Cuando una lengua vuelve al territorio: en Chile la UNESCO acompaña experiencias que fortalecen el aymara desde la memoria y la comunidad
UNESCO.
En Putre y Camiña, en el norte de Chile, educadoras y educadores tradicionales del pueblo aymara participaron en internados de inmersión lingüística, cultural y pedagógica orientados a fortalecer el uso vivo de la lengua en contextos comunitarios y educativos.
La iniciativa, desarrollada por la Oficina Regional de la UNESCO en Santiago junto al Programa de Educación Intercultural Bilingüe del Ministerio de Educación de Chile, busca contribuir a la revitalización de la lengua aymara desde el territorio, la memoria y la transmisión intergeneracional.
En el altiplano, la lengua no se aprende solamente en una sala de clases. Se adquiere al nombrar los cerros, al reconocer los colores de un llamo, al escuchar una canción de despedida, al preparar una watia —comida tradicional cocida bajo la tierra—, al pedir permiso antes de iniciar una ceremonia o al recordar las palabras que decían las abuelas y los abuelos. Con esa convicción, la Oficina Regional de la UNESCO en Santiago, en coordinación con el Programa de Educación Intercultural Bilingüe (PEIB) del Ministerio de Educación de Chile, desarrolló dos experiencias de inmersión lingüística, cultural y pedagógica en idioma aymara en Putre, región de Arica y Parinacota, y en Camiña, región de Tarapacá, en el norte de Chile.
La iniciativa se enmarca en el Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas 2022–2032, proclamado por las Naciones Unidas, y responde a una preocupación urgente: fortalecer la transmisión de las lenguas indígenas en contextos donde su uso cotidiano se ha visto reducido, especialmente entre las nuevas generaciones. Esther Kuisch Laroche, directora de la Oficina Regional de la UNESCO en Santiago, subrayó que “para la UNESCO, esta iniciativa es importante porque cada lengua indígena es una expresión única de la experiencia social y cultural de un pueblo, pero también una forma de conocimiento, una manera de organizar la vida colectiva y una herramienta para construir futuro”.
El proyecto, implementado por la consultora aymara Amtawi, reunió a educadoras y educadores tradicionales en espacios territoriales. Durante las jornadas, las y los participantes compartieron con amawtas —sabios o maestros tradicionales—, jilir irpirinaka —guías o formadores mayores—, hablantes y cultores aymara en torno a prácticas culturales vinculadas a la espiritualidad, la alimentación, la música, la medicina tradicional, el pastoreo, la vida comunitaria y la pedagogía.
Putre: ceremonia, paisaje y memoria.
La primera experiencia se realizó en Putre entre el 25 y el 27 de febrero de 2026, con educadoras y educadores tradicionales de la región de Arica y Parinacota. Allí, la inmersión comenzó con una ceremonia de phawa y ch’alla —ofrenda, agradecimiento y acto ritual de apertura—, una práctica que permitió abordar la lengua desde sus usos culturales, espirituales y comunitarios. No se trató solo de observar una ceremonia: las y los participantes fueron parte de ella poniendo en práctica formas de comunicación vinculadas al respeto por la Pachamama —Madre Tierra—, el territorio y los ancestros.
Ese aprendizaje situado fue uno de los rasgos más valorados por quienes asistieron. La experiencia permitió que la lengua apareciera asociada a momentos concretos: saludar, agradecer, describir, preguntar, cantar, explicar, despedirse, recordar. Como expresó una de las personas participantes al cierre de la experiencia, la inmersión le permitió retomar “lo poco que sabía” de la lengua, a partir de una memoria familiar que volvió a activarse cuando su hijo le pidió ayuda para una tarea en aymara. “Mi abuelita hablaba siempre”, recordó, al explicar cómo la experiencia volvió a conectar la lengua con la vida familiar y con la responsabilidad de transmitirla.
El internado también llevó a las y los educadores al trabajo directo con la tierra, donde el aprendizaje se desarrolló en contacto con el mundo de la ganadería camélida, los bofedales, los cerros y los nombres del paisaje. En un corral de llamas y alpacas, las y los participantes aprendieron vocabulario asociado a los animales, sus colores, sus cuidados, los forrajes, las crías y las prácticas de pastoreo.
