiliente y sostenible.

Sitio Fuente: FAO