Sidney Altman, el bioquímico que demostró que el ARN guarda el secreto del origen de la vida
HISTORIA DE LA CIENCIA.
A mediados del siglo XX, la biología molecular operaba bajo un dogma en apariencia inquebrantable: el ADN contenía las instrucciones genéticas, las proteínas ejecutaban las tareas metabólicas y el ARN actuaba únicamente como un mero mensajero intermedio.
Sin embargo, un descubrimiento revolucionario desafió esta jerarquía y transformó para siempre nuestra comprensión del mapa molecular de las células. El responsable de esta hazaña fue Sidney Altman, un biofísico y bioquímico canadiense-estadounidense cuya perspicacia e ingenio experimental le valieron el Premio Nobel de Química en 1989.
Foto: NIH.
Nacido en Montreal en 1939, hijo de inmigrantes que trabajaban arduamente para brindarle oportunidades académicas, Altman mostró desde muy joven una curiosidad inagotable por las ciencias físicas y la estructura molecular. Tras graduarse en Física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y completar su doctorado en Biofísica en la Universidad de Colorado, ingresó como investigador en el prestigioso Laboratorio de Biología Molecular del MRC en Cambridge, Inglaterra, un entorno científico brillante donde colaboró con gigantes de la genética moderna como Francis Crick y Sydney Brenner.
Fue precisamente durante su etapa en Cambridge y posteriormente como profesor e investigador en la Universidad de Yale donde Altman realizó el hallazgo que sacudiría los cimientos de la biología. Mientras estudiaba el procesamiento del ARN de transferencia en la bacteria Escherichia coli, centró su atención en una enzima particular llamada Ribonucleasa P. Para sorpresa de la comunidad científica de la época, Altman demostró que el componente catalítico de esta enzima —aquel responsable de cortar las cadenas moleculares con precisión quirúrgica— no era una proteína, sino la propia molécula de ARN.
Hasta ese momento, se creía que únicamente las proteínas poseían la estructura necesaria para actuar como catalizadores biológicos o enzimas. La demostración de que el ARN podía realizar reacciones metabólicas por sí mismo de forma independiente abrió un paradigma completamente nuevo. Casi de forma simultánea, el investigador Thomas Cech descubrió de manera independiente capacidades catalíticas similares en el ARN de protozoos, lo que llevó a la concesión compartida del Premio Nobel de Química a ambos científicos en 1989.
El descubrimiento de estas moléculas catalíticas, denominadas ribozimas, resolvió una de las paradojas más intrigantes sobre el origen de la vida en la Tierra primitiva: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina; las proteínas catalíticas o el ADN transmisor de información? La demostración de Altman respaldó de manera contundente la hipótesis del "Mundo de ARN", la cual sugiere que las formas de vida primigenias dependían exclusivamente del ARN tanto para almacenar código genético como para llevar a cabo los procesos bioquímicos vitales.
A lo largo de su prolífica carrera en Yale, donde ejerció como catedrático y decano del Yale College, Sidney Altman continuó explorando el potencial del ARN en el ámbito biológico y biotecnológico, desarrollando herramientas orientadas al bloqueo de genes patógenos y al diseño de tratamientos antivirales dirigidos. Su fallecimiento en 2022 dejó una herencia perdurable en la ciencia global, consolidándolo como una figura clave cuyos hallazgos no solo reescribieron los libros de texto de biología celular, sino que abrieron las puertas a la medicina de ARN que hoy revoluciona la farmacología moderna.
Sitio Fuente: NCYT de Amazings