La emoción fue parte del aprendizaje. En las evaluaciones cualitativas, varias personas destacaron que estar en el corral, escuchar a los sabios, participar en la phawa —ofrenda ceremonial— o compartir conocimientos sobre medicina tradicional les permitió comprender que el idioma no se separa de la cultura. “Me despertó mucha emoción estar en el corral”, señaló una educadora tradicional. Otra persona afirmó que la experiencia le permitió aprender contenidos útiles para sus clases y reconocer, al mismo tiempo, cuánto falta por seguir practicando: “Aquí aprendí mucho para mis clases, pero luego no hay dónde seguir practicando el aymara”.
Esa constatación revela uno de los principales desafíos de la revitalización lingüística: no basta con ofrecer instancias puntuales de formación. Las lenguas necesitan espacios de uso, continuidad, redes de hablantes y oportunidades reales para ser practicadas en la vida cotidiana y en la escuela. Por eso, uno de los aprendizajes del proyecto fue la necesidad de fortalecer mecanismos de colaboración entre educadoras y educadores tradicionales, especialmente entre quienes tienen mayor dominio de la lengua y quienes están en niveles iniciales o intermedios.
Respecto a la dimensión pedagógica, en distintos momentos, las y los educadores trabajaron en grupos para transformar lo vivido en posibles actividades de aula. A partir del pastoreo, la música, los colores de los animales, la alimentación o las ceremonias, diseñaron formas de llevar esos saberes a niñas, niños y jóvenes. Allí apareció con claridad el valor de las inmersiones: no solo fortalecen a quienes enseñan, sino que multiplican su impacto en las comunidades escolares.
El cierre de la experiencia en Putre tuvo también un fuerte sentido cultural. La preparación de la watia —comida tradicional cocida bajo la tierra— permitió trabajar vocabulario relacionado con los alimentos, la familia, la cocina y las prácticas comunitarias. Luego, la kacharpaya —despedida festiva y ritual de cierre— marcó el término de la experiencia con música, canto y danza. Las y los participantes compartieron emociones, identidad y sentido de pertenencia, en una despedida que fue la expresión de una comunidad reunida en torno a su lengua.
Camiña: profundizar la experienci.
La segunda experiencia se desarrolló entre el 7 y el 9 de mayo de 2026 en Camiña, región de Tarapacá, con la participación de 15 educadoras y educadores tradicionales. Esta nueva etapa recogió aprendizajes de Putre y permitió profundizar el trabajo en un territorio donde la lengua aymara se vincula estrechamente con la agricultura, la memoria local, los saberes familiares y las prácticas comunitarias. Durante tres días de trabajo intensivo, educadores y hablantes maternos convivieron en un entorno orientado a fortalecer tanto las competencias lingüísticas como las herramientas pedagógicas para su enseñanza en el sistema educativo formal.
Con Putre y Camiña, la UNESCO da continuidad a una línea de trabajo que ya había impulsado experiencias de inmersión con educadores tradicionales mapuche y mapuche huilliche. Esta trayectoria permite avanzar hacia un modelo de inmersión lingüística replicable y sostenible, capaz de adaptarse a distintos pueblos, territorios y contextos educativos, siempre desde el reconocimiento de las comunidades como protagonistas de la revitalización de sus lenguas.
Las y los educadores tradicionales cumplen un papel central en este proceso. Son quienes conectan la escuela con la comunidad; quienes llevan al aula relatos, memorias, prácticas y palabras que no siempre están presentes en los textos escolares; y quienes pueden hacer que niñas, niños y jóvenes reconozcan la lengua aymara como parte de su identidad, de su historia y de su derecho a aprender desde su cultura.
Para la UNESCO, apoyar estas experiencias significa contribuir a una educación más inclusiva, culturalmente pertinente y arraigada en los territorios. Es también una iniciativa que responde de manera clara al Marco de la UNESCO para la educación artística y cultural adoptado en 2024 por los países miembros de manera unánime. También implica reconocer que las lenguas indígenas no son únicamente un patrimonio para proteger, sino formas vivas de conocimiento que deben tener presencia en la escuela, en las comunidades y en la vida pública.
Los talleres en Putre y en Camiña permitieron a las y los asistentes mejorar sus competencias lingüísticas, culturales y pedagógicas, especialmente en el uso oral, la ampliación de vocabulario, la comprensión de prácticas culturales y la motivación para seguir enseñando la lengua. Estas inmersiones muestran que revitalizar una lengua es mucho más que enseñarla: es crear las condiciones para que vuelva a escucharse, practicarse, sentirse y transmitirse entre generaciones.
Sitio Fuente: UNESCO