El mapa secreto de las proteínas de Stanford Moore
HISTORIA DE LA CIENCIA.
La medicina moderna tiene una deuda gigantesca con un hombre que pasaba catorce horas al día rodeado de tubos de ensayo, columnas de almidón y resinas sintéticas.
Hoy en día, cuando compramos un fármaco de última generación o leemos sobre terapias personalizadas contra el cáncer, rara vez pensamos en los cimientos bioquímicos que lo hacen posible. Esos cimientos los construyó, en gran medida, el bioquímico estadounidense Stanford Moore.
Foto: Wikipedia Commons.
Galardonado con el Premio Nobel de Química en 1972 —compartido con su inseparable colaborador William Howard Stein y con Christian Anfinsen—, Moore no solo descubrió el funcionamiento íntimo de las proteínas, sino que inventó la herramienta que permitió a la ciencia leerlas por primera vez.
De las leyes de la física a los secretos de la vida.
Nacido en Chicago en 1913, Stanford Moore creció en el seno de una familia académica en Nashville, Tennessee. Aunque su padre, un reputado profesor de derecho, esperaba que siguiera sus pasos, el joven Moore se sintió irremediablemente atraído por las ciencias de la salud y la materia. Se graduó con honores en la Universidad de Vanderbilt en 1935 y obtuvo su doctorado en química orgánica por la Universidad de Wisconsin en 1938.
Ese mismo año ocurrió el encuentro que cambiaría la historia de la bioquímica: Moore se unió al prestigioso Instituto Rockefeller de Investigación Médica en Nueva York, entrando al laboratorio de Max Bergmann, una eminencia en el estudio de las proteínas. Fue allí donde conoció a William H. Stein. Lo que comenzó como una asignación de trabajo se convirtió en una de las colaboraciones científicas más fructíferas y duraderas del siglo XX.
El desafío: Descifrar el "abecedario" de las proteínas.
A mediados del siglo XX, los científicos sabían que las proteínas eran los motores de la vida, encargadas de todo, desde digerir la comida hasta defender al cuerpo de los virus. También sabían que estaban formadas por cadenas de bloques químicos llamados aminoácidos.
Sin embargo, había un problema monumental: nadie sabía en qué orden estaban colocados esos aminoácidos en una proteína concreta, ni cómo medir su cantidad con precisión. Intentar comprender una proteína en 1940 era como intentar leer un libro en un idioma extranjero sin conocer el alfabeto.
La Segunda Guerra Mundial interrumpió temporalmente sus investigaciones. Moore sirvió como técnico para el gobierno estadounidense, coordinando investigaciones sobre armas químicas y medicina de guerra. Pero al regresar al Instituto Rockefeller en 1945, él y Stein se propusieron resolver el rompecabezas de las proteínas de una vez por todas.
El gran invento: El analizador automático de aminoácidos.
El método tradicional para separar aminoácidos era lento, impreciso y desesperante. Moore y Stein decidieron aplicar la cromatografía de columna, una técnica de separación física. Inicialmente usaron fécula de patata (almidón) como filtro para separar los componentes químicos, pero los resultados eran variables.
El verdadero salto cuántico llegó cuando sustituyeron el almidón por resinas de intercambio iónico sintéticas. Al pasar una mezcla de proteínas hidrolizadas (descompuestas) a través de estas resinas, cada aminoácido caía a una velocidad distinta, permitiendo identificarlos uno a uno.
Para automatizar este tedioso proceso, Moore y Stein diseñaron y construyeron en 1958 el primer analizador automático de aminoácidos. Lo que antes requería meses de meticuloso trabajo manual ahora se podía hacer de forma exacta en cuestión de horas. En lugar de patentar el invento para enriquecerse, Moore y Stein compartieron los planos y la tecnología libremente con laboratorios de todo el mundo, acelerando el progreso de la bioquímica global.
La hazaña de la Ribonucleasa y el Premio Nobel.
Con su nueva máquina lista, Moore y Stein eligieron un blanco: la ribonucleasa pancreática bovina (RNasa), una enzima relativamente pequeña pero crucial. Tras años de un esfuerzo analítico sin precedentes, lograron determinar la secuencia exacta de sus 124 aminoácidos.
Fue la primera vez en la historia de la ciencia que se descifraba por completo la estructura química y la secuencia de una enzima. Este hito demostró que la función de una proteína depende directamente de la posición exacta de cada uno de sus eslabones.
El reconocimiento mundial no se hizo esperar. En 1972, Stanford Moore recibió el Premio Nobel de Química. Su trabajo abrió las puertas a la síntesis de hormonas, el diseño de enzimas artificiales y la comprensión de las mutaciones genéticas que causan enfermedades moleculares.
Generosidad y devoción científica.
Quienes conocieron a Stanford Moore lo describían como un hombre de una disciplina espartana, pero de una generosidad humana desbordante. Nunca se casó; el laboratorio era su hogar y la comunidad científica su familia. Era famoso por su hospitalidad con los investigadores jóvenes, a quienes guiaba con paciencia y rigor.
Incluso en sus últimos años, cuando fue diagnosticado con una enfermedad neurológica progresiva (esclerosis lateral amiotrófica), Moore no dejó de trabajar. Organizó su testamento para que su patrimonio fuera destinado al Instituto Rockefeller para financiar la investigación de futuros científicos.
Falleció en Nueva York en 1982, dejando tras de sí no solo un invento revolucionario, sino la llave maestra que permitió a la humanidad asomarse, por primera vez, a las instrucciones moleculares de la vida.
Sitio Fuente: NCYT de Amazings