Cómo Stanley Cohen descifró el lenguaje que nos hace crecer

HISTORIA DE LA CIENCIA.-

¿Cómo sabe una herida que debe cerrarse? ¿De qué manera una sola célula del tamaño de la punta de un alfiler recibe la orden de dividirse hasta formar un ser humano completo con miles de millones de conexiones?

Durante la primera mitad del siglo XX, estas preguntas eran uno de los misterios más frustrantes de la biología. La respuesta empezó a revelarse gracias a la curiosidad de un hombre que, armado con paciencia infinita, extracto de glándulas salivares de ratón y veneno de serpiente, cambió la medicina para siempre: Stanley Cohen.

Foto: Wikimedia Commons

Galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1986 junto a la neurobióloga italiana Rita Levi-Montalcini, Cohen no solo descubrió cómo se comunican las células, sino que abrió la puerta a los tratamientos modernos contra el cáncer que hoy salvan miles de vidas cada día.

De la polio a la bioquímica: El camino de un espíritu curioso.

Nacido en Brooklyn, Nueva York, en 1922, la vida de Stanley Cohen estuvo marcada desde el principio por la superación. Hijo de inmigrantes judíos rusos de clase trabajadora, contrajo poliomielitis a una edad temprana. Aunque la enfermedad le dejó una cojera permanente, esto no frenó su energía ni su avidez intelectual.

Mientras su padre quería que aprendiera un oficio práctico como la sastrería, el joven Stanley se refugió en las bibliotecas públicas. Fascinado por la química de los seres vivos, logró estudiar en el Brooklyn College gracias a la educación gratuita de la época. Para costearse los estudios de posgrado, trabajó como bacteriólogo en una planta de procesamiento de leche, analizando la calidad del producto. Finalmente, en 1948, obtuvo su doctorado en Bioquímica por la Universidad de Michigan.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión en su carrera ocurrió en 1953, cuando se incorporó a la Universidad Washington en San Luis para trabajar junto a una científica brillante y temperamental: Rita Levi-Montalcini.

El nacimiento de una revolución: El Factor de Crecimiento Epidérmico (EGF)

Levi-Montalcini acababa de identificar una sustancia misteriosa en tumores de ratones que estimulaba de forma asombrosa el crecimiento de las fibras nerviosas. Lo llamaron Factor de Crecimiento Nervioso (NGF). El papel de Cohen, con su formidable mente bioquímica, era aislar y purificar esta esquiva proteína.

Para conseguir suficiente cantidad de NGF, Cohen empezó a utilizar glándulas salivares de ratones macho y veneno de serpiente (que es, evolutivamente, una glándula salival modificada). Fue durante estos experimentos cuando observó algo imprevisto, un "accidente" científico que solo una mente sumamente observadora sabría aprovechar.

Al inyectar extractos crudos de estas glándulas en ratones recién nacidos, Cohen notó que los animales aceleraban su desarrollo de forma increíble:

- Abrían los ojos a los pocos días de nacer, mucho antes de los diez días habituales.
- Sus dientes incisivos brotaban de forma prematura.
- Su piel se engrosaba y maduraba a un ritmo sin precedentes.

Cohen comprendió de inmediato que no estaba ante el factor nervioso que buscaba Rita, sino ante un mensajero químico completamente nuevo. Lo bautizó como Factor de Crecimiento Epidérmico (EGF). Acababa de descubrir la primera de una gran familia de proteínas que actúan como "cartas de instrucciones" que las células se envían entre sí para dividirse, especializarse y sobrevivir.

La llave y la cerradura: El receptor del EGF.

En 1959, Cohen se trasladó a la Universidad de Vanderbilt, en Nashville, donde pasaría el resto de su carrera científica. Allí no se limitó a describir el EGF; quería entender cómo funcionaba exactamente.

¿Cómo interactúa una proteína externa con el interior de una célula? A finales de la década de 1970, Cohen y su equipo descubrieron el receptor del EGF (EGFR), una proteína que atraviesa la membrana celular como una cerradura en una puerta. Cuando el EGF (la llave) se acopla a la parte exterior del receptor, este cambia de forma y desencadena una cascada de señales químicas en el interior de la célula, ordenándole que se divida.

Este mecanismo de transmisión de señales (conocido hoy en bioquímica como fosforilación de tirosina quinasa) resultó ser el plano universal de cómo las células interactúan con su entorno.

El impacto en la medicina moderna: De la teoría a la cura del cáncer.

El descubrimiento de Cohen transformó por completo la oncología molecular. Los científicos pronto se dieron cuenta de que el cáncer es, en esencia, un problema de comunicación celular.

En muchos tipos de tumores (como el cáncer de pulmón, de mama, de colon o de cabeza y cuello), las células cancerosas mutan para producir demasiados receptores de EGF o mantenerlos permanentemente "encendidos". Las células reciben una señal constante e ininterrumpida de dividirse, lo que provoca el crecimiento descontrolado del tumor.

Gracias a que Cohen descifró este sistema de comunicación, la industria farmacéutica pudo desarrollar terapias dirigidas de última generación:

- Anticuerpos monoclonales (como el cetuximab o el trastuzumab) que bloquean físicamente la "cerradura" para que la señal de crecimiento no pueda unirse.
- Inhibidores de la tirosina quinasa (como el erlotinib o el gefitinib) que apagan el "motor" interno del receptor para detener la división celular.

Estas terapias dirigidas atacan específicamente a las células tumorales, evitando los devastadores efectos secundarios de la quimioterapia tradicional.

Un Nobel humilde que prefería su pipa y su jardín.

A pesar de que el Premio Nobel de 1986 lo catapultó a la fama mundial, Stanley Cohen nunca dejó de ser el hombre sencillo y accesible que prefería vestir camisas de franela y fumar en pipa en su laboratorio. Sus colegas lo recuerdan como un mentor generoso, libre de la arrogancia que a veces acompaña al éxito académico.

Cuando le preguntaban por la trascendencia de sus investigaciones, solía restarles importancia con humor, insistiendo en que el descubrimiento del EGF había sido una maravillosa casualidad guiada por la curiosidad científica básica, sin buscar de antemano una aplicación comercial o médica.

Stanley Cohen falleció el 5 de febrero de 2020 a los 97 años en Nashville, Tennessee.

Sitio Fuente: NCYT de Amazings