Cómo Peyton Rous descubrió que el cáncer podía ser contagioso

HISTORIA DE LA CIENCIA.-

La mañana de 1909 en que una mujer entró al laboratorio de Peyton Rous con una gallina de raza Plymouth Rock bajo el brazo, la oncología cambió para siempre.

Aunque, como suele ocurrir con las revoluciones científicas, casi nadie se dio cuenta en ese momento. Aquella ave tenía un enorme bulto en el pecho. La mujer quería una cura; Rous, un joven patólogo de la Universidad Rockefeller de Nueva York, vio una pregunta médica que merecía ser respondida.

Foto: Nobel Foundation.

Lo que descubrió a partir de ese encuentro no solo le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1966, sino que derribó uno de los dogmas más arraigados de la medicina de principios del siglo XX: la idea de que el cáncer era una enfermedad puramente interna, incapaz de ser provocada por un agente infeccioso.

El experimento de los filtros: Buscando un enemigo invisible.

En aquella época, la comunidad científica estaba convencida de que los tumores malignos eran el resultado de desequilibrios celulares internos o traumas físicos. La sugerencia de que el cáncer pudiera contagiarse de un organismo a otro se consideraba una superstición medieval.

Rous decidió aplicar el método científico con una pulcritud quirúrgica. Tomó células del tumor de la gallina original, las trituró y las inyectó en otras aves de la misma línea genética. Los tumores volvieron a crecer. Hasta ahí, el experimento demostraba que el tejido canceroso podía trasplantarse, algo que ya se sabía.

El verdadero golpe de genialidad —y audacia— llegó después. Rous decidió pasar el extracto del tumor por filtros de porcelana de Berkefeld. Estos filtros tenían poros tan sumamente estrechos que retenían cualquier bacteria o célula conocida. El líquido resultante estaba completamente libre de materia celular.

Cuando inyectó este filtrado libre de células en gallinas sanas, el cáncer volvió a desarrollarse de forma idéntica.

Rous comprendió de inmediato la magnitud de su hallazgo. Había algo en ese líquido, un agente submicroscópico e invisible al microscopio de la época, que transportaba las instrucciones para crear un tumor. Hoy lo conocemos como el Sarcoma de Rous, y a ese enemigo invisible lo llamamos Oncovirus (virus capaces de provocar cáncer). En concreto, se trataba de un retrovirus de ARN.

El muro del escepticismo y el exilio voluntario.

La publicación de sus resultados en 1911 fue recibida con un silencio glacial y, en el peor de los casos, con abierta hostilidad. Los grandes popes de la patología de la época, liderados por figuras como el alemán Rudolf Virchow, descartaron el descubrimiento. Argumentaron que las gallinas eran "excepciones de la naturaleza" o que el experimento de Rous estaba contaminado por células que habían logrado burlar el filtro.

Frustrado por la cerrazón de sus colegas y la falta de apoyo, Rous tomó una decisión radical: abandonó la investigación del cáncer durante casi dos décadas. Dirigió sus esfuerzos hacia la fisiología sanguínea, un campo donde sus aportaciones también fueron masivas. Durante la Primera Guerra Mundial, junto a Jean Turner, desarrolló las soluciones de conservación que permitieron crear los primeros bancos de sangre de la historia, salvando miles de vidas en el frente.

El regreso y la justicia histórica.

El tiempo, ese juez implacable de la ciencia, acabó dando la razón al detective de los tumores. En la década de 1930, otros científicos empezaron a encontrar virus detrás de los tumores en mamíferos, como el virus del papiloma en conejos (descubierto por Richard Shope, un colega que convenció a Rous de volver al redil oncológico).

La llegada del microscopio electrónico y el nacimiento de la biología molecular confirmaron el legado de Rous: los virus podían alterar el genoma de una célula sana y obligarla a reproducirse sin control.

En 1966, 55 años después de su publicación original, el Comité Nobel enmendó su error histórico y otorgó a Peyton Rous el Premio Nobel de Medicina. Tenía 87 años. Hasta el día de hoy, ostenta el récord del periodo de espera más largo entre un descubrimiento y la concesión del galardón.

Por qué el legado de Rous salva vidas hoy en día.

El trabajo de Rous abrió la puerta a una rama crucial de la medicina moderna. Hoy sabemos que aproximadamente el 15% de los cánceres humanos tienen un origen infeccioso.

Gracias a que un joven patólogo decidió filtrar el fluido de una gallina enferma en 1910, la humanidad cuenta hoy con herramientas que salvan millones de vidas:

- La vacuna contra el Virus del Papiloma Humano (VPH): Capaz de prevenir casi el 100% de los casos de cáncer de cuello de útero.
- Tratamientos contra la Hepatitis B y C: Que reducen drásticamente el riesgo de desarrollar carcinoma hepático.
- Terapias contra el virus de Epstein-Barr: Vinculado a varios tipos de linfomas.

Peyton Rous falleció en 1970, trabajando casi hasta el último de sus días en su laboratorio. No solo demostró una tenacidad inquebrantable frente al rechazo de sus pares, sino que enseñó al mundo que, a veces, para entender una enfermedad compleja, hay que tener el valor de mirar donde todos los demás dicen que no hay nada que ver.

Sitio Fuente: NCYT de Amazings